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Sábado, 21 de Abril 2018

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¡De nuevo el 22 de abril!

Por: José M. Murià

¡De nuevo el 22 de abril!

¡De nuevo el 22 de abril!


A todos los mártires de ese día

Pues sí: de nuevo aparece en el horizonte el 22 de abril y supongo que, a pesar de que a algunos no les gusta que se los recuerde ni se las recuerden —tal vez porque tienen cola que se les pise por lo que hicieron o por lo que no hicieron— lo sacaremos a la luz cuantas veces sea necesario para coadyuvar a que las heridas cicatricen de manera adecuada.

Hace poco Roberto Arias de la Mora dio a la luz un buen libro (La política detrás de la explosión) y hace una semana Jorge Eufracio nos ofreció siete Testimonios sobre una herida abierta. Ambos los editó El Colegio de Jalisco, que es la casa de ambos autores. Pero el segundo, contó además con la participación de la más prestigiada empresa editorial de México: la de Miguel Ángel Porrúa.

Ya la presentación de este último generó especial expectativa, por lo que la ceremonia se tuvo que sacar al patio de la dicha institución académica, pues de otra manera no se hubiera atendido como se debe a los más de trescientos asistentes.

Solamente tres de los entrevistados estuvieron entre el público: Enrique Dau, Andrés Cortés Landázzury y Lilia Ruiz. Otro más fungió como presentador: Ignacio Morales Lechuga, procurador general de la República en 1992, a quien le tocó ejecutar “quieras que no” las instrucciones de su jefe.

Un hecho inusitado de humildad, dignidad y hombría tuvo lugar. Morales Lechuga, primero dejó claramente establecido que el causante de la desgracia era la gasolina mal manejada por PEMEX y que, tanto Enrique Dau como Aristeo Mejía Durán y los otros que también estuvieron injustamente encarcelados durante más de doscientos días, eran absoluta e incontrovertiblemente inocentes. Así lo estableció finalmente la justicia federal.

Después, Morales se levantó de su asiento en el presidium y, con paso lento y seguro, fue hasta donde estaba Dau, le pidió perdón y ambos se estrecharon en un fuerte abrazo. Calidad la de uno al actuar y también la del otro al aceptar la disculpa, aunque fuera un cuarto de siglo después.

El hecho constituye el más airado mentís a los maledicentes rastreros que, a pesar de que las cosas estaban claras desde entonces, seguían echándole tierra a Dau, y también una gran bocanada de aire puro a los amigos de éste que tuvimos que respirar tantos comentarios sucios.

Es cierto: nuestras heridas han comenzado a sanar, pero quedan muchos lastimados todavía merecedores de un abrazo o de un gesto incluso contante y sonante que reconozca su dolor. Solo entonces, con las cosas debidamente aclaradas, podremos decir que las heridas habrán cerrado.

En un lugar visible, durante toda la ceremonia, estuvo colgada una gran imagen del “Baboso”, aquel personaje de Falcón que esperó y esperó a que se arreglaran las cosas. Cuando esto último suceda lo podremos guardar definitivamente. 

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