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Jueves, 21 de Febrero 2019

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Un llanto sin lágrimas

Por: José Luis Cuellar de Dios

Un llanto sin lágrimas

Un llanto sin lágrimas

Andrés joven tapatío de 32 años de edad murió hace unos días, había nacido con cierto tipo de discapacidad que nunca le fue plena y certeramente diagnosticada, pero que a partir de los 5 años de edad lo confinó a enfrentar la vida desde una silla de ruedas, sus músculos se atrofiaron, su lenguaje se volvió atropellado y padeció desde los 12 años dolores musculares que solo medicamentos apropiados lograban mitigarlos, irónicamente la lucidez de su mente era extraordinaria. Su mesita de noche se convirtió en una pequeña pero bien surtida “farmacia” se contaban por kilos los medicamentos que consumía mensualmente.

Andy, como todos le nombraban, estaba orgulloso del cariño y apoyo que recibía de sus padres, siempre atentos a su bienestar y a los probables avances médicos-tecnológicos que se dieran; tan fue así que lograron automatizar la silla de ruedas, habitáculo permanente de Andy, excepto para dormir haciéndole más fácil trasladarse de un lado a otro. La condición vulnerable del hijo solo movía a los padres hacia la ternura sentimiento que se convirtió para Andy en franco impulso.

Así pasaron 24 años mismos que influyeron en la dinámica de la vida de padres, hermanos y el propio Andy, aquella familia se adaptó a las condiciones que le planteaba un hijo con discapacidad. A partir de los 29 años, tres antes de morir, cuando sus hermanos, por diferentes motivos, se habían marchado del hogar paterno, la salud, física y mental de Andy entro en un estado progresivo de deterioro, falta de apetito, vómitos frecuentes, insomnio pesaroso, dolores intensos en todo su cuerpo, diarreas constantes y lo peor, confusiones mentales que lo sumían en terribles depresiones.

La vida de madre, padre e hijo se convirtió en todo un reto, renuncia al ámbito  social, estados depresivos de los tres, citas medicas frecuentes, por cierto, a las que se sumó la madre y en consecuencia más y más medicamentos, desvelos, y una escondida pero permanente angustia que orillaba a pensar con un singular remordimiento envuelto en oculto deseo que la vida de Andy terminara. Sí, por antinatural que parezca, una madre y un padre pidiendo que su hijo muriera. Siendo seres humanos de profunda fe no dejaban de sentir cierto remordimiento: desear íntimamente más la muerte de su hijo que el milagro de “curarse”, conforme pasaban los días menos creían que el sufrimiento de Andy se convertiría en fecundidad espiritual para los tres. La urgencia de una esperanza desapareció por completo afectando aún más el estado emocional de los tres, mientras tanto, Andy sufría cada vez con mayor intensidad y frecuencia aquellas terribles crisis emocionales empeorando también y aún más su condición física. Llegó lo que más se temía, la condición frágil de Andy solo podía ser atendida estando hospitalizado, la repercusión emocional en madre y padre fue catastrófica, un hijo sufriendo y mantenido en vida solo con el apoyo de sondas, aparatos, medicamentos, asistencia permanente, vaya, una vida artificial ya que Andy no volvió a estado de lucidez alguno, llegó al final, final sin retorno.

En un estado de melancolía, desesperación y duelo, madre y padre tomaron la decisión de desconectar a Andy lo hicieron con la vehemencia del infalible, era lo mejor para todos. Al siguiente día de la decisión se ofició una misa en memoria de Andy, hermanos, amigos, y por supuesto padres dirigieron unas palabras de agradecimiento a todos lo que estuvieron al pendiente de Andy.

Llamo la atención la serenidad, casi alegría, que mostraban los rostros de los padres, le habían preguntado directamente a su alma la decisión, por lo que su llanto no derramó lágrimas.

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