Sábado, 18 de Septiembre 2021
Jalisco | Los alimentos se han convertido en el enemigo de niñas. Las engordan o las matan

Los monstruos existen; se llaman anorexia y bulimia

Los alimentos se han convertido en el enemigo de las niñas. O las engordan o las matan de hambre

Por: EL INFORMADOR

En la ciudad, en 2000 se registró un boom de casos de anorexia en niñas. ARCHIVO  /

En la ciudad, en 2000 se registró un boom de casos de anorexia en niñas. ARCHIVO /

GUADALAJARA, JALISCO (11/ABR/2011).- A Daniela nunca la han besado. Cumplió 16 años de edad, pero no le interesan los muchachos, las amigas ni las salidas. Tampoco le interesa comer. Se le nota. La última vez que se subió a una báscula pesó 39 kilitos. Tiene dos cabezas: una racional, brillante; otra destructiva. La última se llama anorexia y comenzó a ganar la batalla hace alrededor de un lustro, cuando Daniela tenía 12 años.

Doce, diez, ocho, seis años de edad. Infancia. Es la víctima más frecuente de los llamados Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) en México y Jalisco. Las enfermedades más conocidas son la anorexia y la bulimia, aunque entran en el catálogo ciertos tipos de obesidad, como la que es resultado del comer compulsivo.

Anorexia: “Falta anormal de ganas de comer, dentro de un cuadro depresivo”, cita la Real Academia Española. Uno de los responsables de la Clínica de Trastornos de Alimentación del Instituto Jalisciense de Salud Mental, Oswaldo Briceño, desmiente esa definición: “Es la pérdida de la ingesta. El apetito no se va, aunque las pacientes hacen hasta lo imposible”. Bulimia: “Atracones con actos compensatorios como ejercicio, purgas y uso de diuréticos”, añade el especialista.

Resulta que los alimentos se han convertido en el enemigo número uno de los niños y las niñas mexicanas. Más que las drogas, los secuestros y los asaltos.

En un extremo están los gordos; uno de cada diez jaliscienses de entre cinco y 19 años, según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición. En la Entidad, las enfermedades de la sobrealimentación —diabetes y males del corazón— ocupan los primeros lugares de la lista de la mortalidad y, quizá por eso, la atención de las autoridades de salud en México. No corren con esa suerte los que, en el otro extremo, se matan de hambre, obsesivos por la delgadez. En estos casos las cifras encajan lo mismo que un círculo y un triangulo. En 2007, el entonces presidente de la Asociación Psiquiátrica de Jalisco, Sergio Villaseñor, informaba que entre 0.5% y 3.7% de las personas del mundo tiene anorexia y entre 1% y 4.2%, bulimia. Por los mismos tiempos, la clínica privada Ellen West, del Distrito Federal, decía que alrededor de 3% de las mexicanas de entre 13 y 18 años vive con anorexia y 9% padece bulimia.
Algunos años antes, en 2005, los Servicios Educativos en el Distrito Federal indicaban alrededor de 15% de alumnas de secundaria sufren estos padecimientos solos o combinados.

Problema de salud pública: por fin, una definición para empatar al gordo y el flaco.

Daniela pasó en unas semanas del primer al segundo estatus. Tenía 12 años y 85 kilogramos. La edad de la secundaria y la carga para que el paso por ésta sea más cruel. Cuando se levantaba del mesabanco sus compañeros gruñían como cerdos. Durante el recreo la llamaban verija gorda. En la clase de educación física se burlaban sin recato. Pero decidió vengar las humillaciones y se puso a dieta. Antes de su graduación pesaba los 39 kilogramos que ha mantenido durante el bachillerato.

Cosa de niñas

Daniela es una veterana en el tema de la obsesión por la delgadez. Ellen West afirma que las niñas mexicanas se preocupan por las dietas desde los seis años de edad. La psicóloga del área infantil del Hospital Civil de Guadalajara, María de Lourdes de la Mora, lo confirma. Su paciente más pequeña tenía cinco años en 2009, cuando hubo un boom de casos de anorexia. En los primeros dos meses de 2011, y con las aguas más tranquilas, han llegado a su consultorio diez nuevos casos de TCA; cuatro por anorexia y bulimia y seis por obesidad nerviosa. Su compañera de trabajo, la nutrióloga Sandra Vélez, cree que las campañas contra la obesidad han provocado que hoy los niños y niñas de ocho años de edad se preocupen en exceso por el tamaño de su vientre. En 2010, Vélez recibió 30 pacientes con TCA.

Por lo menos ellos reciben ayuda. Daniela se niega. Es el nombre irreal de una muchacha real de la Colonia Insurgentes, en el Oriente de Guadalajara. Y es el paradigma de los tiempos modernos. Su relación con los alimentos la está matando. Una de sus cabezas lo tiene claro. La otra lo niega.

La tengo frente a mí, en un café del Centro de Guadalajara. Morena, de cabello negro a media espalda. Lacónica. Chamarra amarilla, jeans deslavados, cinturón brillante, tenis. Una adolescente tapatía con el vientre hinchado de un niño somalí que muere por la hambruna y con la cabeza puesta en las próximas olimpiadas de biología. Puesta sobre un cuerpo descarnado que amenaza con romperse a cada paso. Una cabeza que se mueve en oscilaciones entrecortadas y hace pensar más en un androide que en una muchacha. No sonríe. Nunca. Pasará las próximas horas con los ojos de venado herido pegados a la carta del restaurante donde abunda la comida “chatarra” que ella tanto aborrece.

