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Martes, 13 de Noviembre 2018

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¡Vaya!… ¿Cuánta contrariedad? ¿Qué disgusto?

Por: Xavier Toscano G. de Quevedo

¡Vaya!… ¿Cuánta contrariedad? ¿Qué disgusto?

¡Vaya!… ¿Cuánta contrariedad? ¿Qué disgusto?

En el festejo que se dio en nuestra ciudad el domingo anterior, creo que tendré que nombrarlo como “festejo taurino” —porque no diré qué fue una corrida de toros— vivimos por enésima ocasión la tragedia que viene ensombreciendo y sepultando a nuestra mágica y emblemática Fiesta Brava, ya que una vez más, su “Majestad El Toro Bravo”, NO estuvo presente.

¡El Toro Bravo, El Toro Bravo! qué fantástico es pensar en él. Es por ello, que cuando en alguna plática entre “amigos”, me preguntan cuál es el animal que más me agrada e interesa, siempre he confesado sin titubear “El Toro Bravo” —bueno, además de los caballos— pero sin lugar a dudas, su majestad el toro bravo, sobre todos los demás animales de la creación, que cada uno de ellos, son ya de por sí, una obra extraordinaria de la omnipotencia de Dios.

El Toro Bravo, aunque para muchas personas les resulte desconocido —quizás por ello ataquen sin fundamentos a nuestra fiesta— es dueño de unas características propias y muy particulares que lo separan diametralmente de los demás bovinos existentes. Los eruditos de la zoología, clasificaron a su predecesor como Bos Taurus Primigenius, que era un animal corpulento, provisto de largas y puntiagudas astas, —factor determinante de su fenotipo— cuya característica etológica era su comportamiento agresivo, y que en una época remota, pobló un extenso territorio de Europa Central.

A través de los tiempos fue paulatinamente desapareciendo —al igual que otras muchas especies— de los montes y planicies europeas, hasta ver reducida su área a la franja boscosa de Navarra y Aragón, en donde fueron de nuevo localizados por los habitantes de estas zonas de España. Gracias a éste fortuito y feliz encuentro, debemos el origen, la razón y el motivo del nacimiento de nuestro mágico y sublime espectáculo.

Sin él, su Majestad El Toro Bravo —nunca me cansaré de decirlo— no podría haber existido y jamás se hubiera dado. Es por él, por su casta, su bravura y su raza, que se le denomina Fiesta Brava, Fiesta del Toro y los recintos donde ésta se lleva a cabo, se les bautizó como “Plaza de TOROS”.

Es él, el eje central del espectáculo, y los toreros lo saben, aunque ellos se convertirían en los héroes de los públicos, sí, pero ¿sin la presencia del toro, existirían?

Durante siglos, en todos los carteles y pancartas, siempre se anunciaba primero y antes que nadie el nombre de la ganadería de la cual procedían las reses que habrían de lidiarse. Inclusive en la “época de oro” con auténticas figuras como Belmonte, Joselito, Rafael “El Gallo”, Gaona, Armillita, Manolete, Garza, Silverio, etc. Siempre primero las dehesas que proveerían a su majestad el toro.

Ahora, desafortunadamente en nuestro país la situación es diferente, ya que aquí se anuncian primero a los actuantes, y hasta el final con letras más pequeñas la procedencia del ganado —ojo, que no escribí la palabra toros bravos— y esto, con la anuencia sumisa de un gran sector de productores de reses para los festejos.

Este escenario es inexplicable, pero muy probablemente es el origen de la fragilidad e inestabilidad por la que atraviesa la fiesta en nuestro país, ya que muchos ganaderos tristemente y sin medir las consecuencias de su proceder, se han sometido a los caprichos y voluntades de los actuantes —principalmente a la figuras de ultramar— quienes exigen una reses que ya en nada se asemejan al verdadero toro bravo, es decir, sin presencia —¿edad?— y mucho menos bravura, por lo cual la sosería y el descastamiento se mueve insolentemente en todas las plazas de nuestro México.

Pero todo nos hace indicar que a ésta nefasta situación el público actual le da poca importancia y que asisten a los festejos con una visión poco precisa o disminuida de lo que realmente deberían exigir en un espectáculo que se caracteriza —cuando es verídico y está presente EL TORO— por su dignidad y grandeza. El triunfalismo efímero e intrascendente nunca ha dejado huella. “Ah, salida a hombros de Joselito, en contraparte, marcha apresurada del ‘Juli’ mostrando contrariedad y disgusto”. ¡Va!

¡La bravura se está extinguiendo! La “novedosa” fiesta, tediosa e insoportable, ha llevado a la ruina a un espectáculo ancestral que fue por siglos el orgullo de muchas generaciones que veían en ella reflejada la grandeza de sus pueblos. Hoy precisa forzosamente de un cambio radical hacia lo que es la verdad dentro de las plazas, y ésta se obtendrá exclusivamente, cuando aparezca de nuevo en los ruedos, el eje central y único de ésta fiesta: su Majestad El Toro Bravo.

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