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Viernes, 21 de Septiembre 2018

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Tenemos tiempo

Por: Laura Castro Golarte

Tenemos tiempo

Tenemos tiempo

¿Será posible? ¿No se supone que habíamos superado las prácticas autoritarias y dictatoriales? ¿Que la democracia había adquirido carta de residencia? ¿Que simplemente se trataba de perfeccionar y consolidar? Una vez más, nuestro sistema político electoral queda en evidencia con las prácticas que le conocemos tan bien al PRI y al más puro y viejo estilo el “dedazo” hace su aparición en escena.

Lo peor de todo es que amplios sectores de la sociedad se tragan el cuento. No los juzgo. Lo he dicho y escrito en otras ocasiones: el sistema está diseñado para mantener a las mayorías en pobreza y pobreza extrema y sin educación o con educación de pésima calidad. En un entorno así no se genera conciencia y es fácil “convencer” con tarjetas de cien o de quinientos pesos y también infundiendo miedo. Lo tienen tan probado y con tal éxito, que ahora se regresa a los tiempos del cinismo y la desfachatez con un dedazo vil y vulgar.

A quienes de pronto sí juzgo son a los que, desde ambientes hasta cierto punto privilegiados, repiten el discurso inventado por el mismo sistema de: no-importa-el-partido-sino-las-personas o el-candidato-es-lo-que-cuenta y aberraciones por el estilo, con todo y que está más que probado que el sistema es el mismo, no ha cambiado ni siquiera con la alternancia, una de las mayores farsas de nuestra historia reciente.

Tenemos tiempo de aquí a las elecciones de 2018 para cambiar las cosas. Para cambiar nosotros mismos nuestras percepciones, pararnos desde otro sitio y ser capaces de detectar las malas intenciones, la manipulación, la tergiversación de dichos y hechos de los otros. De despertar pues, en otras palabras.

Tenemos tiempo para estar atentos a personas y procesos y con calma y hasta con frialdad, tomar las mejores decisiones que de verdad signifiquen mejores condiciones de vida para los mexicanos.

Sé que no es la primera vez que lo digo y que hasta ahora no ha funcionado, pero creo en que hay que insistir, en no podemos ni debemos cansarnos, no quitar el dedo del renglón y volver a intentarlo. El poder es un asunto complejo. Los mejores intencionados terminan absorbidos por él y cooptados por el sistema. Y hablo de México y el mundo. Una vez instalados, cobijados por la buena vida y un sistema que los sobreprotege, entonces la sociedad deja de estar en el foco de sus intereses y la soberbia y la mezquindad campean. Las necesidades sociales son algo hasta estorboso y no se nos ocurra a periodistas y ciudadanos hacer la más leve crítica porque entonces viene la intolerancia y las descalificaciones de quienes considerábamos eran las mejores opciones en el espectro electoral.

Es muy difícil, desde adentro (seguro habrá quienes lo hayan intentado, sin éxito hasta ahora) y no se diga desde afuera, pero no queda otra. Hay que seguir y tenemos tiempo. Apenas se van definiendo candidatos y mientras no modifiquemos radicalmente el sistema es lo que hay. Es una vergüenza pero es lo que tenemos; y de pronto parece un callejón sin salida pero llegará el día, porque además hay generaciones de jóvenes que verdaderamente alimentan esperanzas de que es posible y de que sucederá más temprano que tarde.

No merecemos este gobierno. Nadie vota conscientemente por el peor y constantemente desde diferentes trincheras se señalan errores y omisiones, hay marchas, manifiestos, expresiones de descontento, ideas y propuestas concretas desde la academia. A muchos nos agobia la impotencia pero hay que insistir, México es un país de gente trabajadora y noble; gente pacífica que merece un mejor futuro, una realidad distinta; merecemos vivir en paz, con justicia, con ingresos suficientes para la satisfacción de las necesidades y no mínimamente, bien; con buenos trabajos y buenos sueldos; con acceso a una buena educación, a salud, a recreación; a sistemas de transporte y de disposición de desechos sólidos modernos; con seguridad para nosotros y para nuestros hijos; merecemos una sociedad con oportunidades, en donde sea posible albergar proyectos personales y familiares realizables; en donde la desigualdad se abata paulatina y constantemente y entonces sí nos sintamos cómodos con una democracia real y efectiva. Es posible y estamos a tiempo.

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