Viernes, 24 de Enero 2020
Jalisco | Transeúntes apresurados, vendedores a la caza, sombras nocturnas que brotan de la salida sur de la estación Plaza Universidad del Tren

Soledad individual en medio del bullicio urbano

Crónica

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Se trata de una lucha entre la colectividad y la individualidad, el acompañamiento y la soledad; entre lo que se mueve y lo que permanece estático. Hay quienes son más afines a lo primero, pero también hay quienes se enamoran de lo segundo.

Fuera de la estación Plaza Universidad del Tren Ligero, en su salida sur, el tránsito de la mayoría de las personas es fluido, casi imparable. Pocas detienen su camino cuando pasan de las nueve y media de la noche y es un día entre semana. Hay entre aquellos pocos un hombre que se encuentra sentado en el suelo y tiene dispuesto a su lado su local de vendimia. Pulseras, anillos, collares, brazaletes, aretes; algunos de cuero, otros de madera, unos de cáscara de coco, de metal y otros materiales indistinguibles. Los aretes cuelgan de una tabla forrada de negro, recargada en la pared. Las pulseras y lo demás se encuentran en el suelo sobre una manta.

Cerca, un señor sostiene un periódico enrollado, presionándolo contra su estómago; su mirada fija en el infinito no le permite mover ni un músculo facial ni mucho menos descruzar las piernas al paso incesante de las personas. Los estudiantes del plantel universitario cercano salen en grupos y esperan el semáforo auditivo para cruzar la avenida.

Dos hombres, uno de edad avanzada y otro más joven de baja estatura, se sientan en una banca, encienden un cigarrillo, platican, consumen los cigarros y se retiran.

Alguien se detiene a mirar la vendimia del artesano. Las rastas largas del vendedor hacen sombras en la pared que le sirve como respaldo. El visitante platica con él y éste le da su tarjeta. Se retira sin comprar nada. Después llega una señora: “¿Qué precio tiene éste?, “20 pesos”, “Gracias.” Se marcha.

Una señora sostiene varias rosas empaquetadas individualmente. Se pasea alrededor de las bancas ofreciendo las flores a los que están sentados y a los que pasan que no lleven mucha prisa. A ratos se sienta a descansar y de vez en cuando llega un niño con más flores. Él las vende del otro lado de la avenida. No les ha ido bien, tienen los brazos llenos de rosas.

Finalmente, el señor del periódico lo desenrolla y comienza a leerlo sin desarrugarlo por completo y su vista se vuelve a un infinito simulado en el papel del diario. Nada de lo que pasa alrededor parece sobresaltarlo; ni siquiera el hecho de que hayan apagado unas luces que le venían bien para la lectura.

Por fin alguien se decide a comprar un brazalete. Las rastas cambian de posición. La cabeza que las sostiene, junto con el resto del cuerpo, se eleva en la posición erguida para recibir el dinero. Es lo primero que vende en el transcurso de cuarenta minutos. Vuelve a tomar asiento el comerciante de artesanías y comienza a recortar un pedazo de cuero; lo hace de manera circular y en espiral para dejar una larga tira al final.

A pesar del inminente paso del tiempo y de la noche cada vez más oscura, el silbato artificial de los semáforos sigue funcionando de la misma manera en que lo hace a mediodía. No hay consideración para aquellos que buscan un poco de tranquilidad en el desarrollo de sus labores nocturnas cotidianas.

La señora de las rosas se va cada vez más lejos junto con su joven ayudante hasta perderse en el horizonte de la calle, entre las luces amarillas tenues y los árboles del andador. No más rosas hasta un nuevo día. El del periódico se levanta y despierta de su letargo para mirar un aparador. Sigue su camino y se pierde a la vuelta de la esquina sobre Avenida Juárez.

Ya pasan de las 10 de la noche. El artesano mira la hora en su teléfono celular y saca bolsas de plástico. Guarda todo lo de metal en ellas. Una bolsa se escapa con el viento y él corre tras ella. La pisa y regresa a terminar el trabajo. Quedan todavía varias cosas en el suelo. Enrolla la manta con todo y cosas y amarra los extremos como si se tratara de un dulce o un tamal. La tabla no puede correr la misma suerte; la envuelve con una manta y ata los extremos para no dejar caer ningún arete.

Todo está listo para quedar en soledad. El artesano se levanta con sus cosas y al caminar saca un cigarro de su bolsillo. Se aleja fumando en el silencio que queda lejos de los semáforos auditivos. El tránsito se hace irreconciliable con la noche y aquellos que se atreven a ser sedentarios en un mundo de nómadas deben partir en un momento u otro. Ya no hay rosas, ya no hay cigarrillos, ya no hay periódico, ya nadie va a comprar, porque ya nadie pasa, ya sólo quedan las bancas y la basura.

EL INFORMADOR/ITESO/David Eduardo Morales Barba

Temas

Lee También