Sábado, 31 de Octubre 2020

Se divierten entre aguas cristalinas y residuales

Los veneros en la colonia Agua Fría son un lugar de esparcimiento para los niños vecinos, aunque a unos metros corre el desagüe de asentamientos irregulares

Por: El Informador

Los vecinos piden inversión en la zona para mantener los ojos de agua que disfrutan los menores. EL INFORMADOR/G. Gallo

Los vecinos piden inversión en la zona para mantener los ojos de agua que disfrutan los menores. EL INFORMADOR/G. Gallo

Alan y Miguel se divierten todo el día en las piletas y sólo las dejan para ir a comer. EL INFORMADOR/G. Gallo

Alan y Miguel se divierten todo el día en las piletas y sólo las dejan para ir a comer. EL INFORMADOR/G. Gallo

Hay puntos en los que la espuma y la basura se juntan. EL INFORMADOR/G. Gallo

Hay puntos en los que la espuma y la basura se juntan. EL INFORMADOR/G. Gallo

El cauce contaminado desemboca en el río Santiago. EL INFORMADOR/G. Gallo

El cauce contaminado desemboca en el río Santiago. EL INFORMADOR/G. Gallo

Por un lado, agua clara con peces; por el otro, agua sucia. 

En las piletas limpias, nacidas de las piedras, los niños nadan y se avientan clavados.

En el cauce caen desechos industriales y residuales, cobijas viejas, pelotas ponchadas, lonas con propaganda, ropa y zapatos.

Este río sin nombre que se convirtió en basurero nace aproximadamente desde la colonia Villas de Guadalupe, en Zapopan, y desemboca en las contaminadas aguas del Santiago.

Entre sus pequeñas caídas, la basura y la espuma se juntan. El olor hediondo, como cuando el cadáver de un animal yace muchos días en el sol, también se percibe.

A lo largo de él, sin juntarse, los ojos de agua son comunes y se mezclan con el paisaje urbano que los invadió.

Uno se encuentra en el cruce de las calles Abel Salgado y Ojo de Agua, en la colonia Agua Fría, donde hay casas sin enjarre y calles de piedra y terracería.

Aquí es común ver a Alan, de 10 años, y a Miguel, de 12, jugar todo el día y solo parar para ir a comer. Todos los días es la misma rutina: vienen, se quitan la ropa y en calzones se lanzan al agua. Luego se secan al sol, se cambian, comen y vuelven en la noche.

“Venimos desde que yo tenía cinco años. Los sábados y domingos hay más de 20 niños aquí”, dijo Miguel. 

José Guadalupe, de 31 años, vive a unas cinco cuadras y tenía cuatro años cuando comenzó a ir al “charco de agua”, “la pila” o “Los Camachos”, como le dicen en la colonia.

Sin embargo, explicó que la misma falta de cultura de la gente hace que el agua tenga basura que él y su hijo a veces retiran.

“Aquí aprendí a ‘dizque’ nadar, porque soy de una familia de escasos recursos y no tenemos para ir a las albercas”, compartió.

Al filo de la pila, esa agua cae, de tanta que es, al cauce de agua sucia, que será tóxica y que metros más adelante se juntará con el río más contaminado de México.

“Sería padre que alguien invirtiera en los ojos de agua (para mantenerlos limpios). Para los niños, sobre todo, porque yo lo disfruté y quiero que mis hijos también”, dijo José.

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