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Martes, 18 de Diciembre 2018

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El nuevo modelo de movilidad integral que no fue

Por: Jaime Barrera

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Las muertes de las dos jóvenes estudiantes el lunes pasado, además de disparar las protestas callejeras de la comunidad universitaria de la UdeG por la falta de seguridad, hicieron visible el reclamo social que existe por lo poco que se ha avanzado en la prometida modernización del transporte, que sería la punta de lanza para articular un nuevo modelo de movilidad integral.

Después de un muy buen arranque en el 2013, cuando gestionaron exitosamente la aprobación de la nueva Ley de Movilidad, tras décadas de intentos infructuosos, desde el 2014 se empezó a perder empuje para superar los múltiples obstáculos e intereses del llamado pulpo camionero, que impidieron hacer realidad una de las grandes promesas de Aristóteles Sandoval.

En 2014, un accidente a las afueras de la Prepa 10 donde murió otra estudiante también nos sacudió. Aquella ocasión obligó a todas las rutas a reducir de 7 a 6 pesos la tarifa, factor que tensó la relación entre las autoridades y los transportistas y entrampó la transición del modelo de “hombre-camión” al de “ruta-empresa”, eje clave para conseguir un mejor servicio.

Por eso, fue hasta mayo de 2017 cuando se dio el banderazo a la primera ruta bajo el nuevo modelo. Fue la ruta troncal Artesanos-Tlaquepaque que nunca terminó por convencer, pese a no representar siquiera el 1 por ciento de las unidades de transporte público que circulan en la zona metropolitana. Ahí se prometió que paulatinamente se irían articulando otras, cosa que a menos de dos meses de que termine la actual administración, no ha sucedido.

Se intentó un padrón único de transportistas, como base para tener por primera vez un registro real de rutas, que nunca se ha transparentado. Era un instrumento con el que se buscaba también poner fin a la modificación arbitraria de los derroteros e iniciar la reestructuración de las rutas para terminar con la saturación de unidades en los mismos trayectos y la consiguiente disputa mortal por las y los pasajeros.

La falta de ese reacomodo de rutas ahogó los cursos de capacitación para mejorar el trabajo de los operadores e hizo lucir muy poco el cambio de unidades viejas por nuevas, la instalación de letreros luminosos de la ruta, de videocámaras, de sistemas de localización y de parabuses con pantallas. El prepago tampoco se normalizó.

Todos estos contratiempos hicieron casi imperceptibles los avances, y los diluyeron más las muertes de transporte público que no pararon y terminaron por dejar una muy mala percepción y evaluación del transporte.

A eso contribuyó también que la restructuración del transporte pareció verse desplazada por el inicio de la construcción de la Línea 3 del Tren Ligero, que para colmo tampoco se concluyó.

Tan complejo ven el problema, que el futuro Gobierno de Enrique Alfaro ya decidió crear una secretaría que exclusivamente vea el tema del transporte público, que dejará en manos del ex secretario de vialidad, Diego Monraz.

Habrá que ver qué toman y que dejan de lo alcanzado en estos últimos años o si cambian radicalmente la ruta para lograr ahora sí, un nuevo modelo de movilidad que desincentive el uso del auto, disminuya la contaminación del aire, la saturación de calles y los cada vez más lentos traslados que sufrimos, que agotan tiempos y degradan nuestra calidad de vida.

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