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Lunes, 17 de Diciembre 2018

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* La anécdota

Por: Jaime García Elías

* La anécdota

* La anécdota

Cuando Rafael Márquez decidió regresar al Atlas, acariciaba el sueño —lo dijo en varias ocasiones— de cerrar su carrera como futbolista en activo, en calidad de protagonista del anhelo que los incondicionales de su equipo incuban pacientemente desde hace 67 años (muy próximos a cumplirse, por cierto): el título al que se aproximó en la primera etapa de su carrera, antes de emprender el exitoso periplo europeo que lo convirtió en uno de los más sobresalientes jugadores mexicanos de todos los tiempos.

Pero como el hombre propone y el futbol dispone, poco faltó para que en el capítulo final de su ciclo, los rojinegros reeditaran la que ha sido su experiencia más recurrente: confrontar la amenaza del descenso.

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En el último partido “ante su gente”, en la cancha en que debutó hace 22 años, prevaleció la anécdota sobre la historia…
A diferencia de tantas jornadas en que los resultados del Atlas se caracterizan por el dramatismo, el Clásico de anoche se resolvió con el clásico “gol de vestidor”. No se había cumplido el primer minuto de juego cuando una acción que nació justamente en los pies de Rafa y Caraglio continuó por la izquierda, se resolvió con el remate alevoso de Ortega. Había jugadores del Guadalajara que, cabizbajos, trazaban la cruz sobre la boca y musitaban “…de nuestros enemigos, líbranos, Señor…”, cuando el alarido de la tribuna los sacó de su arrebato místico y los devolvió, abruptamente, a la realidad.

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Es probable que algún simpatizante del Guadalajara recordara, en ese instante, que el martes pasado dieron el primer paso tras la victoria que tiene a los rayados a un paso del título de la “Concachampions”, precisamente con un “gol de vestidor” –el de Pizarro en Toronto—… como el de anoche. Y habrá pensado, posiblemente, que “El que a hierro mata…”.

Para los rojiblancos fue, la de anoche, repetición puntual de la película de las jornadas más recientes. Como ante Veracruz o ante Tijuana, quedó claro que la camiseta del primer equipo —con su historia, con las exigencias implícitas de sus simpatizantes— volvió a pesarles demasiado a los jugadores bisoños de los que sólo el tiempo dirá si llegan a ser futbolistas.

Anoche, por lo pronto, Cota, con al menos dos o tres intervenciones sobresalientes, hizo decorosa una derrota que pudo ser aplastante… y le robó cámara a Márquez como la figura del partido.  
 

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