Martes, 02 de Junio 2020
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Un ejemplo positivo establecido en las fronteras norteamericanas

Por: Alan Bersin

Un ejemplo positivo establecido en las fronteras norteamericanas

Un ejemplo positivo establecido en las fronteras norteamericanas

A medida que el COVID-19 se extiende por el mundo -como nada que hayamos visto desde la gripe española, un siglo atrás- las dimensiones de la globalización, sin fronteras y tecnológicamente aceleradas, se muestran de manera vívida. Recíprocamente, el virus ha intensificado la reacción política populista, negativa al globalismo, misma que ya era evidente antes de la pandemia. La Unión Europea ha cerrado sus fronteras externas y sus miembros han implementado rigurosos controles fronterizos terrestres; algunos han cerrado sus fronteras por completo, dentro del mismo Espacio Schengen. A nivel mundial, las zonas de viaje internacional, por aire y mar, están en vías de cerrarse para la mayoría de los propósitos comunes. 

Todo es demasiado triste, por eso es tan extraordinario -y un poderoso ejemplo- que muestra que se puede encontrar un lado positivo en la forma pragmática y sensata en que los gobiernos de Canadá, México y Estados Unidos han reaccionado hasta ahora en la crisis. La incertidumbre y el miedo que se apoderan del mundo han colocado sobre la mesa ideas previamente impensables -como el cierre de fronteras- y con ello, prácticamente se comienza a reconsiderar todo lo demás de la vida cotidiana. 

Por primera vez, el problema de seguridad en las fronteras de Estados Unidos con Canadá y México, no es “encontrar una aguja (de alto riesgo) en el pajar” del comercio legal y los viajes masivos. En cambio, la amenaza de contagio de COVID-19 ha hecho que todo el pajar del movimiento transfronterizo sea en sí mismo un riesgo. La lógica de “distanciamiento social y quedarse en casa”, claramente pudo haber llevado a aconsejar el cierre completo y extendido de la frontera desde un inicio, y no habría sido sorprendente que EE.UU., de manera unilateral, impusiera una medida de seguridad tan amplia, como muchas que se han impuesto a raíz del 9/11.

Sin embargo, esa no es la forma en que se ha desarrollado. En cambio, la respuesta norteamericana surgió después de una consulta cercana y coordinada. Aunque se llevó a cabo en “forma bilateral paralela” (entre Estados Unidos y cada uno de sus vecinos), se alcanzó un resultado trilateral entre los tres gobiernos: limitar la propagación del coronavirus. Se redujeron los viajes no esenciales, mientras el comercio transfronterizo (que representa $3.4 billones de dólares diarios) permaneció sin restricciones. Este consenso político representaba un obvio compromiso -en el contexto fronterizo- entre los dictados epidemiológicos de la salud pública y los requerimientos de la cadena de suministro en una plataforma de producción continental integrada. Es posible que los eventos ocasionen que ese equilibrio de intereses fronterizos sea insostenible (en lugar de un modelo de aplicación doméstica general). Así como muchos aspectos de la situación actual, solo el tiempo lo dirá. No obstante, las decisiones de gestión en la frontera que se tomaron la semana pasada en el crisol de la crisis, encarnan la demostración más clara de cuán interconectada, económica y socialmente, se ha convertido, y seguirá siendo en el futuro, América del Norte.

El hecho de que estas decisiones hayan sido tomadas por líderes en los tres países, que no confían entre sí - en una era contra globalización a la cual dos de ellos suscriben - deja una lección aún más innegable y convincente.

Diez días después, el cierre parcial parece estar operando según lo previsto. En el Puerto de Entrada de San Ysidro, en la frontera entre Tijuana y San Diego, que es el cruce fronterizo terrestre más concurrido del mundo: el tránsito de peatones ha bajado un 73% y ha habido una reducción del 55% en vehículos privados. El tráfico aéreo en la región ha disminuido en un asombroso 92%. A pesar de la falta de restricciones impuestas a los flujos de carga y mercancía en las operaciones comerciales, ha habido una reducción del 20-25% en el tráfico de camiones con destino al norte, en el Puerto de Entrada Mesa de Otay, lo cual es indudablemente atribuible a la dramática desaceleración en la actividad económica general, causada por la crisis. Se han recibido reportes similares de otros lugares a lo largo de la frontera entre México y EE.UU., así como de los puertos de entrada entre EE.UU. y Canadá: los viajes transfronterizos han disminuido mucho más que el comercio transfronterizo. 

La sola imprevisibilidad en este punto, con respecto a la trayectoria del coronavirus, sugiere que la flexibilidad de la política y la adaptabilidad a los hechos a medida que surgen, sigue siendo el orden del día. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de otros aspectos en América del Norte, en los cuales, la lentitud compartida de los tres gobiernos en reaccionar a la pandemia ha complicado mucho los esfuerzos para contenerla, sus acciones conjuntas en la frontera son buenas noticias que deben ser reconocidas. 

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