“Siempre he sido gordita —afirma—. Sí iría con el psicólogo, pero no tengo tiempo —justifica—. Me gusta comer, pero quieren que coma menudo y tortas —acusa—.  Soy talla cinco —miente—”.

Los “apellidos”

La negación y la compulsión son como los apellidos que comparten la anorexia y la bulimia. Aunque se pueden combinar en algunas etapas, entre ambas hay diferencias, explican Patricia Domínguez y Gustavo Cuéllar, de la Clínica de Ansiedad, Depresión y Estrés de Guadalajara. A las víctimas de la anorexia les gusta la perfección; los dieces en la escuela. Las que viven con bulimia pueden aguantar un par de seis. Las primeras son introvertidas. Las segundas extrovertidas. Las que se matan de hambre son solitarias. Las que vomitan pueden ser sociópatas. Unas predecibles, otras impulsivas… ambas están en riesgo de muerte. Ambas mienten.

Daniela no ha dejado de mirar el menú de la cafetería, como si intentara traducir un texto arameo.

— ¿Tienes anorexia?

— Ya no. Antes, pero la vida se estaba haciendo insoportable. En el día comía tres o cuatro cucharaditas de frijoles y una tortilla sin contorno… bueno, no era anorexia: nomás le bajé a lo que me estaba haciendo daño. Decía: ‘¿Para qué como si nadie me está viendo?’. Ya estoy curada.

— ¿Qué comes estos días?

— Como todo el día. ¡He subido cuatro kilos desde diciembre! Como galletas, pechuga, tortilla, que es mejor que el pan porque está hecha de un grano entero, no procesado.

Olivia, la madre de Daniela, afirma que ni galletas ni pechuga ni tortilla. Sólo agua: litros y litros, y fruta. Y sólo a veces. Fruta con todo y cáscara, incluso las naranjas. Fruta echada a perder.

Olivia y Daniela jamás se ponen de acuerdo. Si Olivia suplica que alguien le ayude a su hija, ésta responde que no necesita ayuda. Si Olivia recuerda que antes de “esto” su hija tenía una hermosa cabellera, ella le reclama que una vez le dijo “cabello de escobetita”. Si Olivia dice que su hija era una niña bonita, ésta recuerda que la abuela la comparaba con su prima Andrea y que, en el bautizo de Javiercito, cuando los niños se lanzaron por el bolo, el abuelo le comentó: “Antes no aplastaste a Andrea”.

Ahora esa niña, siempre tan receptiva a los juicios ajenos,  sigue pensando que es gorda y se mata de hambre y miente: “Como mucho”.

— ¿Cuánto?

— Las porciones adecuadas.

Las porciones adecuadas provocaron que Daniela perdiera su ciclo menstrual, “desde diciembre… de hace tres años”.
 
La lista funesta

La amenorrea o desaparición de la menstruación es una de las consecuencias de la anorexia y la bulimia nerviosa. Es grave, pero es apenas el principio. El después: infertilidad, reducción de la presión arterial y la frecuencia respiratoria, aumento de la ansiedad, aumento de la depresión, problemas de la tiroides, alteraciones en la hormona de crecimiento, deshidratación, reducción del potasio, convulsiones, arritmias cardiacas, problemas urinarios y renales, sangrado del tubo digestivo, disfunción pancreática… muerte súbita, enumera la especialista Claudia Hunot.

Fundadora del área de Trastornos de la Conducta Alimentaria en la clínica Oceánica y fundadora de la carrera de Nutrición de la Universidad de Guadalajara, Hunot coincide con otros especialistas en que la bulimia, la anorexia y la lista de sus secuelas no son más que síntomas de un problema mental.

El monstruo existió desde siempre, pero ha engordado en los últimos 40 años, sobrealimentado por el comienzo cada vez más temprano de la adolescencia, la ansiedad, el culto de la imagen delgada en extremo, la obsesión por la juventud eterna, repiten quienes lo conocen.

Y la vida actual da para que —el monstruo— crezca más, no para que se retraiga, lamenta Claudia Hunot: “Estamos viviendo momentos de vacío. El acelere, el corre y corre ¿Qué esperábamos?”.

Ese corre y corre se lleva entre las patas a los niños mexicanos, enfermos de obesidad u obsesivos por la delgadez.
Daniela tiene 16 años. Fue gorda y es famélica. No se acuerda de la última vez que se sintió contenta, pero recuerda los momentos más felices de su infancia frente a un trozo de pizza y unas donas. Ahora aquello es una pesadilla y, cuando despierta, la anorexia se la está devorando.

PARA SABER:

La amenorrea o desaparición de la menstruación es una de las consecuencias de la anorexia y la bulimia nerviosa

Las niñas mexicanas se preocupan por las dietas desde los seis años de edad

La infertilidad, ansiedad, depresión, alteraciones en la hormona de crecimiento, convulsiones, arritmias cardiacas, sangrado del tubo digestivo y muerte súbita son algunas de las consecuencias de estas enfermedades

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