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Viernes, 15 de Noviembre 2019
Entretenimiento | Broche de oro

Temporada “El Canto y la Ópera Op. 3”

El ciclo “El Canto y la Ópera Op. 3”, último del año a cargo de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ), tiene un digno corolario

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- El ciclo “El Canto y la Ópera Op. 3”, último del año a cargo de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ), tiene un digno corolario. Si hubo altibajos en los programas anteriores, el que se presentó el viernes y se reeditará hoy en el Teatro Degollado fue la cereza en el helado. Lo fue por el buen gusto y por lo ambicioso del programa en sí. Pero lo fue, sobre todo, por la calidad vocal que exhibieron la soprano Mónica Guillén Chávez y la mezzo Belem Rodríguez Mora.

Si el Ritorna Vincitor de Guillén Chávez (con fragmentos como el Numi, pietá… que fueron una caricia para el oído) y el Gloria al Egitto, rubricado por el sexteto, con toda la compañía, ambas de Aída, estuvieron a la altura de una gala de ópera en toda forma y se antojaban difícilmente superables, la constancia de solvencia y madurez interpretativa que denotaron las dos cantantes en los fragmentos de Ariadne auf Naxos, de Richard Strauss (Rodríguez Mora), y Tannhauser, de Wagner (Guillén Chávez), fueron lo mejor de la noche, especialmente porque no hubo nada que los desmereciera.

La mamma morta, de Andrea Chenier, de Giordano, fue la carta de presentación de Guillén Chávez: estupendo timbre, entonación impecable, intensidad interpretativa. La habanera, de Carmen, de Bizet, la de Rodríguez Mora: volumen, cuadratura, intención dramática, acento irreprochable.

El Coro del Estado, esta vez con Gerardo Rábago como director huésped, y la OFJ, con su titular Héctor Guzmán en el pódium, mantuvieron el buen nivel que alcanzaron, en general, durante el ciclo. Habría que lamentar, si acaso, la falta de brillo y de enjundia de las trompetas. (La célebre Marcha triunfal parecía, en ese aspecto, más a tono con derrota honrosa).

El tenor Néstor López y el barítono Guillermo Ruiz mostraron oficio y belleza de timbre, respectivamente, a cambio de escasa solvencia en volumen. Eso desmereció sus versiones del Aria de la Flor y la Canción del Toreador, de Carmen, y el Prólogo, de Payasos. Ambos mejoraron la calificación, sin llegar al sobresaliente, en Vesti la giubba, de Payasos, de Leoncavallo, e Il cavallo scálpita, de Cavallería Rusticana, de Mascagni.

El inevitable Brindis de La Traviata, de Verdi -campeón mundial de los caballos de batalla-, en versión bastante artesanal, quizás hubiera quedado mejor como “encore” que como rúbrica del programa. En todo caso, sirvió para que se cumpliera la tradición de que “el público salió cantando”.

Jaime García Elías

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