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Miércoles, 12 de Diciembre 2018

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Con la música por dentro

Por: Martín Casillas de Alba

Con la música por dentro

Con la música por dentro

La oferta musical en la Ciudad de México es amplia y variada: hay cuatro orquestas sinfónicas que tocan los fines de semana y otras de cámara o solistas entre semana. Desde hace años vamos los domingos al mediodía -como si fuéramos a misa-, a la Sala Nezahualcóyotl o a la Silvestre Revueltas para experimentar la inmersión total en la música.

Hace un mes vi por primera vez a Massimo Quadra dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) entre otras obras, con el Concierto para flauta de Krzysztof Penderecki con Massimo Mercelli como solista. La flauta cuenta su historia con todo y sus emociones, dudas y respuestas, mientras recorría la ciudad -el Palinuro del Paso- y, por eso, a la hora de ángelus, tocan las campanas de la iglesia -como tocan en Guadalajara las del Expiatorio y del Templo de los Ángeles-, rodeada la flauta de lo urbano y el caos. Mientras contaba su historia, Quadra cuidaba el tono, el volumen y la entrada precisa de los instrumentos que acompañaban al flautista de Hamelin.

Al salir del concierto respiré hondo: traía la música por dentro. Era uno de esos días de otoño, cuando las lluvias se despiden y me sentía como el flautista elucubrando historias sobre qué hubiera pasado si...

Fuimos a otro concierto, también dirigido por Quadra, a quien pretendo seguir en cada una de sus actuaciones, para escuchar el Concierto para contrabajo de Sergei Koussevitzky (1874-1951): “Prácticamente, lo más grande que puede oírse en música hoy en día ha descansado sin discusión sobre los hombros del contrabajo de cuatro cuerdas... Aunque, en realidad, yo diría que el contrabajo es más un estorbo que un instrumento. En el coche sólo cabe si se saca el asiento de la derecha y llena prácticamente el vehículo. En casa se lo encuentra uno por todas partes...”, como en El contrabajo de Patrick Süskind que, irónico y con mucho sentido del humor, descubre nuestra vida cotidiana, como la del contrabajista que habla de su instrumento como si fuera el alma de la orquesta en esa pequeña y sorprendente obra maestra.

Me dio la impresión que Quadra resucitó a la OFUNAM desde que aceptó ser su director artístico y, ese domingo, era Víctor Flores el contrabajista, nacido de esta orquesta quien hizo una interpretación conmovedora: abrazado literalmente a su instrumento, me acordé de lo que cuenta Süskind cuando confundió a Sarah con su contrabajo, “a ella, la mujer de mis sueños, la he confundido con el contrabajo, ella, el ángel que, musicalmente hablando, está… flota… por encima de mí...” mientras Víctor Flores desplegaba su narrativa musical con eco de flautas y clarinetes, como si las historias del viejo contrabajo le interesara a los jóvenes.

Ese día el programa cerró con la Sinfonía No. 2 en si bemol mayor, o Canto de alabanza de Mendelssohn, una loa a la Luz que nos ilumina cuando salimos de la oscuridad; una alabanza con dos sopranos, un tenor y el Coro Polifónico del Estado de México que nos llevaron cerca de eso que creemos es ‘la belleza’ o ‘la alegría del espíritu’, engarzada con las fugas del coro, delimitadas por los trombones y las trompetas celestiales que anunciaban el amanecer, después de haber estado perdidos, como estuvo Dante Alighieri.

Otro domingo fuimos a la Sala Silvestre Revueltas para escuchar a la Filarmónica de la Ciudad de México con Scott Yoo como director en ese día de la Sexta de Mahler, La trágica, donde al final no pude oír las tres campanadas, cuando ‘el héroe recibe tres golpes del destino, el tercero de los cuales, lo tumba como a un árbol’, como decía Alma Mahler. Dicen que la obra es la huella del interior de Mahler, esta que inicia con una marcha vigorosa marcada por las cuerdas hasta que tiene un feliz descanso sobre la hiedra y con la camisa al aire, hasta que, finalmente, enfrenta su destino y llega a la nada, como debe ser.

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