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Martes, 23 de Octubre 2018

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Flotar, todos flotamos aquí

Rompe con los temores terrenales y busca la aventura que te lleve a nuevas fronteras
 

Por: Francisco González

Las experiencias que ofrece este destino jalisciense, simplemente espectaculares. EL INFORMADOR/ F. González

Las experiencias que ofrece este destino jalisciense, simplemente espectaculares. EL INFORMADOR/ F. González

Dice la frase que la única certeza que tenemos al nacer, es que nos vamos a morir. Hagamos lo que sea, conquistemos o fracasemos, ascendamos o nos hundamos, todos terminamos convertidos en huesos desnudos a la merced del tiempo, o mero polvo destinado a flotar en el viento. El cuerpo será, al final, un despojo indiferente a lo que fuimos en vida.

Algo así me pasó por la mente hace tiempo. Durante un viaje de prensa nos llevaron en barco a navegar por las playas de Puerto Vallarta, haciendo breves escalas en cada una de ellas (Las Ánimas, Quimixto, Colomitos, etc), incluyendo una muy especial en los famosos “Arcos”. Bellas formaciones de piedra que han sido esculpidas por efectos de la marea y el viento durante cientos, quizás miles de años. Su visión, eterna y etérea al mismo tiempo, atraparon largamente mi atención.

El barco se detuvo frente a ellas, pues una de las actividades que teníamos era “esnorquelear” en los “Arcos” y nadar alrededor de sus pedregosos ángulos. Fabulosa experiencia, claro. Inolvidable, sin duda. Más para mí.

El problema está en que yo no sé nadar. Ni en piscina ni en alberca ni en jacuzzi ni en chapoteadero ni en tinaco. No veo imposible terminar en el programa “Mil maneras de morir” por esta carencia. El agua es mi enemiga mortal. De 100 veces que me hubiera visto en la situación de entrar al mar, en 99.99% hubiera dicho “no me meto” y mejor me quedo en cubierta bebiendo ron cual pirata y escuchando a “Mi banda el Mexicano”.

Aquí viene el “pero”. No sé por qué, pero un pensamiento atravesó mi mente en ese momento. Como una especie de centella. Me vi de pie ante la inmensidad del océano, y decidí que sí. Sí me iba a sumergir. Alguna fuerza misteriosa acababa de apretar el botón de “apagado” a mí sistema de apego a la vida.

El instructor que nos acompañaba en el viaje me preguntó si sabía nadar. Le dije que no, pero me puse el salvavidas con tanta decisión que supongo que no me creyó. Y entonces a la una, a las dos, a las dos y media. A las dos y tres cuartos. A las dos y 95 por ciento. A las tres…. Y al agua.

Y me tiré, al principio sin soltarme…aferrado al barco por el repentino espanto a hundirme e irme flotando como botella sin corcho por el océano. Me sentí más indefenso que la pelota “Wilson” en medio de las olas. Pero lo entendí.

Moriré. De algo o de nada. Puede ser en 100 años, o en 20, o en cinco. Puedo irme en una situación gloriosa o jugando yo-yo. Puedo morir en la oficina, o podía morir allí, en un lugar hermoso de aguas turquesas y de majestuosa paz.

Entendí que me tiré al agua porque a lo que realmente le tenía pavor era…a no vivir. A decirle que “no” siempre a este tipo de experiencias por miedo. Que a veces uno piensa mejor en morirse a gusto en vez de vivir con adrenalina y riesgos.

Y solté el barco...y floté y floté....

Descubre este rincón paso a paso

Cada quien descubre Puerto Vallarta de diferentes maneras, pero ninguna se compara a disfrutarla a pie. Quienes han visitado la ciudad saben que hay una magia inherente en sus calles onduladas, que suben y bajan de forma caprichosa mientras dibujan la geografía de la costa jalisciense. Su malecón se llena de magia desde temprano. Y de bullicio. Y de sabores. Al fondo, siempre silenciosa, siempre majestuosa, observa la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe.

Este artículo forma parte del SUPLEMENTO PASAPORTE. Búscalo cada domingo en la edición impresa de EL INFORMADOR o navega la edición 

 

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