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Viernes, 20 de Abril 2018

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La ciudad y las indispensables flores

Por: Juan Palomar

La ciudad y las indispensables flores

La ciudad y las indispensables flores

En estas temporadas de apocalípticas declaraciones sobre la ciudad, de jeremiadas incesantes sobre todos los problemas posibles, de utilización del victimismo urbano para justificar y prolongar el status quo, parecería absurdo hablar de las flores.

Y sin embargo, es la existencia de la flora urbana la que nos entrega la reconfortante certeza de que aún conservamos una razonable e infinitamente agradecible salud citadina. Lo de “Guadalajara, ciudad de las rosas” era un eslogan un poco cursi. Pero era valioso. Las rosas constituían una manifestación palpable y bonita de bienestar ciudadano, de decoro, de alegría colectiva. Y de orgullo comunitario.

En el camino nos perdimos. El tránsito automotor terminó con la ilusión floral (y ecológica). Esto, junto con la creciente cuachalotez de autoridades y población propiciada por el desbordamiento de tantos problemas acuciantes. Se perdió el ánimo y, en tantas cosas, el rumbo. La desaparición de las rosas no fue más que un claro síntoma de ello.

Es una moda bastante estólida y hasta mezquina regatear lo que hacen los ayuntamientos por la ciudad. Con frecuencia se olvida que en una democracia lo que disponen las autoridades está avalado por el voto popular, y si no hay graves extravíos, es legítimo; las medidas adoptadas, sobre todo en asuntos corrientes, tienen el explícito mandato de las mayorías que, con el pacto democrático, conforma los gobiernos de todos.

Quizá uno de los mejores programas del actual Ayuntamiento sea la dignificación de los espacios verdes y abiertos. Y particularmente de la jardinería implantada en múltiples lugares: camellones, jardines, plazas. Su índole y disposición no tienen precedentes desde los años del ingeniero Agustín Gómez y Gutiérrez. Ha habido inventiva, originalidad, casi siempre buen gusto. Se procedió a plantar especies diferentes, más resistentes a la contaminación y al maltrato, menos dependientes de frecuentes riegos. Un solo ejemplo: la variedad de pastos que han sido utilizados, con buen éxito, en camellones y jardines.

Las modalidades de la jardinería urbana son muy amplias. Basta revisar las posibles especies que son susceptibles de cultivarse de manera sustentable en los espacios públicos. Basta comprender cómo, durante décadas se cayó en modas inconvenientes y en la repetición de lugares comunes. Basta acordarse de la pobreza de su mantenimiento. Basta acordarse de Chapalita, fraccionamiento ejemplar en tantas cosas que a través de los años ha sido fiel a sus rosaledas y a su arbolado. 

Faltaría, sin embargo, radicalizar las acciones jardinísticas en la urbe. Ordenar a fondo las banquetas y las servidumbres y rescatar allí las obligatorias áreas verdes y la forestación. No restringirse únicamente a espacios públicos fácilmente delimitables, sino meterse de lleno en la exigencia a vecinos e inquilinos para conservar, instaurar o reponer las áreas verdes y el arbolado en las mencionadas servidumbres y banquetas. Una serie de campañas de difusión bien dirigidas, más la coerción legal del ayuntamiento podrían multiplicar los beneficios ambientales de la flora urbana. 

Así que cada flor es importante. Representa la comprobación de que toda la comunidad puede vivir en una mejor ciudad, más digna, más bonita.

jpalomar@informador.com.mx

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