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Miércoles, 19 de Diciembre 2018

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- Del Paso

Por: Jaime García Elías

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Si es cierto, como dijo Chesterton, que “El hombre es de donde quiere”, Fernando del Paso terminó siendo, por decisión propia, tapatío. Y debería ser, por tanto, por méritos propios y porque no se tiene conocimiento de voluntad suya en contrario, potencial inquilino de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

-II-

Por supuesto, podría haber objeciones. Una, por ejemplo: ¿por qué dar el rango de ilustre, esclarecido, insigne o eminente a un escritor, en un medio en que el común de la gente no lee nada que no sea mensaje de texto en el teléfono celular…? U otra: ¿por qué, si hay consenso de que el personaje aludido tiene merecimientos para un homenaje particularmente significativo, colocar sus restos y eventualmente una estatua que perpetúe su vera efigie, precisamente en la Rotonda, en la que sigue habiendo tanto algunas ausencias notorias como unas cuantas presencias ominosas…?

Nacido en la Ciudad de México, en 1935, Del Paso escogió Guadalajara para vivir los últimos años de su vida. Lo hizo en 1992, después de las etapas de residencia en Londres como productor y locutor en la BBC, y en París, primero como consejero cultural de la embajada y más tarde como cónsul general de México. Galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia en 1966, por José Trigo, su ópera prima; el Premio FIL de Literatura en 2007 y el Premio Cervantes, el más importante de las letras castellanas, en 2015, en reconocimiento a toda su obra, en la que sobresalen Palinuro de México (a la mitad del camino entre la novela, la autobiografía y la crónica, que incluye su propia versión de la masacre de Tlatelolco, en 1968) y Noticias del Imperio, novela histórica enciclopédica situada en el Segundo Imperio Mexicano y centrada en los emperadores Maximiliano y Carlota), entre otros.

-III-

Muy tenue en los últimos años, especialmente desde que un infarto cerebral le afectó el habla y la coordinación, la voz de Del Paso se extinguió ayer. Esa voz (“una voz grave, tranquila, de delegado de curso, de cantante de ópera, de jefe de un ejército pacífico; una voz dotada para la sintaxis y el ritmo, creada por la naturaleza para otorgarle nombre a las cosas”, escribió Juan Cruz en el prólogo a Viaje alrededor de El Quijote), que aún levantó un eco estentóreo al exclamar “¡Todos somos Ayotzinapa!” en una reciente edición de la FIL, no se escuchará más. Sus palabras, empero, lo sobrevivirán por siempre. 

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