Lunes, 20 de Enero 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. La tormenta se desliza a través de las calles del barrio aquel, envuelto en suaves penumbras. Desde el vasto sur llegaron los contingentes de nubes muy oscuras, cargadas del poderío que fueron construyendo en su recorrido. Pronto se organizan vigorosas corrientes, recordatorio puntual de cómo fue conformado, hace milenios, este valle. Dura el temporal, y la marcha contra sus embates es a la vez una gozosa inmersión en lo esencial y lo remoto, y una constancia de la fragilidad, de lo precario del amparo que las ciudades que han construido los hombres tienen, al final, que ofrecer. Ya tarde, el jardín respira, agradecido, colmado de los dones que las últimas aguas le traen.

Amanece y los elementos de lo cotidiano toman su lugar. Otro rumbo del cielo trae las explosiones que festejan una de tantas fiestas que dan coherencia y sentido a la ciudad. El pletórico jazmín da cuenta de su vigor y su gracia. Vaharadas provenientes de sus racimos otorgan a todo una liviandad insospechada, vuelven las rutinas una peregrinación de quietas  maravillas.
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Herman Melville estuvo en Mazatlán. Se nublan los días, pero su presencia indeleble se puede comprobar, de alguna manera, en los profundos corredores de una casa umbría y hospitalaria, no lejos, como siempre, del mar. Cabe imaginar desde aquí, a la incierta luz de los años, al aguerrido marino, mientras hace rápidas anotaciones en un rincón del corredor, sobre una desgastada libreta. Cuáles las claves de ese pasaje mexicano, qué resplandor en estos mares habría de iluminar luego sus páginas.

Definir la arquitectura ha sido, a través de los siglos, una ardua tarea. Además de su definición canónica, Ignacio Díaz Morales entregó una anotación, cuyo autor escapa desde hace mucho a la memoria, sobre el último misterio que alienta ese arte. Tales palabras encierran el hálito de lo inasible, de lo que queda mucho más allá de lo racional y cotidiano. Decía así: “Imaginar la cosa poética y construir luego alrededor de ella”. Evocación, llamado, potencia de lo inefable que, sin embargo, se sabe al alcance de una práctica de vuelo (Ah, Pellicer), de un ejercicio de preciso y lúcido abandono a las más profundas potencias del espíritu.

En un poema de cuatro líneas, Herman Melville logra, en su propio, augusto registro, entregar una definición certera de la arquitectura, a partir de las intemporales lecciones griegas. Pero es absolutamente actual, vigente. Va una ardua versión.

Arquitectura griega

No es la magnitud, ni la abundancia,
Sino la Forma-el Sitio;
No la voluntad por la innovación,
Sino la reverencia por el Arquetipo.

Y de allí, la inevitable referencia a Jorge Luis Borges, a ese a la vez límpido y enigmático poema que se llama

Everness

Sólo una cosa hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
Y cifra en su profética memoria
Las lunas que serán y que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos,
Que entre los dos crepúsculos del día
Tu rostro fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No tienen fin sus arduos corredores

Y las puertas se cierran a tu paso,
Sólo del otro lado del ocaso
Verás los Arquetipos y Esplendores.

El olvidado autor que evocaba la “cosa poética”, Melville, Borges: asedios a lo insondable, a las regiones del hacer humano en donde solamente el ejercicio de la poesía –o el abandono a sus poderes- puede lograr lo indecible. El acercamiento, la asunción del absoluto, de los “Arquetipos y Esplendores”.
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Cinco bloques de concreto, duplicados por un manto de agua. Un parque generoso que mira crecer sus árboles. Y las trayectorias de centenares de niños que le dan al lugar sentido y hondura. Cinco bloques de concreto que son la determinación de durar, el homenaje al equilibrio y la gracia. Una escultura que reconcentra años de oficio, innumerables tentativas, el ejercicio de un ojo que a través de los años busca la sabiduría. Instaurar una obra en el espacio público siempre ha sido una acentuada responsabilidad: aspira a ser compañía, amenidad, discreta lección; en el mejor de los casos gozo, expansión de los límites de lo hasta entonces percibido. Y un secreto diálogo del autor con todo lo que su trayectoria ha cubierto, con muy diversas formas del arte que en su recorrido ha encontrado. Sobre la imagen invisible gravitan unas exactas proporciones, una refinada materialidad, el ánimo por hablar de una vida más alta, de un arte que levante por encima de sí mismo a quien lo considere. La fotografía es de Alejandra Sube, la escultura es de Jose Dávila.
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Preguntas de Sándor Márai: “¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizá no hayamos vivido en vano? ¿Qué así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es esa pasión?... ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?”

jpalomar@informador.com.mx

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