Lunes, 05 de Diciembre 2022

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Necesario hacer de Norteamérica una prioridad

Por: Alan Bersin y Diego Marroquín Bitar

Necesario hacer de Norteamérica una prioridad

Necesario hacer de Norteamérica una prioridad

Impulsado desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en los 90s, el concepto de Norteamérica se materializó incluso antes de que Robert Pastor lo plasmara en su libro “La Idea de América del Norte” (ITAM/Porrúa). Si bien la idea arropa a Canadá, Estados Unidos y México, la región de Norteamérica, en última instancia, debería evolucionar y extenderse desde Colombia hasta el Ártico y desde las Bermudas hasta Hawái. Es decir, convertirse en una región/idea mucho más amplia de lo que Pastor planteó originalmente.

Si nos enfocamos sólo en su núcleo (Canadá-Estados Unidos-México) como bloque continental y marítimo, éste cuenta con claras ventajas comparativas sobre otros bloques: una población de 500 millones de personas con una demografía favorable; un mercado que produce el 30% ciento de los bienes y servicios globales; una plataforma de producción compartida con flujos comerciales que superan el billón de dólares anuales (17% del comercio mundial); un compromiso compartido (aunque imperfecto y ahora en peligro) con la democracia y el Estado de Derecho; la frontera más dinámica del mundo a un costado del Río Bravo; el potencial para alcanzar la total independencia energética; una enorme base de recursos naturales incluyendo ríos navegables, grandes extensiones de tierra cultivable y acceso sin trabas a los océanos Atlántico, Pacífico y Ártico. A pesar de esta riqueza de activos, Norteamérica –como Brasil– parece consignada a “ser la región del futuro y siempre lo será.”

Desde que Jean Monnet concibió el Mercado Común como respuesta para evitar los conflictos en Europa occidental, las Comunidades Europeas y ahora la Unión Europea han sido construidas desde la coordinación intergubernamental y el establecimiento de una burocracia supranacional. En contraste con la experiencia europea, Norteamérica surgió en gran medida a pesar de la inacción e indiferencia gubernamentales. Es decir, Norteamérica creció orgánicamente a través de la creación de una plataforma de producción compartida impulsada por el sector privado. Los tres países no solamente intercambian bienes, sino que hacen cosas juntos. Mientras que el TLCAN sentó el marco legal, han sido las empresas las que generan volúmenes de comercio transfronterizo que actualmente exceden los 2 millones de dólares por minuto entre los tres países.

La falta de voluntad política ha sido la principal aflicción de la Región. Como señala Rich Sanders, los mandatarios de los tres países no perciben a Norteamérica como un talismán para el éxito. Por el contrario, sensibilidades fácilmente explotables (tres soberanías, tres culturas e idiomas, y tres monedas) han convertido a la “idea de América del Norte” en una fuente habitual de discordia y en anfiteatro de arengas populistas. Norteamérica rinde frutos económicos, pero políticamente sigue siendo vulnerable.

A pesar de su accidentada historia, éste es un momento único para lograr que la idea de Norteamérica reciba la atención que merece. La rápida fragmentación del orden mundial construido durante el siglo pasado, hecha evidente por resurgimiento de la rivalidad entre grandes potencias –destacando la agresión rusa en Ucrania y el alejamiento de China de Occidente– presenta una nueva oportunidad para la región.

Estos desarrollos, a los que se tiene que sumar una pandemia que no cede, pusieron fin a la “Globalización 1.0” y rompieron las cadenas de suministro globales como las conocíamos. El resultado hasta el momento es una búsqueda precipitada para reducir riesgos y acercar cadenas de suministros (nearshoring) pero queda por definirse cuál será la etapa 2.0 de la globalización y el comercio mundial.

En este contexto, para dar credibilidad a Norteamérica se necesita un enfoque mucho más acotado. Mientras se construye el camino a seguir debemos evitar usar frases (alarmantes para algunos) como “integración regional” y resistir la siempre presente tentación por desarrollar una agenda regional integral que abarque todo desde el medio ambiente y las artes, hasta la seguridad cibernética y la gobernanza trilateral.

En lugar de buscar la enchilada completa, primero hay que concentrarnos en el cimiento principal Norteamérica:  it’s the economy, stupid! ¿Con qué frecuencia debemos recordarle a Estados Unidos que 12 millones de sus empleos son respaldados por el comercio con Canadá y México? Incluso Trump entendió los dulces que tiene esta piñata y con la ayuda de Robert Lighthizer negoció una actualización para el TLCAN (aunque cada país le dio un nombre diferente: USMCA en Estados Unidos, CUSMA en Canadá y TMEC en México). En otras palabras, los verdaderos puntos a tratar aquí son la necesidad de preservar, recuperar y crear nuevas oportunidades para el mercado norteamericano que de otra forma se perderían en este periodo de reacomodo económico y la importancia de garantizar la resiliencia energética para el futuro.

Si éste es el camino, entonces una agenda prospectiva para Norteamérica no debería ser diseñada desde la burocracia. El esfuerzo no debe ser amplio sino profundo, y debe contener, como ha insistido Chappell Lawson, los requisitos básicos para hacer crecer y mejorar nuestra plataforma de producción compartida.

Desde esta perspectiva, tres temas merecen prioridad:

1.-Movilidad transfronteriza de bienes y personas. Se han logrado avances importantes en materia de viajes y el comercio legal y, sin embargo, el estado actual de la facilitación del comercio representa una fracción de lo actualmente factible y de lo que puede lograrse. De la mano del Big Data y las tecnologías de la información pueden mejorarse nuestros procesos aduanales. Las inspecciones regulatorias, de seguridad y de aduanas deben realizarse en las fábricas y no en la frontera. La eficiencia transfronteriza podría abrir paso a la coherencia normativa, a una mayor competitividad y, eventualmente, hacia un entorno fronterizo similar al del Acuerdo de Schengen.

2.-Sistema energético harmonizado. La independencia energética entendida como la capacidad de un país para generar la energía para abastecer todas sus necesidades de consumo público e industrial es un objetivo loable pero sólo puede lograrse sobre una base conjunta. Las redes eléctricas en las regiones del noroeste y suroeste de los Estados Unidos están cada vez más conectadas con las provincias canadienses y los estados mexicanos. Construir la independencia energética de adentro hacia afuera desde la óptica de una plataforma de producción compartida parece ser la mejor ruta para lograrlo. Este no es el enfoque de política del gobierno actual en México, pero sigue siendo el que promete mejores resultados en el largo plazo.

3.-Capital Humano y desarrollo de la fuerza laboral. El desarrollo concertado del capital humano de Norteamérica es crucial para su prosperidad en el futuro. La principal necesidad aquí es contar con datos confiables que identifiquen de manera concreta qué es lo que las empresas de los tres países necesitan para su liberar el potencial de su fuerza laboral y contar con un plan para lograrlo a través de capacitaciones, educación y oportunidades para el desarrollo y movilidad laboral. Si bien este objetivo puede ser el más difícil de lograr de las tres agendas propuestas aquí, también puede resultar ser el más importante.

Alan Bersin y Diego Marroquín Bitar

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