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Sábado, 21 de Julio 2018

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¿Dónde ponemos el mono?

Por: María Palomar

¿Dónde ponemos el mono?

¿Dónde ponemos el mono?

Favor le haría el Ayuntamiento de Guadalajara a la Alcaldía de París sacándola de un brete que, en estas latitudes más ilustradas, nunca ha sido problema para los munícipes. Bastaría enviarles un aguerrido destacamento de dos o tres regidores con fotos en sus celulares para enseñarles cómo se le hace para plantar un monote ahí, donde sea: v. gr., sobre Alcalde, entre Reforma e Independencia (“nomás mídanle que quede a mero enmedio y ya”).

Pero a los parisinos, los pobres, se les hace bolas el engrudo con gran facilidad por cosas que aquí no le hacen al cabildo ni lo que el viento a Juárez.

Resulta que al artista gringo Jeff Koons, famosísimo, ocurriósele donar a París una escultura monumental (unos diez metros de alto, 33 toneladas de bronce) en homenaje a las 130 víctimas de los atentados terroristas de noviembre de 2015. Se llama Ramo de tulipanes y es una manota que sostiene lo que se supone que son flores (más bien parecen malvaviscos) de colores pastel. Sí, en serio: se puede ver en internet.*

Alborotóse luego luego la alcaldesa de París, una chica ye-yé que se llama Anne Hidalgo que últimamente puso una exposición de homenaje al Ché Guevara que molestó a los parisinos que de plano no aguantan nada. Anne aceptó encantada las condiciones del artista: que él “regalaba” la escultura, pero escogía el lugar para ponerla (y el contribuyente se ponía con la producción y la instalación de la estramancia, al tenor de unos 3.5 millones de euros). El señor Koons, listo él, decidió que quería ganar la inmortalidad en la Ciudad Luz ni más ni menos que en la explanada entre el Museo de Arte Moderno y el Palacio de Tokio, en una plaza escalonada junto al Sena (construida para la Exposición Universal de 1937) con magnífica vista de la torre Eiffel.

Y ardió Troya.

Los subversivos parisinos, a diferencia de los civilizados tapatíos, están levantados en armas contra el proyecto. Empezando por los directores de los dos museos que se ven cara a cara en el lugar escogido y siguiendo con un larguísimo etcétera que va desde la Ministra de Cultura y los funcionarios del ramo hasta el ciudadano de a pie, pasando por los artistas, los galeristas, los marchands d’art, los exministros, los coleccionistas, los arquitectos y urbanistas, las cámaras de comercio y turismo y toda clase de gremios levantiscos que se han pronunciado en todos los medios de comunicación y los vecindarios cibernéticos al uso.

No se meten tanto que digamos con las cualidades estéticas del almodrote, aunque a nadie escapa que es obra de un señor entre cuyas máximas expresiones están un montón de perritos idénticos a los que hacen con globos los magos de las fiestas infantiles. Pero bueno, dicen los críticos, para todo hay lugar; ¿por qué no poner esto en el parque de la Villette o un lugar por el estilo?  

La molesta manía democrática de los parisinos, enzarzados en un pleito contra la sagrada autoridad del Ayuntamiento, podría tener una pronta solución con los sencillos métodos tapatíos.

YR

 

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