Miércoles, 29 de Enero 2020
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El faro

Por: Gerardo Salcedo Romero

El faro

El faro

Hace tres años Robert Eggers filmó una deslumbrante actualización del cine de terror; su opera prima “La bruja” es un lúcido retrato sobre la desesperanza de una joven de la Nueva Inglaterra del siglo XVII. El cineasta se aleja de las convenciones del género en la creación de efectos especiales, en la planeación de escenas sangrientas y en el uso de una manipuladora banda sonora. En lo esencial “La bruja” es el registro de la faena de trabajo que realiza Thomasin, la hija mayor de una pareja de puritanos radicales, expulsados de su comunidad religiosa.

En “El faro” hay varios elementos de continuidad, ahora son dos trabajadores que deben de atender el funcionamiento del faro en cuestión, situado en una lejana isla de Nueva Inglaterra. Ahora se describe una relación de trabajo, con su perversa dialéctica de dominio y sumisión, que se manifiesta en la rivalidad entre el capataz (con toda la experiencia del oficio) y un joven que debe descubrir los secretos del oficio.

Divididos por turnos, el tenso espacio de convivencia de Ephraim (Robert Pattinson) y Thomas (Willem Dafoe) ocurre mientras comen, que es donde tratan de atisbar las razones por las que se encuentran confinados en la inclemente locación. Ephraim queda condenado a realizar todas las actividades físicas: limpiar las instalaciones, atender la cisterna, proveer de aceite y carbón… Ephraim está contratado por un determinado lapso de tiempo, previo a su posible partida, la densa disciplina se rompe cuando está por llegar el bote con nuevos alimentos y que lo regresará a tierra firme. La borrachera que suscita la despedida y la inminencia de una tormenta provocan que los planes se trastoquen.

La hostilidad encubierta por los modales, ahora se expresa de manera abierta, el alcohol se convierte en la única salida posible y esos dos marineros frustrados son –como se diría hoy- malacopa. Es en este momento del relato en el que se confirman las diversas virtudes de la película: su fotografía en blanco y negro, su inquietante diseño sonoro, el fuerte duelo de actuaciones y la presencia de varias gaviotas que se convierten en una especie de coro griego, son testigos indiferentes de esa tragedia que lo que implica ser humano.

El testimonio de Pattinson sobre la forma en la que trabajó su viaje hacia la locura, nos permite intuir sus enormes posibilidades dramáticas, ya no es sólo una cara bonita y es una pena que su trabajo sea menospreciado en la inminente ceremonia del Oscar.
 

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