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Martes, 16 de Octubre 2018

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Salvemos las calandrias

Por: Armando González Escoto

Salvemos las calandrias

Salvemos las calandrias

Sociedades de muy diversas latitudes conservan el uso de carruajes de caballos como una memoria viva de este medio de transporte, aun si se trata de ciudades tan avanzadas y complejas como Nueva York, Londres, Roma, Viena, Varsovia o Sevilla. Al conservar el carruaje rinden homenaje al uso y lo constituyen en un patrimonio valioso y además siguen haciendo amigables y colaboradores a los caballos.

No obstante estas realidades tan evidentes tenemos ahora en Guadalajara un atentado que lleva meses, toda vez que a la actual administración se le ocurrió que ya no debía haber carruajes de caballos en esta ciudad, tal decisión nos invita a cuestionar.

¿Toca a la autoridad en turno acabar con las tradiciones tapatías? ¿Tal ocurrencia nació del reclamo de la ciudadanía? ¿Con qué derecho los regidores cometieron a su voto semejante medida? ¿Acaso se les dio el poder para que actuaran en contra de la ciudad y de los ciudadanos?

Pero además la manera en la que han manipulado y dividido a los propios calandrieros es vergonzosa, como lamentable el trato que han recibido quienes se oponen, agrediéndolos con la infame carga burocrática que la autoridad ha manejado en contra de ellos. Este asunto ha sido emblemático por la prepotencia, el desprecio al derecho y el afán de imponerse por encima de la dignidad de las personas traicionando el compromiso de una administración verdaderamente ciudadana.

En el trasfondo se deja ver lo que ocurre cuando posturas sociales minoritarias, desde luego respetables, llegan al poder y lo usan para imponer su particular punto de vista por encima de la opinión de la mayoría, me refiero a los amantes extremos de los animales que confunden los caballos con mascotas y muy solidarios con ellos prefieren verlos en el rastro que trabajando. Todavía más pasmosa la sugerencia de una funcionaria de que los caballos fueran adoptados, ¿se va a llevar usted un caballo a la sala de su casa? ¿Lo va a ubicar en su azotea? ¿Lo sacará todas las tardes a pasear por la banqueta? ¿Tendrá recursos para alimentarlo? Un caballo no es un perro faldero, su raza, su estirpe la ha conquistado haciéndose útil productivamente a la sociedad humana, con la cual ha establecido una relación histórica memorable, no es un gato de angora, ni cosa por el estilo.

Es también penosa la actitud de muchos “tapatíos” a los que les tiene sin cuidado lo que ocurre en la ciudad y con la ciudad, indiferencia y apatía que los malos gobiernos han sabido siempre aprovechar, alarmante es el que la autoridad refiera la opinión de quienes se han expresado en favor de las calandrias de caballos, así se trate de personalidades tan respetables como don Carlos Enrigue o don José María Murià entre otros. Cuando una autoridad confunde su servicio con su protagonismo y convierte en asuntos personales o politizados cuestiones ciudadanas del tamaño que sean, entramos a los caminos sinuosos de la autocracia o del personalismo dictatorial.

Pensar en calandrias sin caballos es algo que no se le hubiera ocurrido ni al alcalde de Lagos, calandrias por así decirlo caponas y que estarían bien para un parque de diversiones, es decir, carritos chocones, y en una de esas hasta para Disneylandia.

armando.gon@univa.mx

DR

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