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Lunes, 18 de Noviembre 2019
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A treinta años de El cine es mejor que la vida (III)

Por: María Palomar

A treinta años de El cine es mejor que la vida (III)

A treinta años de El cine es mejor que la vida (III)

A finales de 1989 Emilio García Riera puso punto final a su libro más personal y entrañable, El cine es mejor que la vida, que al año siguiente fue publicado por Cal y Arena y premiado con el Villaurrutia.

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Sobre sí mismo, García Riera dice que al releerse halla “un personaje con el que hoy suelo estar en desacuerdo”, y da pruebas de que el sentido común debe ser despiadado contra la pretensión y la tontería de la buena conciencia “intelectual” (elogia a Blake Edwards; califica de “sicoanalista saltimbanqui” a Ken Russell). Intransigente consigo mismo, se sabe con pleno derecho de exigir de los demás el mismo rigor.

Cierra el segundo apartado del libro una reflexión sobre el cine, su nacimiento, gloria y ocaso y su resurrección gracias a las nuevas tecnologías. Es un repaso notable de la industria cinematográfica y su papel en la cultura del siglo XX y revela una visión del futuro misericordiosamente poco apocalíptica (que recuerda, curiosamente, la de ese otro notable ejemplo de sabiduría y sentido común que es don Luis González, cuando habla del porvenir de su región y del país).  

Su último y breve capítulo sobre “La política” abre con un párrafo que dice: “el quehacer político debería convertir a la vida humana en algo más justo, más satisfactorio y menos aburrido; algo con sentido y con estilo, como una buena película”. Recuerda con ironía su infancia de ortodoxia marxista, tan parecida a la religiosa, con sus santos, sus padres espirituales, congregaciones y cánticos... hasta que llegó el amargo trago de Budapest en ‘56 y, luego, el golpe de gracia de Praga en ‘68.

García Riera no pierde el tiempo en tonterías. Se declara mexicano-español (o español-mexicano), lo cual es obvio, sólo para no dejar de abordar un asunto que  intriga a los necios (identidad tiene todo mundo, o debería tenerla; hay que tener personalidad, que es mucho más importante). Es republicano -aunque le simpatice el Rey Juan Carlos- y está dispuesto a darse de bofetones por defender la memoria de Lázaro Cárdenas (“se dirá que en todo eso hay algo de irracional y de anacrónico, y yo digo, pues sí, claro que lo hay. ¿Y qué? ¿Qué esperaban de un tipo como yo? ¿Puro racionalismo?”).

Muchas cosas tiene el lector que agradecer: una absoluta honestidad intelectual, un estilo de enorme gracia y corrección que revela al gran lector que es y, además -cosa rara y maravillosa- el lector se ríe con ganas, con el autor, de la vida y de nosotros mismos. Tiene entre las manos el mejor sustituto del privilegio restringido de una sobremesa en que Emilio en persona cante el merengue del dictador Trujillo. Y sobre todo -para no dejar de hacer referencia al estupendo prólogo de Álvaro Mutis-, le hace conocer a un personaje que no sólo da muestras de una suprema inteligencia, sino de algo mejor, que los franceses, en una hermosa expresión, han llamado l’intelligence du coeur.

Tapatío

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