Miércoles, 08 de Julio 2020
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- Protestas

Por: Jaime García Elías

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Sería pretencioso remitir a la historia -a partir de una de las más célebres frases de Fidel Castro: “La historia me absolverá”- el juicio definitivo sobre la huella que los gobernantes dejan a su paso por este mundo. A los más, la historia simplemente los ignora. Los olvida. Y a los que no -las excepciones que confirman la regla-, los clasifica en dos categorías: los admirables… y los despreciables.

A reserva, pues, de que la historia, eventualmente, diga la última palabra, el hecho objetivo es que, salvo Gustavo Díaz Ordaz a raíz de la brutal represión de su Gobierno a las manifestaciones estudiantiles de 1968, ningún Presidente de la República, en México, había generado tantas abiertas manifestaciones de animadversión y de rechazo como las que se han producido en las últimas semanas en contra de Andrés Manuel López Obrador.

-II-

Van ya, según los reportes de prensa (EL INFORMADOR, VI-28-20), tres semanas de manifestaciones de repudio, por parte de cientos o miles de personas -en caravanas de automóviles, a la vista de la contingencia sanitaria declarada hace más de tres meses-, en muchas de las principales ciudades del país. En la más reciente, el domingo pasado, la escena se repitió en 196 ciudades del país.

Cabe una explicación, una justificación, casi una excusa para las protestas relacionadas con el desempleo, el desplome de la economía, las deficiencias de los servicios sanitarios y aun la mortandad registrada en México a partir de marzo: la pandemia del COVID-19. Para la inseguridad y lo incierto de las perspectivas económicas, en cambio, los dedos de la generalidad de los observadores apuntan hacia las erráticas políticas del Gobierno federal.

Ahora bien: en las crisis económicas asociadas a administraciones pretéritas, no hubo, que se recuerde, manifestaciones en que se demandara la renuncia de Miguel de la Madrid, José López Portillo o Ernesto Zedillo (ni aun de Vicente Fox cuando su ejercicio degeneró en farsa).

-III-

La explicación podría estar en el hecho de que ni De la Madrid, ni López Portillo, ni Zedillo, ni siquiera Díaz Ordaz, desafiaban abiertamente a sus críticos, calificándolos gratuitamente de “adversarios”, ni se prodigaban en peroratas cotidianas orientadas a justificar sus tropiezos con saliva endulzada o interpretaciones fantasiosas, y cuya única utilidad práctica es la que consta en actas: polarizar las voluntades; transformar las críticas en ojerizas, y generar un número creciente de participantes en las marchas que tienden a generalizarse.

(Moraleja de la historia: “Siembra vientos, y cosecha tempestades”).

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