Lunes, 02 de Agosto 2021

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XI Domingo del tiempo ordinario

Por: El Informador

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Al César y a Dios

Las elecciones del pasado domingo llenan los noticieros y parte de las conversaciones de familias y amigos, proponiendo la “fiesta electoral” como acontecimiento decisivo del país. Sin embargo, es importante recordar un criterio de discernimiento que puede ayudar a retomar nuestra responsabilidad política: el criterio de Jesús en el Evangelio, cuando le es reclamada una palabra respecto de la discusión política de entonces: ¿Se deben pagar al César los impuestos? Jesús pide una moneda y pregunta a quién pertenece el rostro acuñado; le responden, “al César”, y Jesús entonces les dice: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Aunque esta frase se ha usado como demarcación entre una religión privada y una política pública, una larga tradición eclesial la ha propuesto como un criterio de discernimiento político.

Nuestra responsabilidad política, con el prójimo y con el bien, no termina en los procedimientos que el César propone ni se representa plenamente por los políticos. Detrás de cada voto, y también de los que no votaron porque fueron desaparecidos o no encontraron su voz representada en ninguna propuesta, hay dolores y esperanzas, trabajos y deseos por hacer de nuestro país el que verdaderamente queremos. Es esa inquietud, que san Agustín atribuía a Dios, la medida de nuestra responsabilidad política. Indica el camino que queda por andar y las luchas por luchar. No todo se ha jugado en la elección. Hay muchas vidas ignoradas en ellas, como la de los mineros en Múzquiz que, apenas unos días antes de la elección, murieron en una cueva donde extraían carbón en condiciones ilegales de trabajo.  

Hay muchas voces por escuchar -que no han cabido en las propuestas electas- si hemos de buscar paz, libertad, justicia y verdad. Las elecciones no suspenden nuestra responsabilidad política para dar paso a los representantes y esperar tres o seis años para llamarlos a cuentas. Por el contrario, la política auténtica pide dar a Dios lo suyo: la inquietud, personal y pública, que despierta deseos, audacia y acción para abrir pasos a una nueva y más justa convivencia.  

                                                                                                                                                                      Pedro Reyes, SJ - ITESO

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Ez 17, 22-24. “Elevaré los árboles pequeños”.

SEGUNDA LECTURA: 2 Cor 5, 6-10. “En el destierro o en la patria, nos esforzamos por agradar al Señor”.

EVANGELIO: Mc 4, 26-34. “El hombre siembra su campo, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece”.

Esperar en el fruto de la semilla

Aunque hoy en día tengamos sobrados motivos para vivir llenos de preocupación y desesperanza, la palabra de Dios el día de hoy contiene abiertamente un anuncio realista de optimismo y de esperanza, basado en la fe. El reino de Dios llega indefectiblemente gracias a Cristo y su Espíritu. Por eso el creyente no debe gratificar nunca el desaliento y el pesimismo.

Dada nuestra afición a la programación, a la eficacia productiva, al éxito rápido y espectacular, a la estadística y al porcentaje, es frecuente la impaciencia por los frutos visibles y palpables. Impaciencia que aplicamos a todos los sectores, tanto eclesial y pastoral como familiar y educacional, lo mismo a los medios de difusión al servicio del evangelio que a las obras sociales, igual a la catequesis que a los grupos apostólicos, a las comunidades religiosas que a los grupos de jóvenes.

Llevamos la impaciencia incluso hasta la auto punición: Después de años de cristianismo y cumplimiento religioso, de ejercicios espirituales y lectura de la biblia, de meditación y oración común y en particular, ¿para qué han servido tantos esfuerzos si todo sigue o parece seguir igual? Uno quisiera ver crecer rápidamente en nosotros mismos y en los demás, por dentro y por fuera, un cristianismo pujante, frondoso y cargado de frutos maduros.

Así vamos cediendo al desaliento y la desesperanza, creyendo que estamos perdiendo el tiempo y el esfuerzo. Aquí hay un desafío constante a la esperanza cristiana. Sin embargo, la semilla de Dios tiene un dinamismo silencioso pero imparable, y fructificará con toda seguridad. No le apliquemos criterios de eficacia inmediata, casi violenta, porque ésos no son los baremos que sigue el desarrollo del reino de Dios.

En un mundo “inmediato”, tecnificado hasta el extremo, en el que todo es “on-line” e instantáneo, el Reino de Dios exige un ritmo callado, lento, casi inapreciable, que sólo puede estimarse en su total realidad cuando llega la siega. Tener prisa no hará que el tallo acelere su crecimiento, pero sí debemos poner los medios que lo favorezcan, colaborando así a que la semilla dé fruto abundante.

Sin ánimo evasivo ahondemos en la oración y la contemplación, en la admiración y el gozo del Espíritu, para captar la gratuidad de Dios y para dar su valor a las cosas pequeñas, a la suave sonrisa, a los gestos sencillos pero auténticos como la simiente semilla del Reino de Dios. Si las semillas de trigo encontradas en 1922 por Howard Carter en la tumba del joven faraón Tutankamon germinaron al sembrarlas después de más de tres mil años, ¿cuál no será la perene efectividad de la semilla del reino de Dios?

                                                                           Dinámica pastoral UNIVA

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