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Domingo, 21 de Octubre 2018

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Dos penales contra Guadalajara: las pérdidas de Escobedo y Oblatos

Por: Juan Palomar

Dos penales contra Guadalajara: las pérdidas de Escobedo y Oblatos

Dos penales contra Guadalajara: las pérdidas de Escobedo y Oblatos

Corría el año de 1933. Se había decidido, por parte del Gobierno del Estado demoler la muy antigua Penal de Escobedo y sustituirla por la Penal de Oblatos. La primera se situó a mediados del siglo XIX en terrenos de la huerta del convento del Carmen (actual Parque de la Revolución o Rojo, hasta la calle de Tolsa). La segunda en los terrenos alguna vez pertenecientes a la orden de los Padres de Oblatos, 30 cuadras al Oriente de la Calzada Independencia.

Graves errores de ubicación, ambos. Faltó una visión lúcida, en 1850 y en 1933, para entender que las dos prisiones rápidamente serían rodeadas por la mancha urbana. Y que, por lo tanto, se encontrarían pronto con la obsolescencia y con la incompatibilidad con el desarrollo de la ciudad. Muy costosos, históricos, yerros. Pero también faltó lucidez y entereza para entender que habría que conservar los valiosos cuerpos frontales y lo que sirviera de las dos penales y darles utilísimos usos, funcionales y simbólicos, patrimoniales.

Para la penal de Escobedo, que quedó ubicada en el remate poniente de la avenida Juárez, bastaba un trazo urbano sensato de la continuidad vial para rodearla y conservar su parte delantera. En vez de eso, se optó por el inepto recurso del “voy derecho y no me quito”. Crasa pifia. Irreparable pérdida. Para la penal de Oblatos, se optó, hacia 1982 por demolerla totalmente y edificar una nueva cárcel en las inmediaciones de Puente Grande (ahora sí, más lejos). La destrucción total de Oblatos fue otra imperdonable equivocación. En su lugar se edificó un parque mediocre y hasta la fecha subutilizado. ¿Cuál era la alternativa, que ciertamente existió y se proyectó en 1980?

Hacer, claro, un gran parque. Pero conservando el muy interesante cuerpo frontal de curioso y bien ejecutado estilo tudor. Allí se ubicaba toda una serie de servicios públicos para la población del oriente citadino. Este cuerpo daba acceso y carácter al parque (y a toda la zona), dentro del que se conservaban solamente las dos “estrellas” panópticas de muy recia construcción y grandes posibilidades: en una de ellas se disponía un centro social, en la otra, un centro cultural. Para limitar el gran espacio verde se guardaba, dándole transparencia y permeabilidad, la muralla circundante, otra obra civil muy apreciable. (En San Luis Potosí, por ejemplo, se conservó, hace 10 años, muy provechosamente la valiosa cárcel estatal).

El penal de Oblatos fue proyectado por el muy relevante y olvidado arquitecto Agustín Basave y del Castillo Negrete, y fue construido por el ingeniero Filiberto López Aranda, ambos profesionales impecables.

Se perdió, de nuevo, una oportunidad única: conservar la memoria histórica y patrimonial de Guadalajara y darle un adecuado y promisorio destino. Esto provocó –entre otras cosas– una gravísima inercia destructora. Un solo ejemplo: en los años setenta se demolió el muy antiguo Beaterio y luego Hospital Militar de la avenida Alcalde para edificar el grotesco Palacio Federal actual. Pero así se escribe la historia, de la que luego nadie se acuerda.

Debemos, con urgencia, revisar la historia urbana de nuestra ciudad, entenderla, aprender de ella: y actuar frente al futuro en consecuencia. El caso de las dos penales en contra es ejemplar.

jpalomar@informador.com.mx

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