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Domingo, 22 de Julio 2018

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La campaña de Nuño (y II)

Por: Raymundo Riva Palacio

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El arranque de la campaña de José Antonio Meade era anunciada con trompetas heráldicas como la vuelta a la tuerca en su lucha por la Presidencia. Cambio de estrategia y ajustes en el equipo. Era un mensaje que, en el fondo, una parte del equipo no creía. Estaban tan seguros que iban a ganar la elección, que se repartían puestos en las secretarías de Estado y perdían tiempo en intrigas internas como si fueran en primero y no en tercer lugar. El candidato no frenaba esa voracidad, y sus intentos por sustituir a Enrique Ochoa como líder del PRI eran rechazados por Aurelio Nuño. Sus observaciones para hacer más claro el deslinde del Presidente Enrique Peña Nieto, sin rompimiento, también eran impedidas por Nuño. “Eso no va a suceder nunca”, decía.

La estrategia le pertenecía a Nuño. Así lo decidió el Presidente Peña Nieto, que jugó con las emociones de los aspirantes hasta la víspera que trascendiera el destape. Un mes antes, el secretario de Salud, José Narro, pensaba que él sería ungido por la forma como lo trataba Peña Nieto y las cosas que le decía. Quince días antes de la unción, Nuño, según ex colaboradores, era quien estaba seguro que sería él, por como el arropamiento del Presidente, que lo veía como el hijo maduro que no tenía, que como moneda de cambio recibía incondicionalidad.

Meade era el escogido, pero jugó con él. Cuando lo convocó a Los Pinos el 25 de noviembre, el aún secretario de Hacienda no sabía a qué iba. Llegó al acuerdo con la incertidumbre si lo iba a nombrar gobernador del Banco de México o candidato. Personas que vieron a Meade esos días recuerdan que sufrió mucho, como si Peña Nieto hubiera querido asegurar su eterno agradecimiento. Al salir horas después de Los Pinos, llevaba la candidatura en la bolsa pero también los compromisos. Nuño y su amigo Ochoa, líder del PRI desde julio de 2016, iban en paquete.

El diseño de la campaña vació de priismo lo que rodeaba a Meade, y el arranque fue sin su cobertura. Peña Nieto le quitó al candidato voz y voto en la selección de candidatos, y lo despojó de fuerza para decidir el futuro de los priistas, con lo que no compró lealtades. Ochoa desatendió el trabajo de tierra y con Peña Nieto y Nuño, repartieron las candidaturas entre amigos, familiares y protegidos, para garantizarles vida transexenal. Los priistas que se sintieron excluidos comenzaron a torpedear a sus dirigentes.

La campaña aceleró su picada y Meade exigía el relevo de Ochoa hasta que, convertido en lastre, desprestigiado en la opinión pública y repudiado hacia el interior del partido, fue sustituido. El cambio por René Juárez llegó muy tarde. Nuño se quejaba de que Meade frenaba algunas de sus decisiones y dudaba en otras, lo que afectaba el ritmo de la campaña. Pero otras acciones para mejorar la campaña nunca fueron consideradas. Estaba obsesionado con López Obrador y optó por una campaña de miedo. Había funcionado bien en 2006, y a jalones en 2012. Pero en 2018, el miedo ya no era López Obrador, según las encuestas, sino a que el PRI repitiera en la Presidencia.

El equipo de mensaje y opinión pública encabezado por Rodrigo Gallart nunca pudo separar al Meade ciudadano de Peña Nieto, ni leyó adecuadamente los resultados que arrojaban las encuestas, donde el repudio era contra el Presidente, no contra López Obrador. En el cuarto de guerra no veían la realidad de las calles. Tampoco lo que sucedía en el PRI. Desde el principio, el cálculo de Nuño y Ochoa era que el “voto duro” priista les daría al menos 25% del sufragio. Nuño no reconoció que ese voto abandonó al PRI en 2015 y 2016, cuando los priistas votaron en masa contra sus candidatos en protesta por reformas que los excluyeron. Puso oídos sordos a lo que sufrieron para ganar en el Estado de México, y cuando se le mencionaba que el PRI había perdido ante Morena por 56 mil votos, y que  fue la coalición con el Partido Verde y Nueva Alianza la que salvó de la derrota a Alfredo del Mazo, respondía: “¡Qué importa eso, ganamos!”. Pero la historia se repitió.

Nada de lo que hacían mejoraba; la tendencia de voto no subía. Meade incorporó a Vanessa Rubio como jefa de su oficina y reclutó de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores a Jaime González Aguadé para que tejiera relaciones con los empresarios. Con Rubio ganó orden su oficina, pero trabajo no suple experiencia y, según miembros del cuarto de guerra, su novatez afectó la implementación de estrategias. González Aguadé tampoco hizo su trabajo, ni los convenció que era Meade, no Ricardo Anaya, a quien debían apoyar.

Nuño se mantuvo en su línea: atacar a Anaya de corrupto y pintar apocalíptica una victoria de López Obrador. Con esto continuó hundiendo a Meade. Los mensajes de Gallart eran pompas de jabón. La estrategia digital diseñada por Alejandra Lagunes, protegida de Peña Nieto desde Los Pinos, naufragó frente al ejército lópezobradorista. “Nos dan pena”, decía un estratega del candidato ganador. “Nunca entendieron de qué se trataba esta elección”. Era el cambio, no continuidad, el clamor del electorado.

El equipo del Presidente parecía una quinta columna. No eran traidores. Eran inexpertos que pensaban que estaban haciendo las cosas correctamente. Nuño no escuchaba opiniones. Trabajó endogámicamente mientras la campaña se pudría. Peña Nieto apoyaba. En privado, López Obrador decía con sarcasmo que parecía que Nuño trabajara para él. La humillación en las urnas, visto bajo esta óptica, estaba cantada.
 

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