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Domingo, 18 de Noviembre 2018

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Alusión a Teocaltiche

Por: José M. Murià

Alusión a Teocaltiche

Alusión a Teocaltiche

A mi amigo Israel

Dice en las Memorias de don Victoriano Salado Álvarez, que entrar en su natal Teocaltiche “era como salir del mundo”. Coincidía con un contlapache mío, en la época de la llamada “Guerra Fría” y del temor de que los bombazos atómicos acabaran con la Humanidad entera. Éste decía que nos podríamos poner todos a salvo precisamente en Teocaltiche. 

Todavía era un lugar alejado de todo y, por ende, “cerca de la mano de Dios”. Así lo aseguraba también mi amigo, Martín Sandoval Vidaurri, cuyo nombre lo supe hace poco, pues todos lo reconocíamos precisamente como “El Teocaltiche”.

Otro distinguido hijo de este paraje, don Manuel J. Aguirre, cuya vida de 1893 a 1978 estuvo entre la de Victoriano y la de Manuel, fue quien más influyó para que cambiara radicalmente mi idea de una ubicación marginada de dicha localidad. El señor Aguirre, quien escribió dos libros sobre la vida del terruño y de su larga historia, también lo hizo sobre una ciudad llamada Guadalajara que, después de haber estado asentada en un sitio céntrico, muy cerca de Teocaltiche, y de un peregrinar por tierras cazcanas, acabó en un lugar sumamente alejado como el valle de Atemajac, donde se encuentra todavía. 

A diferencia de mi compañero de farra y del mismo Salado Álvarez, don Manuel estaba convencido de que su pueblo era ni más ni menos que el centro del mundo y, por supuesto, discrepaba por completo, lo mismo que yo, de la “chilanguísima” percepción de Ana Salado Álvarez, hija del prócer literario, de que el lugar en cuestión era “un pueblecillo feo e insignificante”.

Pero sí coincidimos todos con doña Ana en el sentido de que muchos teocaltichenses eran arrieros que remontaban al norte llevando ganado también de todos Los Altos de Jalisco a tributar su carne, su cuero y su sebo a las minas de Zacatecas y Durango, o bien vender sus productos lácteos en diferentes lugares, en especial en la feria anual de San Juan de los Lagos. No poco contribuyeron tales arrieros y rancheros, tan duchos en el arte de la jineta, en definir la figura del charro mexicano, imbricada con todo el Estado de Jalisco y arquetípica de la nación entera.

Pero había más que vender. Tal es el caso de los espléndidos trabajos en madera repujada. Asimismo, su insignificancia queda descalificada tan solo con la existencia de su “hospitalito”, del siglo XVI, y su preciosa placita de toros. 

Lo mismo que otras localidades alteñas, según el propio Victoriano, era “un pueblo de hombres ausentes”. En cierta medida lo sigue siendo, con la diferencia de que ahora van más al norte. De ahí que el movimiento bancario de la población se efectúe mayormente en dólares.

Como sea, es común denominador de sus hijos un amor acendrado por su dura tierra, que siempre los llama a volver.

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