Miércoles, 29 de Enero 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Quebrantos de Zorba. La explosión del plúmbago en honor del maestro de jardín es apenas un reflejo y homenaje de una temporal ausencia, de un agudo pendiente  que embarga hasta los últimos rincones, esos que bien saben reconocer el adusto cariño de los largos cuidados. Por alguna razón el azul de la enredadera es por estos días nuncavisto.

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Money for the populace. Centenarios y joyas en la basura cotidiana, destinados a la extensa banda que recorre los barrios, que salva a la ciudad de sí misma, de su persistente avaricia, de su tan amarga mezquindad. Un extraño fenómeno, dicen, se apoderó del ánima de cientos de habitantes. De lo recóndito de sus escondites extraen sus siempre magros tesoros, las desgastadas monedas de oro, las piedras supuestamente valiosas, los papeles con sellos, cifras y efímero valor de cambio. Parecen haber comprendido que la secreta red de los que viven sin casa ni amparo son los verdaderos príncipes y dueños de la ciudad, de los barrios que recorren en la más alta noche. Se miden por centenares y en realidad portan la representación de los millones que en todo el planeta se juegan la vida, estoicamente, cada noche y cada día. Así, los supuestamente afortunados, los que viven bajo un techo y tienen asegurada siempre la subsistencia, tocados por una extraña gracia, reparten sus haberes, los van depositando discretamente en los montones de desperdicios que la banda examina con una mezcla de desdén y cuidadoso método. Sin sorprenderse ante los nuevos hallazgos, en medio de las sombras, la corporación de los desvalidos sigue su camino sin tocarlos. Bien saben lo vano de cualquier riqueza, y bien conocen el precioso, inextinguible, poderío de su libertad.

Así, los supuestamente afortunados, los que viven bajo un techo y tienen asegurada siempre la subsistencia, tocados por una extraña gracia, reparten sus haberes, los van depositando discretamente en los montones de desperdicios que la banda examina con una mezcla de desdén y cuidadoso método

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Pedro Cabrita Reis y Jose Dávila siguen hablando mientras la noche hace su camino, mientras la giratoria penumbra del jardín parece volver a las decenas de asistentes sombras comedidas. Así que entre los dos escultores la conversación se desenvuelve, chisporroteante en ratos, de íntima solemnidad o de arriesgada improvisación en otros. Se  habla de materialidades y de vuelos, de la metafísica y la pasajera naturaleza de todo equilibrio. De arquitecturas y sobre todo de ciudades, raíz de la creación humana. Queda en la memoria la visión, hace ya más de diez años, de una extensa ciudad de barro y luces que se desplegaba desde las alturas sobre la estragada red de las calles a sus pies, sobre los reflejos entrecortados de una ciudad más irreal y evanescente que la que, desde el último piso de una torre, recién se había levantado. Fue Cabrita Reis el arquitecto del prodigio. Otras cosas, sin duda inolvidables, dice el artista, en un español sobre el que un impecable manto de los dejos portugueses otorga una honda resonancia. Todo su discurso reposa entonces sobre el largo devenir de su obra apenas atisbada en pantallas e impresos varios. Es esa obra la que ahora encuentra su momentáneo culmen y su fugaz resolución en el recuerdo de su ciudad de barro y luces, en la urgente presencia de esta conversación cercada de sombras propicias y de la generosa fruición de los presentes, sobre todo de los muchachos.

Jose Dávila, perdurable amigo de Cabrita Reis, comprende el rato irrepetible, lleva la conversación a planos distintos, a ideas diferentes, inmediatamente compartidas. Hay una extraña, instantánea sintonía entre el portugués y el mexicano. Imposibilidad de la duración, luchas invisibles contra la gravedad, tensiones siempre resueltas al filo de la lucidez, la pasión, la más profunda inteligencia. Metáfora de la puerta de luz que siempre logra, al cruzar el umbral del oscuro cuarto vecino, vencer a la tiniebla. Pero lo inesperado, lo portentoso, es la red intelectual y artística sobre la que discurre un intercambio de palabras, de ideas luminosas.

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Noticia de Turilia. Siete muchachos, el año pasado, fundaron un taller de arquitectura en el Líbano. Fieles a la tradición de Ítalo Calvino, le hallaron un nombre imposible y orgulloso: Turilia Studio. Y se dedicaron desde entonces a dejar jirones de sueños en el desastrado territorio de su país, que es muchos países, que es un antiquísimo y muy doloroso campo en feroz disputa y es a la vez asiento de maravillas. Desde aquí se alcanzan a ver en la lejanía naves y torreones, barrios nuevos bajo el sol del levante, plazas y jardines tendidos siempre para el abrazo de los mejores días. Turilia es ningún lugar y está en todas partes, quienes bajo su nombre juegan sus destinos lo hacen con el desenfado y el austero gozo de los elegidos entre su gente. Ellos son ya la levadura que hará mejores todos sus futuros.

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Fantasmas a bordo. De un tiempo a esta parte se aparecen con inesperada frecuencia. Vienen en dos naturalezas. Una es la de las raudas luciérnagas que se encienden a la mera orilla del ojo. Otra la de las sombras que sobre la sombra realizan movimientos como de un baile secreto. Como el destello parduzco de los felinos sabe hacerlo, confunden sus límites con una improbable vastedad que todo lo envuelve. El rojizo resplandor pasa entonces de lado, enfila sus navegaciones hacia un punto a lo lejos, se pierde sobre la tensa cuerda de equilibrista que es el horizonte. Es cuando la casa se vuelve cenicienta, las cosas vencidas, el jardín de cenizas. Vuelan otra vez las luciérnagas del desasosiego y señalan con su puntuación de extraña luz los precisos puntos de la pérdida, las rutas de todos los naufragios del alma. Y desfilan con impensables trayectorias las sombras extendiendo su imperio de desencanto, su amarga dictadura de opacas caídas. Nomás, entonces, antes de, antes de todo y con bondadosa ironía, con el arrojo de la compasión, aparece al final la invencible llama del deseo y de la gracia.

jpalomar@infomador.com.mx

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