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Viernes, 14 de Diciembre 2018

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El apego a los tiliches

Por: Paty Blue

El apego a los tiliches

El apego a los tiliches

Nadie sabe lo que tiene, hasta que se ve en la necesidad de mudar su asiento urbano a un nuevo territorio o, para decirlo con más solvente llaneza, pocos tienen conciencia de sus incontables haberes materiales, hasta que se preparan para cambiarse de casa y los descubren, y reviven el afecto que les tienen, y deben empacarlos para encontrarles un nuevo espacio físico que, no por casualidad, resulta menos amplio y rendidor que el arcón de los recuerdos que cargamos en la mente y el corazón.

Tal vez no conseguí dar a mi hermana más apoyo que el moral, durante su reciente mudanza, porque ya no cuento con el vigor estilo terremoto que me caracterizó por muchos años en menesteres similares, tanto propios como ajenos, por los que agarré más mañas que un político en defensa del hueso al final del sexenio.

Tras cambiar de residencia cuatro veces cuando era soltera, 10 ocasiones en 43 años de casada y cinco más para auxiliar al par de retoños que tuve, creo que el colmillo se me retorció lo suficiente para concluir que, a menos que decidamos sentar residencia en una bodega en la zona industrial, no existe lugar suficiente para albergar el tilichero que consideramos indispensable y pretendemos llevar consigo.

Pero en cada uno de tales eventos se me ha ido arraigando el deseo de esclarecer si realmente necesitamos tanto trique en ese tránsito tan efímero que es la vida, al punto que me he convertido en el más proverbial y temible verdugo de los apegos materiales que nomás nos  enchinchan la existencia y nos cargan el fardo cuando tenemos que moverlo.

Por estos días, en que hemos observado el infausto fenómeno de la migración a la que se han visto obligados tantos prójimos centroamericanos, el simple ejercicio mental de dilucidar que, si me viera en una de ésas, qué sería indispensable adosarme en una mochila, me pone los pelos en tensa vertical, al igual que el hecho de pensar en los muchos años que llevo acarreando y atesorando cuanto cachivache me he allegado y he mantenido rundido en un rincón, a la espera de que me imponga la necesidad de utilizarlo y no ha llegado la fecha de que eso ocurra.

El asunto ha empeorado con el irrefrenable, veloz y despiadado avance de la tecnología que me ha convertido en un tributo a la obsolescencia todo aquello que tanto deseé y en lo que invertí hasta los dineros que no tenía, pero pude ir cubriendo a plazos y ahora he tenido que ir desterrando (también a plazos) porque se han vuelto un genuino estorbo del que, de pilón, me ha dolido deshacerme, como es el caso de teléfonos, televisores, videocaseteras, audio casetes, películas y un infinito etcétera de aditamentos electrónicos.

Espero haber podido ser útil a mi hermana en el trance motivado por la muy lamentable partida de su compañero de vida y el mejor cuñado que cualquiera desearía haber integrado a la familia. Se fue dejando invaluables testimonios para propios y ajenos, pero también una estela de triques producto de su acendrada afición de coleccionista de cuanta chiva se pueda usted imaginar y que, por haber merecido su atención y apego, hoy se han vuelto reliquias de las que no se puede prescindir. Desde aquí, mi sentido adiós a mi cuñadote.

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