Jueves, 22 de Febrero 2024
Jalisco | Por Paty Blue

Según yo

Jingles madrugadores

Por: EL INFORMADOR

Sopló el primer efluvio festival y la más ceremoniosa de mis vecinas se aprestó a abrirle cancha al revuelo navideño, que cada año le pega como si fuera dengue, por la fiebre ornamental que no baja hasta que la suda con sus compraderas. La empeñosa mujer remueve cuadros, desplaza muebles, cambia de lugar las macetas, reinventa como puede el escenario doméstico y acaba con la rabadilla desvencijada, con tal de dar cabida a lo que llama su “gustito anual”. Cualquiera que la viera podría —con más justeza— calificar como delirio ornamental rayando en frenesí por toda suerte de guarnición navideña que no perdona ningún rincón de su casa.

Empero, líbreme Dios de criticar tan festivos procederes, que yo en mis buenos tiempos también fui de las que invertí esfuerzo y dineros en tan frívola encomienda. Casi podría apostar que la mitad de la media visión que hoy me cargo la dilapidé en múltiples y sucesivas tardes, ensartando chaquiras, canutillos y lentejuelas que destacaran las barbas del santaclós que muy sonriente adornaba la tapa del sanitario. O las docenas de catarinas que circundaban un mantel que fue el primero que salió volando, cuando hace un trienio comencé a vivir un romance desenfrenado con el Grinch, eventualmente alternado con el que también sostengo con el señor Scrooge y me deshice de todos los primores bordados con manitas propias y ajenas.

De mi vecina no me extraña su furor por el aderezo tricolor con que atiborra su reducido apartamento, sino lo madrugador de sus embates y la fe que les tiene a los comerciantes que le aseguran que un arbolito comprado en la primera quincena de noviembre conservará su frescura y aroma hasta cuando llegue la fecha de recibir a los Reyes Magos. Y con tal convicción más se tardaron los mercaderes en sacar a la venta los primeros especímenes naturales, que la jolgoriosa dama en adquirir el de mayor tamaño que encontró, para disponerlo en la media sala que le ocupa, y que la obliga a circular de ladito por el sitio.

Además de apasionada y fervorosa, la señora es desmemoriada, porque a once meses de haber emprendido la misma tarea con idéntica antelación, por completo olvidó el desencanto que le provocó un vegetal similar. Desde el momento mismo en que lo bajó de su auto (y me consta, porque yo le ayudé), el frondoso arbusto fue desprendiendo su follaje y siguió haciéndolo asiduamente con cada día que pasaba. Para la primera posada, había perdido la mitad de su espesura. Además, apenas pasada una semana de su entronización en el hogar, la planta por la que pagó como media docena de billetes de a cien comenzó a adquirir un tono grisáceo tirando a azuloso, muy similar a las plantas que Morticia Addams descuida con tanto esmero. A ver si para el año que entra acusa haber aprendido la lección.

Y a ver si tengo la suerte de encontrarme con ustedes, amables lectores, en la FIL, en el stand que instala este mismo diario, en donde podrán adquirir “El amor es una cosa esplendorosa”, mi más reciente libro, que cuesta menos que un arbolito de Navidad y no pierde su frescura en apenas una semana.

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