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Martes, 21 de Agosto 2018

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De suelo en suelo

Por: Paty Blue

De suelo en suelo

De suelo en suelo

El título de este texto (qué más quisiera yo) no alude a los incontables sitios que he visitado por todos los puntos del globo terráqueo, ni a los variados tipos de superficie en los que he procurado desarrollar mi afición por las plantas, sino a la de veces que he aterrizado sin siquiera haberme trepado a un avión o escarbado para conseguir la germinación de una semilla.

Mi perenne romance con el suelo es ya un compendio de infortunios con el que se podría hilvanar una antología, tan gorda como mis carnes que han sido masacradas por todo tipo de agentes (y gentes que se acomiden para ayudarme a recuperar la vertical temporalmente perdida), pero no mis huesos que han permanecido indelebles y sin el mínimo indicio de distorsión. O sea que me he convertido en el ejemplo semoviente de la efectiva eficacia del Calcigenol, aquella infusión blancuzca que durante la infancia me fue suministrada a fuerzas y cucharadas, pero que sin duda volvió mi osamenta irrompible, aunque me hizo aborrecer el sabor de la menta que hasta hoy no tolero ni en forma de chicle.

Es difícil creer que a estas alturas de la vida ande yo tan desubicada, que pierda el equilibrio con tanta facilidad y a la menor provocación, y que en más de alguna ocasión haya acontecido que, como el cochinito que soñaba que en una lancha iba a remar, me he caído de la cama y me he puesto a rezar porque, como bien podrán comprender, cuando una mole de mis generosas proporciones se desploma, solo se le podría comparar con la caída del imperio romano, pero con un saldo más escandaloso. No en balde apunta mi muy querida amiga Vilú Camarena, que andamos frisando la edad de la cogedera, porque nos vemos precisadas a asirnos de cualquier objeto sólido a nuestro paso, con tal de evitar el azotón.

Y dijeran ustedes que a lo largo de mis abundantes años me ha dado por escalar el Chimborazo, o probar mis trasnochadas habilidades gimnásticas, o incursionar en la práctica del parkour, cuando ni siquiera he tenido la osadía de apuntarme en una clase de zumba para mantener el esqueleto medianamente flexible. Mas resulta que mis copiosos y casi cíclicos aterrizajes forzados han acaecido en las circunstancias más lisas, planas e inocuas, pero ninguna tan bufa y ominosa como la más reciente, ocurrida durante la semana que hoy concluye cuando, transcurrido el festivo lapso vacacional, apenas incorporándome a la actividad laboral y frente a un nutrido grupo de alumnos que no atinaron a evitarlo, pero sí a manifestar sus apocalípticos veredictos sobre las posibles consecuencias, caí de rodillas en el segundo peldaño de una escalerilla de tres, sin posibilidad de evitar el costalazo con las manos que traía ocupadas con mis arreos didácticos que salieron volando por los aires, igualito que mi abollada autoestima.

El pronóstico de un codo fracturado, la mandíbula partida en cuatro, el hígado machacado contra el machuelo, una oreja cercenada por el barandal lateral o una contusión craneana por el empellón propinado a una maceta cercana derivaron en un ataque generalizado de risa y un morete en la única región que nunca sentí que hubiera tocado el suelo. De modo que el presente año, si pretendo sobrevivirlo con decoro, mi propósito es fijarme mejor en cómo, cuándo y dónde piso cuando piso.

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