Cuando el cuerpo se convierte en autobiografía; qué revelan los tatuajes de los futbolistas
“El tatuaje sigue siendo uno de los pocos lugares donde el jugador puede decir algo que realmente le pertenece”, indica la premisa de la investigación
Antes siquiera de que el árbitro marque el inicio del próximo partido, los futbolistas ya están contando una historia. Una historia sin palabras, ajena a la comunicación verbal. No lo hacen con declaraciones frente a las cámaras ni mediante publicaciones meticulosas en sus redes sociales. Tampoco ocurre durante las conferencias de prensa, donde los reflectores los hacen parecer ajenos y poco humanos. La narran en la frontera última de sí mismos: sobre su propia piel.
Mientras el público observa escudos, dorsales o patrocinadores, en los brazos, piernas, espaldas y pecho de los futbolistas aparecen retratos de madres, hijos, parejas, santos, vírgenes, animales, frases de infancia, caminos hacia el horizonte y símbolos religiosos que, juntos, conforman una especie de autobiografía silenciosa. Una autobiografía más duradera que la palabra efímera, que se desvanece al entrar en contacto con el viento. Son imágenes que permanecen ahí antes de cualquier entrevista y que sobreviven incluso cuando termina la carrera deportiva, pues se quedan cinceladas, en la extensión de toda la vida, sobre la piel.
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Esa es la premisa de la investigación realizada por el sociólogo, doctor y jesuita Gustavo Morello, profesor del Boston College, quien decidió observar los tatuajes de los futbolistas como documentos capaces de revelar aspectos de su identidad, sus creencias, sus afectos y la manera en que construyen el relato de sus propias vidas. El trabajo observa el cuerpo de los jugadores como un archivo biográfico donde conviven la religión, la memoria familiar, los sueños y la pertenencia.
"Yo llegué a los tatuajes a través de la religión", explica Morello en entrevista con EL INFORMADOR. "Estábamos trabajando con colegas de Argentina, Uruguay y Perú sobre prácticas religiosas y, después del Mundial de Qatar, los medios comenzaron a publicar muchísimas fotografías de los tatuajes de los jugadores argentinos. Muchas eran imágenes religiosas. Cuando empezamos a analizarlas descubrimos que estaban contando mucho más que una creencia."
Aquella intuición terminó ampliando el horizonte de la investigación. El tatuaje dejó de ser únicamente un objeto de estudio sobre espiritualidad para convertirse en una puerta de entrada hacia la identidad personal. "El tatuaje implica una decisión importante", señala. "La piel es un recurso limitado. Nadie tiene una cantidad infinita de espacio para tatuarse. Hay que pensar el diseño, invertir dinero, asumir un riesgo para la salud. Todo eso hace que, para muchísima gente, el tatuaje represente algo verdaderamente significativo."
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La autobiografía que cada jugador lleva consigo
Al revisar cientos de tatuajes de futbolistas profesionales, Morello encontró patrones que se repetían una y otra vez: el primero remite al origen. El segundo gran tema es el sueño.
"Muchos hablan de su lugar de nacimiento, de frases que los acompañaron durante la infancia, de la familia o de personas que los inspiraron. Aparecen animales que representan a los hijos, retratos de los padres, referencias al barrio donde crecieron. Es una manera de recordar de dónde vienen.", explica. "Hay tatuajes donde aparece un niño caminando hacia el horizonte o subiendo una escalera. Ese niño lleva el mismo número que utiliza el futbolista profesional. Es como si estuvieran representando al niño que soñaba con llegar hasta aquí."
Para el investigador, esos dibujos cumplen también una función cotidiana: la memoria inmediata, la reafirmación de sí mismos, el recordatorio grabado en la carne de que, ante todo, siempre se puede regresar a casa. "Muchos están colocados en lugares que el jugador puede ver fácilmente mientras juega: los brazos o las piernas. Da la impresión de que funcionan como recordatorios permanentes. Incluso uno de ellos tiene escrita una frase muy clara: 'Aquí siempre se puede volver'."
