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Lunes, 17 de Diciembre 2018

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- A debatir

Por: Jaime García Elías

- A debatir

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Si es verdad, como decía Churchill, que “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre… con excepción de todos los demás”, quizá quepa la paráfrasis de que “El debate es el peor sistema diseñado por el hombre para conocer a los candidatos a puestos de elección popular… con excepción de todos los demás”.

-II-

Desde que el debate se incorporó a las prácticas democráticas en México, en víspera de las elecciones federales de 1994, la realidad ha permitido establecer algunas conclusiones sobre sus imperfecciones: el formato, demasiado rígido, al decir de los analistas; la habilidad —algunos lo llaman mimetismo— de los políticos profesionales para ocultar su verdadero rostro tras la máscara más conveniente para cada circunstancia; la posibilidad que todos tienen de rodearse de asesores que los preparan, con bastante antelación, para sacar las cartas que deben jugar en cada una de las intervenciones que tienen programadas: lo mismo cuando les corresponde pronunciarse sobre determinados temas, que cuando se ven en la incumbencia de revirar los ataques —por demás previsibles, en la generalidad de los casos— de sus antagonistas en ese ejercicio; finalmente, las legítimas dudas con respecto al peso específico en el proceso de reflexión de los ciudadanos con respecto a las dotes de los candidatos, o a la utilidad práctica del debate en el proceso de aclaración de la intención del voto. El ejemplo más característico data del primer ejercicio: en el de 1994, Ernesto Zedillo mostró una personalidad y una estatura política muy inferiores a las de sus contrapartes (Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas)… y, a la hora de los mameyes, él ganó la elección.

-III-

El debate —o, mejor dicho, los tres debates programados—, sin embargo, seguramente será el elemento de juicio más adecuado de que pueda disponer el ciudadano común para darse una idea con respecto a la claridad en el diagnóstico y a la pertinencia en las soluciones a los graves problemas nacionales que intentará aportar el próximo Presidente de la República.

Más allá de la habilidad para eludir los mandobles de los demás aspirantes o para lanzar algunos golpes de florete, los debates les permitirán mostrar sus credenciales, su habilidad oratoria, y “vender” algunos de los programas que hasta ahora han soltado, de manera intermitente, por medio de entrevistas y discursos; no los huecos “slogan de campaña”, que sólo sirven para exhibir impúdicamente la indigencia intelectual de sus publicistas a sueldo.

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