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Miércoles, 25 de Abril 2018

En busca del Río Verde

"La caminata para llegar a la cascada es digna de un suceso "

Por: Pedro Fernández Somellera

Panorámica. Abajo se divisa el Río Verde cual monarca entre sus verdes valles. EL INFORMADOR/ P.SOMELLERA

Panorámica. Abajo se divisa el Río Verde cual monarca entre sus verdes valles. EL INFORMADOR/ P.SOMELLERA

La poderosa camioneta 4x4, por más imponente que ésta fuera, se resbalaba casi sin control sobre la vereda lodosa.

Los intrépidos (e inocentes) que íbamos en la cajuela, veíamos cómo el precipicio de la barranca se acercaba y se alejaba cual tapete verde y vertical que algún extraterrestre lo jalaba bromeando con nuestras -hasta entonces altivas- personalidades de exploradores aguerridos.

La bruma del amanecer todavía  acurrucada entre las cañadas hacia más “asustosa” la situación. Las mochilas rodaban en el piso de la camioneta como queriendo esconderse entre nuestras piernas. El piloto, aunque fingía valor y temeridad, sus ojos parecían salirse de órbita al voltear a ver el precipicio.

Sabia decisión fue dejar la famosa y  dizque 4x4 en un recodo de la brecha y continuar nuestro camino a pie. Por casualidad, en ese mismo lugar unos ilusos trataban de hacer subir a empujones a un vetusto y exhausto Chevrolet cargado de años que echaba bufidos estentóreos a cada intento del infructuoso ascenso. Inútil era ayudarlos: los consejos empeoraban la situación.

El color rojizo del chicle lodoso en que nos deslizábamos por aquella brecha arañada en las paredes de la barranca -ya dejando aparte el susto- nos hacía notar que el color de su barro contrastaba con los verdes de la maleza, agregándole un toque de elegancia al paisaje, ya para entonces bajo un cielo azul que creíamos nos protegería de cuanto mal pudiera haber.

Todo iba más o menos bien mientras caminábamos por la brecha, tambaleantes, con una gruesa capa de lodo en cada bota, hasta que a alguien se le ocurrió cortar camino por una veredita que bajaba casi vertical entre la maleza.

El atajo se convirtió en tobogán y las pompas en deslizador cuando tratábamos de alcanzar las mochilas que, al habérnoslas quitado rodaban cuesta abajo dando brincos por el monte.

Pero como no hay mal que por bien no venga, habremos de admitir que el tiempo de recorrido se redujo y la caminata, ya más abajo y por lo planito, fue más que placentera. Y lo mejor de todo fue que, como ya  estábamos cubiertos de lodo de pies a cabeza, los zancudos nos hicieron los mandados.

 La caminata para llegar a la pequeña cascada que viene de más allá, es digna de un suceso. Los estrechos pasadizos que se abrían entre la hierba de tiempo de aguas, estaban acaparados por las hiedras que colgaban de todas partes “como si estuvieran en su casa”. Los viejos arbolones que parecían estar sudando con el calor y la humedad, se engalanaban con las bromelias coloradas y los florones amarillos que colgaban entre las hojas irritantes que se llaman (no sé por qué) “mala mujer”.

 Más abajo, con lo intenso del llover, el lodo ya había desaparecido y el camino, ahora pedregoso, dejaba crecer a su lado a las inocentes tempranillas rosas, a las estrellitas de san juan muy blancas y bonitas, a las amapolitas amarillas, y hasta a esas florecitas chiquititas que brotan en racimos de tres colores que no sé cómo se llaman. Piedras, flores, plantas y olores, hacían la delicia de nuestros pasos.

Saltando charcos y arroyos, llegamos casi sin darnos cuenta al pié de la cascada que, celosa, se ocultaba entre grandes piedrononas cubiertas de lama que parecían también estar gozando de las carcajadas del torrente. Estar ahí un rato, no sé si sería mejor para el cuerpo o para el espíritu: dicen que los iones del agua rebotada,  dicen que los olores de las hierbas, dicen que los fantasmas de la bruma,  dicen que los duendes en los hongos… Lo que sí es que, estar ahí bañado por el rocío, con el olor a hierba, a tierra mojada, a musgo y a humedad, y poder ver el cielo tan solo por un agujerito entre las ramas… nos hizo recapacitar en algunas cosas que quizás por correr tanto, casi se nos olvidaban.

Pero volviendo al tema, si la bajada fue tormentosa, la subida aunque sudorosa es deliciosa: la plática, los comentarios, la planta, la flor, el pájaro, el chiste pelado a tiempo y acertado, averiguar a quien le queda un poco de agua en su cantimplora, adivinar si ya se secó el lodo para poder subir en la camioneta, la chela helada, la foto del recuerdo que casi siempre sale horrible… son delicias que los dioses conceden a quien va atento y muy despacio. “Qui va piano, va sano; qui va sano, va lontano”. El que va despacio va sano; el que va sano va muy lejos. El caminar y no el llegar, es lo que hace la excursión. ¡Gócenla!

N.B. Para llegar ahí, habrá que cruzar el pueblo de Acatic, en el poniente y no muy lejos de Guadalajara, y por ahí,  seguir la brecha que lleva hasta el codiciado Río Verde allá muy abajo.

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