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Miércoles, 12 de Diciembre 2018
Ideas |

Sueños vueltos pesadillas ¿y así quieren seguir?

Por: Juan Palomar

Sueños vueltos pesadillas ¿y así quieren seguir?

Sueños vueltos pesadillas ¿y así quieren seguir?

La imagen corresponde a la ampliación de la avenida Juárez, en 1948. Es parecida a las fotografías de la destrucción bélica de tantas ciudades europeas debida a la segunda guerra mundial. La diferencia es que allá la devastación causó un profundo dolor, y que las poblaciones de esas urbes procedieron, en la mayoría de los casos, a efectuar una reconstrucción –en muchos casos textual– para recuperar sus patrimonios.

En Guadalajara, en cambio, las medidas ampliadoras, dirigidas exclusivamente a los coches, fueron recibidas con sorprendente y triste mansedumbre. Unas pocas voces, nunca oídas, se alzaron honrosamente contra la barbarie. ¿Cómo fue esto posible? Por la ilusión de un falso progreso, por el verticalismo político, por la falta de conciencia histórica.

Muchas veces se ha referido esta columna al fatal parteaguas que significaron las ampliaciones indiscriminadas de calles, que duraron, en su etapa moderna, de 1948 a 1976, con el remate de la construcción de la Calzada del Federalismo. Hasta allí llegó una ciudad, que de haberse conservado inteligentemente, hoy podría ser Patrimonio de la Humanidad, como Zacatecas, como Querétaro. Y quien lo dude consulte el abundante material fotográfico previo a las devastaciones.

¿Cómo fue posible que una ciudad tantas veces reputada como “conservadora” haya aceptado tales radicales cambios negativos? Porque lo que en el fondo los estratos dirigentes (económicos y políticos) conservan es sobre todo el afán de lucro, la rentabilidad que a través de las supuestas plusvalías generadas iba a aumentar los capitales financieros e inmobiliarios. Porque se abrazó la causa del automóvil como un sinónimo de progreso y prosperidad.

Está más que visto y comprobado, pragmática y científicamente, que aumentar irracionalmente las superficies para el tránsito vehicular no solamente no resuelve el problema de la movilidad, sino que lo agrava. Y que además los coches, como gigantescas ratas, se han comido buena parte de la calidad de vida de los tapatíos, de su patrimonio.

He ahí a lo que quedaba del Convento del Carmen gracias al coche. Una reliquia colonial vergonzosamente mancillada y mutilada por el “progreso”. Insistamos: a semejanza de tantas ciudades civilizadas había opciones para mejorar la vialidad sin destruir buena parte del centro. Basta, otra vez, con consultar ejemplos mundiales. Pero con una mentalidad simplista y cerrada, además de vertical, sucedió la tragedia.

Nos queda rescatar y dignificar lo que aún resta, que es mucho. Nos queda convencer a quienes siguen pensando que el coche particular no es la solución para el transporte, sino eficaces y diversos medios de locomoción: tren ligero, Macrobús, bicicleta, razonable marcha a pie, vehículos de alquiler, compartición de vehículos, transporte escolar obligatorio…

¿O qué? ¿Le rebanamos otras dos crujías al convento del Carmen para que quepan más coches por Juárez? ¿Abrimos más ejes viales insensatos para seguir destruyendo el tejido urbano y sus inapreciables barrios? Guadalajara debe ser una ciudad realmente progresista: un progreso que concilie la calidad de vida y el patrimonio ambiental y construido de manera solidaria, inteligente, audaz. Nunca será tarde para la lucidez. 
 

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