Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Crónica por Gonzalo Jáuregui

Una de ovnis y taxistas

Es una hilarante historia sobre la noche que una nave espacial se dejó ver en los cielos de la ciudad

Por: EL INFORMADOR

''El taxista nos explicó que el ovni se movía a miles de kilómetros por hora en un segundo. Sí, en un segundo.''  /

''El taxista nos explicó que el ovni se movía a miles de kilómetros por hora en un segundo. Sí, en un segundo.'' /

GUADALAJARA, JALISCO (17/MAR/2013).- Es la mejor historia de taxi de la que me acuerde. Eran como las nueve de la noche. Mi hermano Ramón y yo caminábamos por Fidel Velázquez rumbo a Belisario Domínguez. Yo le chiflé al taxista que estaba a media cuadra delante de nosotros y éste, inexplicablemente, se echó en reversa y el auto quedó descuadrado entre los dos carriles de la avenida.

Cuando lo abordamos —yo adelante y Ramón atrás— me sorprendió que el taxímetro marcara 9.68 y no 8.50. Miré el letrero pegado en el parabrisas que da cuenta de las tarifas. Como el interior era sombrío, me acerqué demasiado al cristal para leer las letritas azules y el taxista me dijo: “¿Qué?, ¿estás viendo un ovni? Sí existen. Yo un día vi uno”.

Y comenzó con su delirante y divertida historia.

Ocurrió hace 10 años. Dijo que para ese entonces yo estaba morro. Tendría unos 15 años de edad y no sabía lo que pasaba en el cielo. Ese día él conducía por la calle Gigantes. En la 54 empezó a ver bolitas de gente en las esquinas. Iba con su esposa. “Ps qué estarán viendo”, le dijo ella, sorprendida. El taxista se bajó del coche y fue con un taquero.

—¿Qué están viendo o qué? ¿O qué se está quemando o qué? —le preguntó.

—¿No has visto el ovni? —le respondió.

El taxista nos contó que los grupitos en las esquinas no eran cien gentes, eran miles. Él había escuchado sobre los ovnis en la tele, en las noticias y en la Ke Buena, pero no creyó que fuera cierto hasta que miró al cielo.

El taxista nos explicó que el ovni se movía a miles de kilómetros por hora en un segundo. Sí, en un segundo. No como los aviones de esos terrestres del aeropuerto. De esos que van a 300 o 400 kilómetros por hora.

—¡Fu! ¡Fu! ¡Fu! ¡Frrrr! —soltó el volante y movió las manos como si fuera el ovni en pequeño formato.

En el cielo nada más se veía “una bola brillosa, brillosa, fuerte, fuerte, fuerte”. El ovni era del color azul chillón de la cruz de la iglesia que dejábamos atrás. Pero también era verde, morado, amarillo y rojo. “¡Fu! ¡Fu! ¡Fu! ¡Fu! ¡Norte! ¡Sur! ¡Oeste!”

Cuando hizo esos sonidos ininterrumpidamente, con fuerza, con ganas, yo empecé a carcajearme.

—Oye, ¿y por qué este culero se ríe de lo que estás contando? —dijo Ramón, quien soltó el Nextel y abrió la oreja para escuchar mejor la historia.

—No me importa que no me crean. Yo soy católico —con la mano derecha apretó el rosario colgado en el retrovisor—.Yo soy católico y por Dios que lo que les digo es verdad. Vino hasta Jaime Mausán.

Como quería ver mejor los movimientos del ovni, fue con su suegro para que le prestara unos binoculares: chingones, de marca. Ahí se enteró que al ovni lo habían visto en Miravalle, en La Primavera y hasta en la Glorieta del Charro.

En casa de su suegro convenció a tres de sus cuñados para que fueran a ver el ovni, para que ellos también le creyeran. Nos dijo que la nave tenía el fuselaje mejor que el de la ruta 622, que dejamos atrás fácilmente, pues avanzaba como un elefante a pedales. “No era como éste. Qué chingados”.

De repente, luego de describir raudas líneas rectas en el cielo, el ovni se fue para atrás —el taxista volvió a soltar el volante y señaló hacia atrás con el dedo—. Se vio clarito que bajó en La Primavera. “Dicen que cuando una nave extraterrestre baja, prende”, dijo el taxista, con una llama de convencimiento ardiéndole en las pupilas.

Y La Primavera se incendió ese día.

Bajé la ventanilla del taxi y el taxista detuvo su insondable narración. Ramón le pidió que en la siguiente cuadra doblara hacia la izquierda, pues habíamos llegado a nuestro destino. Miré al taxista. Era bajo de estatura. Su cabello, sin gel, se mantenía jalado hacia atrás. Su rostro sin arrugas tenía una incipiente mancha de barba. Vestía pantalón de mezclilla, una camisa cuadriculada y una chamarra negra, pues esa noche el frío se había amotinado en la ciudad.

—¿Cómo ves mi historia del ovni? —me dijo sonriendo cuando Ramón ya se había bajado del taxi y yo le pagaba los 38 pesos del pasaje—. Y es el único que he visto en mi vida.

Tapatío

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