Uno de los hallazgos que más sorprendió al sociólogo fue descubrir la enorme presencia de símbolos religiosos entre los futbolistas, un aspecto que rara vez ocupa espacio dentro de la cobertura deportiva. No se trata únicamente del catolicismo. En los cuerpos conviven vírgenes, ángeles, Budas, atrapasueños, símbolos asociados con corrientes New Age, frases bíblicas y referencias espirituales de muy distinta procedencia. La investigación también permitió identificar diferencias culturales. Mientras los futbolistas estadounidenses suelen tatuarse citas textuales de la Biblia, los latinoamericanos prefieren imágenes religiosas. En Brasil son frecuentes los mensajes vinculados con grupos evangélicos como Atletas de Cristo; en México aparecen figuras como la Virgen de Guadalupe; en Argentina conviven símbolos católicos con expresiones de religiosidad popular.
"Cuando buscas información sobre una Selección nacional, casi nunca encuentras datos sobre la religión que profesan los jugadores. Sin embargo, basta observarlos con detenimiento para descubrir que la espiritualidad aparece constantemente", dice el sociólogo. "Creo que existe mucha más religiosidad de la que solemos reconocer. Hay quienes dirán que eso es superstición, pero yo no estoy de acuerdo. Estamos hablando de personas cuya carrera puede decidirse en noventa minutos y sobre cuyos hombros descansa, muchas veces, el futuro económico de toda una familia. Me parece natural que la dimensión espiritual aparezca ahí."
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La piel, el último territorio propio
Dentro del futbol profesional casi todo está regulado. Los contratos establecen el peso ideal del jugador, controlan su alimentación, restringen actividades de riesgo como montar a caballo, conducir motocicletas o practicar deportes extremos. Los equipos cuentan con preparadores físicos, nutriólogos, psicólogos y departamentos de comunicación que incluso supervisan buena parte de la presencia digital de los deportistas. En medio de ese universo controlado, Morello identifica la piel como un espacio donde todavía permanece cierto margen de libertad.
"El tatuaje sigue siendo uno de los pocos lugares donde el jugador puede decir algo que realmente le pertenece", explica. "Messi lleva tatuado el rostro de su madre en la espalda. Eso ya está diciendo algo antes de que cualquier periodista formule una pregunta. Lo mismo ocurre con Sergio Ramos: basta observar sus tatuajes para recorrer episodios importantes de su vida."
El investigador no pretende interpretar cada tatuaje de manera aislada. La mirada sociológica, explica, aparece cuando la práctica deja de ser individual para convertirse en un fenómeno colectivo. "Si una persona se tatúa, estamos frente a una decisión personal. Pero cuando alrededor del cuarenta por ciento de los futbolistas profesionales llevan tatuajes, entonces estamos observando un hecho social."
Esa dimensión colectiva también permite comprender diferencias entre regiones. Los estudios consultados por Morello muestran que los jugadores sudamericanos son quienes más recurren al tatuaje, seguidos por europeos, africanos y asiáticos. Las razones no responden únicamente a preferencias personales; también intervienen factores culturales, religiosos y sociales propios de cada país. La investigación recuerda que, detrás del futbolista convertido en figura pública, continúa existiendo una persona que intenta conservar fragmentos de su historia. Mientras los estadios magnifican victorias y derrotas, los tatuajes permanecen recordando otros triunfos mucho menos visibles: una madre que sostuvo la infancia, un hijo recién nacido, una fe que acompaña antes de cada partido o aquel niño que alguna vez imaginó llegar a un Mundial.
"La presión sobre estos jugadores es enorme", concluye Morello. "Por eso me parece importante prestar atención a los tatuajes. Revelan su humanidad. Nos muestran cómo se perciben, cuáles son sus sueños y aquello que consideran verdaderamente importante."
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AO