Lunes, 08 de Agosto 2022

Arte feminista para expresar causas y sanar las heridas

Murales, tatuajes, ilustraciones, entre otras, son algunas de las formas en las que el arte feminista ha servido como plataforma para las causas del Movimiento 

Por: El Informador

El ‘Festival Llamarada’ fue un encuentro de mujeres interesadas en el arte de salir a pintar las calles. ESPECIAL/Cortesía de Dulce Perezchica

El ‘Festival Llamarada’ fue un encuentro de mujeres interesadas en el arte de salir a pintar las calles. ESPECIAL/Cortesía de Dulce Perezchica

Por Celia Guerrero, Cristina Salmerón y Eugenia Coppel

De forma individual o conformando colectivas, de manera independiente o con fondos públicos las mujeres han logrado abrirse espacios en diversas disciplinas artísticas. De la mano de movimientos feministas en México ilustradoras, muralistas, performanceras, grafiteras, artesanas, documentalistas y tatuadoras han irrumpido en las calles, en los museos, en galerías y en las universidades para expresar sus causas políticas y sociales.

En este especial, visitamos una mercadita feminista en Nezahualcóyotl, Estado de México; recorrimos espacios coloreados por mujeres en Guadalajara; supimos las razones de las acciones callejeras e intervenciones a monumentos en la Ciudad de México. Ellas, las artistas, nos cuentan cómo expresan las violencias estructurales que viven las mujeres en este país, pero también cómo a través de estas acciones tejen redes de forma literal o metafórica, se ayudan, se acompañan y se curan.

Arte en CDMX: un abrazo para las mujeres, una confrontación al patriarcado

El Ángel de la Independencia, uno de los símbolos más importantes de la Ciudad de México, fue bardeado en agosto de 2019 después de las pintas que quedaron en la base del monumento tras las manifestaciones feministas. Esos grafitis que representaron la rabia de las mujeres que demandan justicia por la violencia fueron invisibilizados con tablones.

Irasema Fernández, escritora, artista visual y activista feminista decidió ir días después junto con algunas compañeras a tapizar esos tablones con carteles. “La policía abusa, viola y mata”, se lee alrededor del dibujo de una placa de la policía capitalina. “Dejemos de llamarle ‘vida privada’ y ‘secretos de familia’ a las historias de abuso sexual”, se lee en otro al lado. Un tercero, cambió los versos de un rezo: “Padre nuestro que estás en el cielo. Padre de la violación, Padre del racismo, Padre de la misoginia, Padre de la pederastia… Haz estéril tu patriarcado. Amén”. Estas piezas son parte de la serie Narrativas móviles, creada por Irasema.  

Se trata de un proyecto que mezcla la escritura y la acción callejera. «Surge al dejar mi espacio seguro y llevar esos mensajes confrontativos afuera”, dice en entrevista desde Alemania, donde ahora mismo desarrolla otras piezas de su obra.

Intervención 'Sangre de mi sangre'. ESPECIAL/Cortesía Colectiva Hilos

Aunque el arte feminista lleva décadas existiendo en México, fue hace un par de años que hubo un boom, sobre todo en el terreno de la gráfica hecha por mujeres. Desde ilustradoras hasta muralistas, performanceras o tatuadoras, tanto en el plano físico como en el virtual, las mujeres sintieron la necesidad de crear redes de apoyo, de manifestarse fuera de espacios individuales para expresar sus causas políticas y sociales.

Una de las pioneras del movimiento en México es Mónica Mayer, quien lleva casi 50 años en el arte feminista. Ella es autora de una de las obras más representativas llamada El tendedero, la cual es estéticamente llamativa, pero es además colaborativa, reflexiva y catártica y ha sido retomada para denunciar violencias hacia las mujeres.

Para El tendedero, Mayer invitó a 800 mujeres a que completaran la frase: “Como mujer lo que más me disgusta de la ciudad es…” en pedazos de papel rosa. Cada respuesta fue montada sobre una estructura que aludía a este objeto sexualizado como femenino y doméstico, pero que pretende entablar un diálogo sobre la violencia que viven las mujeres en el espacio público de la Ciudad de México.

