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Lunes, 17 de Diciembre 2018

Letras de Metal

Ricardo S. Amorim comparte con los lectores de EL INFORMADOR este fragmento de su libro

Por: Ricardo S. Amorim

Obra. Es una recopilación de testimonios de músicos, compositores de los mejores discos de la escena metal underground portuguesa.

Obra. Es una recopilación de testimonios de músicos, compositores de los mejores discos de la escena metal underground portuguesa.

«Cut word lines -Cut music lines
-Smash the control images - Smash the control machine.»
WILLIAM S. BURROUGHS, THE SOFT MACHINE, 1961
 
En 1998, Moonspell era una banda muy diferente de la que había lanzado Irreligious y fue señalada como uno de los máximos exponentes del metal gótico europeo. Hubo cambios estéticos evidentes, pero la gran diferencia era a nivel interno y espiritual. El desgaste que fue siendo causado por el litigio con el antiguo bajista, las críticas a Sin/Pecado que consideraron injustas y el sentimiento de que eran incomprendidos por su productor, el management y la editora, factores que llevaron a que la banda se sintiera acosada y se refugiara en sí misma. Sin embargo, de forma paralela a este sentimiento, el disco estaba logrando buenos resultados de ventas y obtuvo el galardón de disco de plata en Portugal.

También fue en ese año que Moonspell atravesó el Atlántico por primera vez, iniciando una relación que se mantiene fuerte hasta los días de hoy. «Fuimos por primera vez a América del Sur, una gira fantástica, pero una en la que no se duerme», ─dice Ricardo Amorim. «Acabas un concierto y tienes que salir para dar otro inmediatamente. En Chile nos recibieron en limusina. Estábamos volando de Buenos Aires hacia Santiago y, cuando aterrizamos, nuestra anfitriona nos preguntó si nosotros éramos Moonspell. Asentimos y nos pidió que la siguiéramos. Ya estábamos pensando que íbamos a tener problemas, pero salimos por la puerta de atrás, pasamos por una aduana diferente donde no paramos y, después, nos encontramos estacionadas una camioneta y una limusina afuera. Naturalmente, nos dirigimos hacia la camioneta, pero nos dijeron que no era para nosotros. O sea, fuimos en limusina hacia el segundo mejor hotel de Santiago e incluso se disculparon por no hospedarnos en el mejor, ya que se estaba dando una cumbre americana, hasta el Air Force One se encontraba en el aeropuerto y el mejor hotel estaba lleno. Tuvimos tres mil personas en ese concierto.» Mike recuerda que Fernando iba con la ventana abierta y si alguien lo miraba, él subía la ventana para que no se viera para adentro, como se hace en las películas, y todos se reían como niños.

Fue una gira rica en episodios, siendo el más memorable de todos en Morelia, que está a casi 300 kilómetros de la Ciudad de México. «El concierto fue organizado por un promotor nuevo, se trataba de una pareja que había hecho muy poca cosa», ─cuenta Mike, que siempre tiene las mejores historias de gira. «Tuvimos una sesión de autógrafos en una tienda de discos muy pequeña, pero la fila no se acababa. Cuando terminamos, nos llevaron a comer a un lugar brutal, perecía una película de El Zorro, con mariachis tocando y no podíamos salir de ahí hasta que alguien nos avisara que era seguro. Después nos dimos cuenta de que no había sonido en el escenario, solo había una vía y era imposible tocar ahí. El tour manager que, creo era de Panamá, quiso cancelar el concierto y le apuntaron con una pistola. Él tenía nuestros pasaportes y puso el mío al frente, que es estadounidense. Él les dijo a los promotores que tendrían problemas si se metían con gringos y lo dejaron salir.

Esa fue la historia que nos contaron, no sabemos si fue exactamente así como pasó. Allá teníamos una camioneta donde viajaban los técnicos y el equipo, pero la banda se trasladaba en una camioneta que pertenecía al promotor y nos quedamos sin transporte. El crew se fue con el equipo en la camioneta y nosotros tuvimos que ir a la estación de autobuses, donde compramos boletos exprés para Ciudad de México y partimos. El promotor apareció allá al día siguiente, pidiendo cuentas al promotor de la Ciudad de México, que no tenía que ver con aquello, pues era él quien no había cumplido con nuestros requisitos técnicos. Pero supimos en ese día que el público en Morelia se había pasado, giraron e incendiaron automóviles. La mujer del promotor se llevó un botellazo en la cabeza y tuvo que ir al hospital, fue un auténtico motín.»

Otro momento destacado fue el concierto en Medellín, una ciudad que, cinco años después de la muerte de Pablo Escobar, todavía era extremadamente peligrosa. «En Medellín tocamos en un estadio de fútbol de tercera división y el generador se averió. El escenario estaba montado en una banca y el público estaba en las gradas contrarias, no había nadie en el campo. Todo estaba atrás de las gradas y, cuando terminamos de tocar, invadieron el campo y tuvimos que huir. La camioneta estaba a lado del escenario y huimos para el hotel. Nuestro chófer, a quien llamábamos Speedy Gonzales, conducía por las colinas de Medellín y siempre abría la ventana para gritar “rock n’ roll, rock n’ roll”, riéndose. Cuando estábamos en la calle vimos gente armada, pero no eran policías. Solo nos preguntaban qué queríamos. Nosotros, inocentes, les respondíamos que queríamos tocar y comer. Solo mucho después nos dimos cuenta de que nos estaban ofreciendo drogas. Más tarde fuimos a Bogotá y, en el aeropuerto, fuimos abordados por militares con perros y ametralladoras. No es que tuviéramos algo que esconder, pero fue muy intimidante. Llegó un militar que dijo que estuvo en el concierto la noche anterior y nos pidió que nos tomáramos una foto con él, con perro y ametralladora.»

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