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Jueves, 16 de Agosto 2018
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El “Tigre” Sepúlveda y Chivas, historia de un amor aguerrido

Por: Raúl Romero

El “Tigre” Sepúlveda y Chivas, historia de un amor aguerrido

El “Tigre” Sepúlveda y Chivas, historia de un amor aguerrido

El defensa del Campeonísimo representa la faceta más combativa del espíritu del Deportivo Guadalajara, por el que el ex jugador demuestra un amor aguerrido, inquebrantable.

Como si el término “defensor de Chivas” fuera una vocación de vida y no una denominación futbolística, el “Tigre” nunca ha dejado de batirse por el honor y la tradición del Rebaño, que él mismo contribuyó a construir en la cancha.

Sepúlveda se ha convertido en un oráculo de la esencia del Guadalajara. No importa si la cuestión es si Gerardo Mascareño puede jugar o no en Chivas, si el Atlas de La Volpe constituye un amenaza a la popularidad del Rebaño, si Jorge Vergara quiere comprar al Guadalajara o si se trata de cantarle una canción al América antes de entrar al Salón de la Fama, el “Tigre” siempre está ahí para hablar por el espíritu rojiblanco.

Conocido por su pundonor, los jugadores de Chivas tenían para él un apodo menos poético que “Tigre”: “El Impulsivo”. Su ira era frecuente, pero rara vez injustificada y casi siempre encauzada a la defensa de un compañero.

Durante un Clásico Tapatío, en 1957, se lía a golpes con Turcato, de Atlas, luego de que éste le diera un cabezazo al “Bigotón” Jasso. En 1958 pone en su lugar a Raúl Cárdenas, del Zacatepec, luego de una agresión a Pancho Flores. Durante la gira europea del Guadalajara en 1964 defiende a Peña cuando un jugador del Sevilla lo patea en el suelo. Entonces como ahora, el Guadalajara tiene un “Tigre” listo para defenderlo de cualquier ataque.

Ya es leyenda su desplante en 1965, cuando durante un Clásico ante el América arrojó su camiseta al suelo luego de ser expulsado exclamando “con ésta tienen”. Como diciendo: para infundir temor a las Águilas no hace falta todo el “Tigre”, bastan las rayas.

Por más importantes que sean para la tradición del Guadalajara, reducir la contribución del “Tigre” a esos episodios sería hacerle una injusticia a un futbolista que participó en dos Mundiales y brilló a los más altos niveles.

Sepúlveda no sólo ofrecía arrojo, también calidad futbolística.

“Tenemos la fórmula para ganarle a Brasil”, dijo antes del Mundial de 1962, con una seguridad que parecía excesiva viniendo de un muchacho del barrio de Mezquitán a punto de enfrentar a uno de los mejores equipos de la historia.

Aunque México no le ganó al Brasil de Pelé, el “Tigre” no desmereció; terminó siendo uno de los mejores jugadores del partido y de todo el torneo.

Sepúlveda dejó el Guadalajara en 1966. Después pasó a Jabatos y luego al Oro. Se retiró en 1969 y como director técnico logró el ascenso de los Tecos de la Tercera a la Segunda División en 1973. A través de todos esos cambios, se mantiene como un rojiblanco de corazón.

Una fotografía lo muestra en 1969, celebrando el octavo campeonato del Guadalajara en el vestidor, como un jugador más.

Tiene 35 años, pero ya es un patriarca. Abraza a los neocampeones con afecto paternal. Mientras Villegas llora, el “Tigre” sonríe con todos los dientes, se relaja. El Rebaño que se ha propuesto defender su sitio de honor está otra vez en el lugar que él sabe que le corresponde: ahí arriba, por encima de todos.

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