Jueves, 23 de Enero 2020
Deportes | Quienes tuvieron la fortuna de conocerle, se refieren a él como un grande del ambiente taurino

Don Nacho García Aceves, una leyenda del mundo taurino en Jalisco

Hace unos días se cumplió el 25 aniversario luctuoso de uno de los personajes de la fiesta brava más entrañables de nuestro Estado

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Aquel día el Sol se eclipsó. Mientras las personas admiraban ese fenómeno natural, cuando el astro rey poco a poco se desvanecía entre la sombra de una Luna que a cuentagotas lo envolvía, ese 30 de mayo, junto con ello, se iba un grande de la fiesta taurina nacional. Iba dejando este mundo una leyenda de la tauromaquia en México que vaya… cómo ha pesado en el argot taurino. Quedaba la fiesta sin empresa; se iba Don Nacho.

De aquel 30 de mayo de 1984 hace ya 25 años. Un cuarto de siglo que Don Ignacio García Aceves dejó este mundo. Y es que referirse a este personaje del ambiente taurino, es hacer una retrospectiva misma de una época mágica, dorada y sepia de la fiesta taurina.

Quienes tuvieron la fortuna de conocerle en persona, se refieren a él como un grande del ambiente taurino, un apasionado de la fiesta que imprimió gran corazón en su labor como empresario durante 52 años y medio consecutivos. Se le recuerda como un hacedor de la fiesta taurina, que abrió y plasmó una parte muy importante de la historia de la tauromaquia en México y, especialmente, en Guadalajara, en donde nació, murió y permaneció como empresario de la ya desaparecida plaza El Progreso, que en aquellos años se ubicara en el tradicional barrio de San Juan de Dios.

Qué triste debió ser. El Progreso se distinguió siempre por sus seriales de novilladas. Ese ahínco de Don Nacho por impulsar los talentos jóvenes de Jalisco y de todo México, fue su fuerte. Qué taurino añejo no recordará las novilladas de preselección, las limpias de corrales, los letreros en taquilla de “agotado el boletaje” y los festivales taurinos que permitían a los aspirantes a la difícil profesión de torero mostrar sus cualidades. Quizá lo más importante, y la característica más entrañable del empresario guadalajarense, fue el apoyo a la baraja novilleril de esa época. Triunfa y repite; así lo mencionó alguna vez el matador que en gloria esté, Alberto Bricio: “Tenías la oportunidad, pero Don Nacho tenía tanta afición, que si cortabas oreja te repetía; al terminar la novillada, hacía sus montoncillos de tantos pesos y comenzaba a repartir y a decir quién iba para el otro domingo”.

Qué ayeres; qué recuerdos; qué fiesta es la que hacía. Su ahínco por dar festejos taurinos terminó en un éxito rotundo en bien de los que entonces disfrutaron de esa época. Agarrones de novilleros, charlotadas con “hombres gordos” y hasta lucha libre en el ruedo de la Progreso, para de ahí obtener dinero y poder continuar con su meta: dar toros. Quizá los novilleros de esa parte de la historia recuerdan que para entrenar los lunes, muchas veces había que recoger las sillas de la función de un día anterior.

Licenciado de profesión, Ignacio García Aceves también disfrutó de pasarse los toros por la barriga. Como aficionado práctico mató cerca de cien, si no es que más bureles. Hubiese debutado con las de la ley, pero siempre dijo que su complexión fuerte y grande no lo haría verse bien de luces. Hoy se recuerda a un grande, como pocos; es más, como ningún otro. La afición de Don Nacho era de verdad grande. Cómo olvidar que al recién caído Manuel Capetillo él le diera la oportunidad de hacer aquel quite que jugó como parteaguas en su exitosa carrera. Abrió pautas, descubrió talentos y cuidó, como nadie, la fiesta en todos sus sentidos, llámese campo, selección de ganado e intelecto empresarial; por eso la fiesta era sencillamente otra cosa.

Su plaza… qué decir. El Progreso hizo historia a la par de él. Ese coso que fuera testigo mudo de sinsabores, miedos, cornadas y triunfos, también tuvo un fin. Qué melancolía debió sentir Don Nacho al final de la década de los setenta, en 1979 para ser más precisos, cuando viera derrumbarse aquel inmueble que por décadas le dio tanto, a él y a muchos. Que él mismo hizo exitoso y él mismo vio su fin. Caía, pero iniciaba una más, primero llamada Monumental, ahora, Nuevo Progreso.

Versátil en cuanto al ambiente taurino mismo se refiere. En 1965 adquirió el 50% de la ganadería de San Mateo, para posteriormente, en el mismo año en que se derrumbara El Progreso, fuera propietario del porcentaje restante, así, se hizo también propietario de San Marcos. Fue veedor exhaustivo de ganado bravo, y eso dio como resultado el éxito en sus festejos. El ganado era comprado con un año de anticipación, para que dos meses antes, o un poco más, volviera a la ganadería para checar la corrida que iba a lidiarse en meses próximos. Era pues, un empresario en toda la extensión de la palabra.

Se marchó. No ha vuelto a haber uno como él. Con ese corazón con el que se le recuerda, ese amor por la fiesta y por hacer las cosas como se debe, rascando recursos para poder dar festejos, continuidad y, sobre todo, apoyo a los chavales —cuando existían los maletillas—, para lograr figuras, porque... en esa época sí las había. Habrá que recordar que apoyó a diestros de la talla de Manolo Martínez y Manuel Capetillo, por mencionar algunos.

Y sí, ese día se eclipsó. Pareciere que el Sol mismo, que alumbra y alegra las tardes de toros, lo presintiera y lo manifestara ocultándose y refugiándose tras la Luna, pues esos tiempos se fueron con él. Qué dicha de aquellos que pudieron conocerle, que tuvieron una oportunidad de él y lo saludaron de mano. Hay quienes sólo lo recordamos con palabras de taurinos viejos, o, simplemente, como un personaje de la fiesta, cuya impresión física sólo recordamos su figura labrada, colocada en el patio de cuadrillas de la Nuevo Progreso.

Qué grande que fue y qué mal que ya no está. Vive, eso sí, en cada uno de los taurinos, quienes lo vieron, convivieron o amistaron con él.

Quienes no, habremos de darle un Padre Nuestro y unas palmas de pie, por dar a la historia de la tauromaquia de México esa época romántica que tanto se recuerda. Don Nacho… felices 25.

Edgar A. Flores

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