Viernes, 10 de Octubre 2025

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La causa y la metáfora del avión

Por: Diego Petersen

La causa y la metáfora del avión

La causa y la metáfora del avión

En todo gobierno hay fracturas, problemas internos, lucha por la sucesión. Eso es parte del ejercicio del poder. Sin embargo, el gobierno del presidente López Obrador se rompió por dentro y demasiado temprano, según lo confesó él mismo. Scherer no se llevaba bien con la secretaria Olga Sánchez Cordero, dijo como explicación de por qué tuvo que prescindir de ambos, de la secretaria de Gobernación y del consejero jurídico que fue, hasta el día de su salida, el hombre fuerte de Palacio. A la primera la regresó a su escaño y la impuso como presidenta del Senado; al segundo lo mandó al matadero. 

En la causa que ha iniciado el fiscal Gertz Manero contra el exconsejero jurídico hay mucho más que la simple persecución de posibles delitos. Hay odio y venganza que hablan de un rompimiento profundo. Más allá de si existe o no corrupción en los actos de Scherer, lo cierto es que era el negociador oficioso del gobierno. Si alguien hablaba en nombre del presidente era él; si se extralimitó en sus funciones lo hizo a nombre del presidente, o al menos eso pensaron los interlocutores.

Que el número dos del gobierno durante el primer trienio sea ahora acusado de corrupción por el propio gobierno traerá consecuencias internas fuertes. El mensaje hacia afuera es de cero tolerancia a la corrupción, y eso, podemos coincidir, es sin duda positivo. El mensaje hacia el interior es que todos son prescindibles, que el Presidente que pide incondicionalidad y lealtad por encima de todo a sus colaboradores no lo es tanto de regreso. Nada ni nadie por encima de la causa, aunque lo hagas por la causa.

El problema es que “la causa” es más una idea romantizada que un proyecto de país. La historia del avión presidencial es quizá la metáfora más acabada de lo que ha sido el sexenio de la esperanza fallida. Las ocurrencias se convirtieron en política pública. Colaboradores y seguidores dispuestos a creer pensaron que lo que parecía una soberana tontería debía ser una genialidad del líder. No solo resultó que era una ocurrencia sin sustento, sino que encima fue pésimamente operada con pifias administrativas, improvisaciones y montajes. Al final el presidente terminó poniendo el asunto en manos de las fuerzas armadas. El problema es que no se trata solo del avión presidencial; exactamente lo mismo podemos decir de la seguridad pública, el Tren Maya, el aeropuerto de la ciudad de México, el combate al huachicol.

Como se procese el caso Scherer marcará el final del sexenio de López Obrador. En el contexto de una sucesión adelantada por la crisis de la Línea 12, un panorama económico desfavorable y una pérdida de control del territorio y la seguridad, los ajustes de cuentas al interior del gobierno pueden ser la gota que derrame y desparrame la Cuarta Transformación.

diego.petersen@informador.com.mx
 

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