Dicha pieza fue presentada por primera vez en una exposición colectiva en el Museo de Arte Moderno y una segunda versión se hizo en Los Ángeles, California, en 1979 dentro del proyecto visual Making it Safe de Suzanne Lacy. Del legado de Mónica Mayer, quien sigue activa en el arte, se desprende también el proyecto Mutua, una comunidad experimental que desarrolla proyectos artísticos y pedagógicos. Uno de ellos lleva el nombre Limpiando el techo de cristal.

Con un espíritu similar, pero desde el museo más nuevo que tiene la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nació Brillantinas MUAC. Es una colectiva con la idea de mantener un programa artístico con perspectiva de género en un entorno digital, pero con la intención de brincar a lo físico cuando sea posible.

Natalia Millán, artista y gestora cultural en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), habla en entrevista sobre este proyecto gestado desde hace algunos años, pero parido por necesidad en abril de 2020. “La línea es de arte con perspectiva de género, pues integramos feminismos y hacemos coaliciones con movimientos queer. Nació como un llamado de unión a los movimientos feministas y mujeres en general que se vieron vulnerables ante el encierro”.

En Brillantinas MUAC hacen trabajo de investigación, dan talleres, fungen de laboratorio, crean acciones positivas para el arte con perspectiva de género. Son parte de las redes sociales, un espacio donde hay esa libertad y ese poder de no necesitar una gestión, una curaduría o un proceso burocrático para que exista la obra o para que pueda ser mostrada. El nombre de Brillantinas alude a la vez que, en una protesta feminista en agosto de 2019, al puro estilo de un acto perfomático, mujeres le arrojaron diamantina rosa a Jesús Orta, entonces titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. “Es una idea poética de la voz colectiva, de que si se unieran a todas las chicas que han estado peleando y se transita a un objeto, serían unos cuantos kilos de glitter; donde cada cosa que una hace aporta a ese conjunto que tiene peso y brilla”, explica Natalia Millán.

La importancia del arte que invita a la conversación

“¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Met Museum? Menos del 5% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un 85% de los desnudos son femeninos”, dicta un famoso cartel de la colectiva Guerrilla Girls, un grupo de artistas estadounidenses anónimas creado en 1984. Desde entonces, con su arte y protesta, abrieron las puertas a campañas que buscaban la “conciencia del mundo del arte”, frase con la que se autodenominaron.

Tanto en México como en distintas partes del mundo, la gráfica ha sido muy importante en los movimientos sociales. La ilustración y el dibujo son un vaso comunicante que puede representar no sólo ideas, sino sentimientos. “Eso ha sido muy importante en los feminismos y ahora en las redes sociales como Instagram, que ha empoderado a chicas que están mostrando su obra ahí”, reconoce Millán.

“Hace un par de años, comenzaron a tejerse redes en los círculos literarios y artísticos para tratar problemas de género específicamente. Empezamos a nombrar violencias que sabíamos que estaban, pero no las habíamos reconocido puntual ni masivamente en la experiencia de les otres. Este primer encuentro (en 2019, año del #MeToo mexicano) me hizo ver la importancia y grandeza del problema, a la par, la importancia de crear lazos y comunidad”, asegura Irasema Fernández.

Una de sus líneas de acción ha sido la de confrontar. El trabajo de Irasema Fernández está inspirado en parte por el de Sonia Madrigal, quien ha trabajado en la zona de Nezahualcóyotl, al oriente del Estado de México. Su obra sale del museo y “explora distintas narrativas visuales para reflexionar, de manera personal y colectiva, en torno al cuerpo, la violencia y el territorio”, explica en su biografía.

Si bien ha expuesto en espacios cerrados, el mayor interés de Irasema ha sido la calle, pues es ahí donde se sale del “privilegio de la esfera cultural”, como ella lo nombra. “Trabajar con Sonia Madrigal pintando una barda en Santa Clara Coatitla, Edomex, fue un impacto inmediato con la gente de la calle; veían cómo estábamos interviniendo el espacio público, lo discutían, lo celebraban o incluso lo censuraban, pero para mí fue algo revelador que hubiera diálogo con el arte”.

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