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Miércoles, 19 de Diciembre 2018

Suplementos

Puente Grande, renacer del olvido

La construcción colonial se mantiene de pie, a 300 años de haberse levantado, como un recuerdo constante de la maestría de los arquitectos novohispanos

 

 

Por: Francisco González

El nombre de “Puente Grande” (o de Tololotán) se lo debe en buena medida a la regia estructura colonial de cantera y piedra que permite cruzar el Río Santiago. EL INFORMADOR/ J. Monroy

El nombre de “Puente Grande” (o de Tololotán) se lo debe en buena medida a la regia estructura colonial de cantera y piedra que permite cruzar el Río Santiago. EL INFORMADOR/ J. Monroy

Cuando pensamos en Puente Grande a nuestra mente vienen muchas imágenes, pero difícilmente nos llega la palabra “turismo” en primera instancia. Y sin embargo, a pesar de lo mucho que se ha contaminado su nombre a lo largo de los años, si observamos su historia nos encontraremos con un tesoro colonial, pueblo recio de alma comercial y cuerpo artístico.

El nombre de “Puente Grande” (o de Tololotán) se lo debe en buena medida a la regia estructura colonial de cantera y piedra que permite cruzar el Río Santiago, una construcción que trascendió a su tiempo y nos recuerda que la grandeza arquitectónica ha estado presente en Jalisco mucho tiempo antes de la independencia.

De acuerdo a la página de web “Tonala Jalisco es”, el puente fue construido por el español don Antonio del Real Quesada en 1718, oidor de Guadalajara, como respuesta a la solicitud de comerciantes, que tenían que “jugarsela” de forma constante para cruzar el Santiafo con sus mercancías.

Pero Puente Grandes es más que el puente en sí. Su templo de tres cuerpos con dos esbeltas torres en cantera gris es un ejemplo de su grandioso pasado. Alguna vez la zona funcionó como garita, canalizando buena parte del comercio del Centro del país con la Perla de Occidente.

Por lo que nos ha contado Pedro Fernández Somellera en estas páginas dentro de su columna, sabemos que “antiguamente, todo mundo utilizaba sus propias cabalgaduras para cruzar el río; o algunas veces con las que tenían que alquilar a algunos rancheros que con ello hacían negocio (no había Uber). Este asunto se hacía más productivo -aunque más riesgoso- cuando el caudal venía crecido, pues se las tenían que averiguar sobre una balsa hecha con carrizos, con bules como flotadores. El pasaje y la carga se balanceaban en los endebles amarres, mientras que algunos valientes chavales, la empujaban con una mano mientras nadaban con la otra hasta lograr cruzar, a cambio claro, de una merecida recompensa”.

“En tiempos de la Colonia -agrega el maestro Somellera- los comerciantes de oro, de plata, de mercurio para la minería, de turquesas, telas y ultramarinos y muchos etcéteras, que transcurrían por el ‘Camino Real de Tierra Adentro’, decidieron en 1718 construir un sólido puente de ‘cal y canto’ que les permitiera cruzar con sus recuas y carretas ese río grande que se encontraba en un ramal del también llamado ‘Camino de la Plata’ que iba desde México hasta Santa Fe”.

A 300 años de su construcción el puente sigue allí, firme y silencioso, con una arquitectura que combina la delicadeza de sus acabados con la fortaleza que le dieron sus creadores, que a duras penas pudieron imaginar que a tres siglos de su construcción se mantiene donde lo dejaron con la soportando las inclemencias del clima, el río y los hombres -en orden de peligrosidad-, así como la fama no muy positiva que le ha dado la penitenciaría cercana, a lo que se suma el paso de tránsito pesado.

DR

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