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Domingo, 17 de Febrero 2019
Ideas |

Elogio de tianguis y menosprecio del "mall"

Por: Juan Palomar

Elogio de tianguis y menosprecio del

Elogio de tianguis y menosprecio del "mall"

Podría no ser tan obvio. Son dos formas de mercadeo que divergen profundamente. Dos formas de entender la vida de la ciudad que parten de distintas visiones, y posturas, vitales. El tianguis emerge de los mismos barrios (con sus asegunes) como una parte orgánica de su existencia. Constituye una respuesta inmediata a necesidades comerciales cuya presencia misma es lo que los hace posibles, viables. Esa viabilidad depende directamente de que sean pertinentes de que vengan al caso de que la gente los demande.

Porque el tianguis, además, dista mucho de limitar sus efectos a los de la mera actividad mercantil. Su dinámica genera una verdadera ebullición social, una intensificación de los intercambios humanos, una compleja red de acuerdos que hacen posible la integración de sus muy disímbolas piezas. Un hecho básico es que el tianguis sucede y aprovecha el espacio público, lo que por sí mismo debe (no siempre) implicar un tácito acuerdo social.

Al tianguis se va caminando, de manera más natural y espontánea. Sus efectos gravitan sobre determinados contextos que de alguna manera también se nutren y aprovechan esa actividad. Una larguísima tradición, de modo natural, nutre su funcionamiento, sus modos de mercadeo, su estilo mismo. Con su operación trashumante, una verdadera caravana que con los días se va instalando en diversos rumbos establece un tejido social dentro del tianguis mismo y dentro de los espacios que va sucesivamente ocupando.

El “mall”, o gran centro comercial cerrado, está íntimamente ligado al uso intensivo del automóvil. Desde su misma concepción histórica hasta su funcionalidad práctica busca atraer sobre todo al estrato de quienes poseen ese vehículo, aunque no necesariamente de manera exclusiva. El tipo de comercio es distinto, aunque es cierto que muchas veces llega a ser complementario.

El “mall” es un entorno cerrado, controlado, limitado e impermeable a su contexto. Si se analizan diversos casos es notoria su indiferencia a los entornos donde se ubican, y aun el descuido en hacerlos correctamente accesibles para quienes llegan a pie o en transporte colectivo. Suelen estar cercados de vehículos de motor, y su misma imagen queda determinada por esta circunstancia. Constituyen grandes extensiones físicas que poco aportan a la convivialidad de la vía pública, a la vivacidad de los ámbitos barriales. Su funcionamiento utiliza intensivamente energías y combustibles, aires acondicionados, gasolina para los desplazamientos, luces prendidas a todas horas.

Al final, es razonable y hasta saludable que las dos formas tan distintas de ejercer el comercio funcionen en la gran ciudad. Sin embargo, es indispensable hacer la pregunta: ¿qué construye mejor una comunidad, la hace más habitable y solidaria? ¿Y qué modos de consumo logran dar a la gente en general una mejor satisfacción para sus necesidades y formas de vida?

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