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Martes, 13 de Noviembre 2018

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El aeropuerto es el mensaje

Por: Diego Petersen

El aeropuerto es el mensaje

El aeropuerto es el mensaje

El pueblo habló, Andrés Manuel lo interpretó, y el aeropuerto de Texcoco se hundió. Da igual si la consulta es válida o no, si alguien votó cuatro o cinco veces. La verdad es que la consulta se decidió por un solo voto: el de López Obrador.

Como he dicho antes, no tengo idea cuál opción es mejor, si el suelo se hunde en Texcoco o si operar simultáneamente Santa Lucía y el aeropuerto actual de la Ciudad de México represente un riesgo mayor. En el fondo, me temo, al Presidente electo tampoco le importa gran cosa lo técnico, sino el mensaje político detrás de la decisión.

Parafraseando a McLuhan, el aeropuerto es el mensaje y para quien no lo había entendido López Obrador lo dijo con todas sus letras durante la rueda de prensa: que les quede claro, el poder político y el económico ya no son uno mismo. Dicho en otras palabras, los empresarios ya no tomarán las decisiones ni serán los interlocutores privilegiados en este país; el Gobierno ya no es de ellos ni para ellos. Por eso López Obrador estaba tan contento durante el anuncio del resultado de la, para decirlo sin tapujos, falsa y amañada consulta: fue su primer acto de autoridad.

López Obrador lo dijo con todas sus letras durante la rueda de prensa: que les quede claro, el poder político y el económico ya no son uno mismo.

Hay una parte que es sin duda muy sana en este mensaje. En un país en el que más de la mitad de sus habitantes vive en condiciones de pobreza ya es momento en que se inviertan las prioridades. La famosa teoría de las copas de champaña, aquella que recitaban los neoliberales desde los noventa, de que cuando se llena la copa de arriba derrama a la de abajo y así hasta llenar todas, resultó ser un verdadero fraude: la copa de arriba es cada vez más grande, y la de abajo cada día más seca. Pensar, por primera vez en muchos años, la política y las prioridades de abajo para arriba es sano y necesario.

Pero el riesgo no es menor. El costo para el país, y para el propio Presidente electo, de esta decisión puede ser mucho más allá de lo calculado. Tener habilitado el aeropuerto de Santa Lucía en tres años es prácticamente imposible. Solo en estudios y proyectos ejecutivos se van a llevar más de un año y si quieren hacer licitaciones internacionales correctas (que es probable que se las quieran brincar con la excusa de que como ellos son honestos las van a asignar de forma directa a otros igual de honestos) se llevarán al menos otros ocho o diez meses. Ojalá me equivoque, pero hoy apostaría que al terminar el sexenio no habrá nuevo aeropuerto y que lo que hoy parece un triunfo político de Andrés Manuel puede convertirse en su Waterloo, no por la decisión en sí misma, sino por la forma de hacerlo. 

(diego.petersen@informador.com.mx)

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