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Lunes, 19 de Noviembre 2018

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¿Y la democracia sindical cuándo?

Por: Rubén Martín

¿Y la democracia sindical cuándo?

¿Y la democracia sindical cuándo?

El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales, y la consecuente derrota de la partidocracia, es celebrada por muchos como una consolidación del sistema electoral mexicano y no pocos cantan alabanzas a una consolidación democrática.

A estos entusiastas de la supuesta democracia hay que recordarles que se eligen representantes a los poderes públicos cada tres y cada seis años. Entre tanto, amplias franjas de la sociedad mexicana viven cotidianamente en contextos antidemocráticos, represivos y semejantes a las dictaduras. Es el caso de millones de trabajadores que padecen la antidemocracia en la vida laboral, salvo casos excepcionales.

La cara más nítida y decadente de esta situación en el sindicalismo mexicano son los dirigentes de federaciones, sindicatos nacionales o de empresa que se eternizan en sus puestos. Los ejemplos abundan. Hay tres dirigentes que tienen 42 años consecutivos al frente de sus gremios: Francisco Hernández Juárez de los telefonistas; Antonio Reyes del sindicato de Fonacot; y Gilberto Muñoz Mosqueda del sindicato de los trabajadores de la industria química. Un año menos tiene Rafael Rivapalacio controlando a los trabajadores del Infonavit. Carlos Romero Deschamps, el corrupto líder petrolero lleva 25 años. Víctor Flores Morales, del sindicato de los ferrocarrileros, lleva 23 años.

Joel Ayala Almeida, de la federación más grande de burócratas tiene 20 años en el puesto. Napoleón Gómez Urrutia, ahora senador por Morena, tiene 18 años al frente del sindicato minero. Es a la vez un caso palpable de la falta de democracia en la vida sindical mexicana: su padre literalmente le heredó el puesto. Elba Esther Gordillo probablemente seguiría al frente del SNTE de no haberse enemistado con el PRI y el Presidente Peña Nieto. Aún así, duró 23 años controlando el sindicato magisterial y sus recursos.

Coloquialmente se conoce a estos personajes como caciques sindicales, pero en una columna anterior propuse llamarlos más bien dictadores sindicales, pues en sus respectivos feudos se comportan como tales sin que ningún Gobierno o partido les ponga límite. Ejercen el poder sin ninguna formalidad democrática, se reeligen en sus puestos, manejan los recursos sindicales a su antojo y con total opacidad.

¿Por qué ningún Gobierno pone un alto a este sindicalismo corrupto y antidemocrático, violatorio de los derechos de millones de trabajadores? No lo hizo el PRI autoritario, pero tampoco el panismo de la supuesta transición.

No lo hicieron porque este tipo de sindicalismo ha sido funcional no sólo para la reproducción del poder político (como lo fue el corporativismo priista), sino además es funcional para la reproducción del capitalismo mexicano.

No se explicarían las altas tasas de ganancia y explotación laboral, las distintas dinámicas de acumulación de capital imperantes (por ejemplo en la electrónica) sin este sindicalismo charro y corrupto. Es un sindicalismo antidemocrático del que se han servido las clases empresariales desde hace 60 años que se combatieron en las luchas por la democratización de algunos sectores sindicales.

La pregunta en tiempos de la cuarta transformación que anuncia López Obrador es si va a promover y respetar las luchas de los trabajadores por su democratización o repetirá el uso charro del sindicalismo para beneficio del capitalismo mexicano. 

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