Miércoles, 07 de Diciembre 2022

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Los nombres detrás de las balas en Zapopan

Por: Jonathan Lomelí

Los nombres detrás de las balas en Zapopan

Los nombres detrás de las balas en Zapopan

Karla, de 19 años, seguro recordará toda su vida esa tarde del domingo en una plaza sobre Avenida Patria. Lo mismo que Cirilo, de 45 años, repartidor de alimentos. Y también Iván, de 30 años, guardia de seguridad en un centro comercial. Esos son los nombres de los tres ciudadanos heridos durante el tiroteo entre el Ejército y sicarios tras un intento de secuestro a un misterioso empresario.  

Karla sólo tuvo un rozón por esquirla de bala en el cuello. Imagino el pánico de ese instante cuando, de la nada, el calor del metal arañó su piel. 

Para Cirilo sólo se trataba de un día más de trabajo como repartidor, seguramente en su moto y con su clásica mochila térmica; mientras miles pasean o descansan, ellos inundan la ciudad como enjambres. No alcanzó a ocultarse de la refriega y una bala se le incrustó en un glúteo. Por fortuna, está fuera de peligro. 

No así Iván, el guardia al que ningún curso de capacitación o equipamiento le habría salvado de los cuernos de chivo que le perforaron el abdomen y la pierna izquierda. Es el más grave de todos. 

No conocemos el nombre de la madre que, según atestiguamos en un video, a la entrada de Landmark, se echa al piso y envuelve con su cuerpo a un niño mientras zumban las balas a su alrededor. 

No conocemos el nombre del dueño de un Nissan Tiida que los sicarios encañonaron para bajarlo a la fuerza de su vehículo y usarlo como medio de escape. Ni sabemos quién manejaba una camioneta Ford Escape que, poco después, los mismos criminales le robaron a punta de pistola a su conductor para huir en ese segundo automotor, tras abandonar el anterior en Inglaterra y López Mateos. Todo ante las miles de cámaras del Escudo Urbano C5 que no sirvieron para detenerlos. 

Ni sabemos si esos conductores iban solos o con su familia, sus hijos, su esposa o su novia o su madre, pues era domingo. Ni qué hicieron ese día, si conciliaron el sueño, tuvieron pesadillas y el lunes fueron a trabajar como si nada a bordo de un auto prestado o en transporte público. 

Las autoridades se llenan la boca de protocolos, acuerdos de coordinación y reforzamiento del patrullaje como una respuesta tranquilizadora y razonable después del “éxito” obtenido. Enrique Alfaro incluso felicitó al Ejército por su “reacción” -que en realidad se topó con los sicarios por casualidad-  pero ni una palabra sobre las víctimas colaterales. El llamado a la normalidad parece más bien una invitación a la amnesia colectiva: olvidar lo más pronto posible, evitar ponerle un rostro y suprimir esas historias de la realidad.   

¿Cuándo dejamos de ver a las víctimas de la violencia? ¿Cuándo dejamos de nombrarlas y las convertimos en cifras: uno, dos, tres lesionados, un muerto? Las balas perdidas, no lo olvidemos, tienen el nombre de todos y de ninguno. Contamos las balas, pero no contamos las historias con nombres. Cuando debería ser a la inversa. 
 

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