Suplementos | El Santuario está lejos de ser lo que fue Un barrio moribundo por sobredosis El Santuario está lejos de ser lo que fue. Hoy algunos de sus antiguos habitantes buscan abandonarlo; los que se quedan ya no quieren ni abrir las puertas de sus casas Por: EL INFORMADOR 6 de abril de 2014 - 00:22 hs Las casas lucen en sus fachadas letreros de 'Se renta', 'Se vende' o 'No vendemos medicinas'. / GUADALAJARA, JALISCO (06/ABR/2014).- Somos católicos y aquí NO vendemos medicina. Las advertencias para los protestantes y los adoloridos aparecen pegadas en algunas puertas de este barrio antiguo, donde duermen ya muy pocos y ya muy viejos. Sus habitantes raros se enfurecen de veras cuando llega alguien a quererlos convencer de que los santos son puro cuento o a tocarles la puerta, a las 11 de la noche, en busca de un Fluxedan, un Cefuracet 7D, unas Buscapinas... Pero da la impresión de que en El Santuario, el barrio céntrico donde esto ocurre, los pocos que quedan prefieren a los protestantes que a los enfermos. El problema es que no podrían estar en peor lugar. El Santuario es, desde hace unos 15 años, el mercado negro de productos farmacéuticos preferido por locales y foráneos que vienen a recetarse a Guadalajara. Quizá por eso, en el portón negro de la casa 682 de la calle Santa Mónica, las advertencias que dejó el señor José Jaime Pérez no son para testigos de Jehová: “NO estacionarse. Se usará grúa”, y “Aquí NO VENDEMOS medicina”. Del primer aviso hay uno; del segundo dos: los tres de letras coloradas. Desesperado por la demanda de drogas legales en su domicilio, don José Jaime incluso firmó el acta 10MF33141343NE de la Secretaría de Salud, en la cual “hace constar y manifiesta” que su morada no es ninguna farmacia. “Es una casa habitación donde tenemos, mi familia y yo, mas de 50 años de vivir”. De su malestar, José Jaime nunca habla con extraños ni aunque los extraños se peguen al timbre. Todas estas claras explicaciones están pegadas, con cinta de empapelar, en el portón negro de su vivienda centenaria. Don José Jaime Pérez y sus vecinos tiene un mal que empeora con las medicinas. Padecen un dolor crónico y progresivo en el barrio. Una afección que podría resumirse en una sola frase: “Ocupa medicina, oiga?”. Pero quizá desde que nació, El Santuario estaba destinado a morir por sobredosis de antibióticos, antivirales, anticoagulantes, antidepresivos y anticonceptivos. El barrio lo fundó en 1777 el fraile Antonio Alcalde, cuando puso la primera piedra de un templo que, anunció, dedicaría a la virgen de Guadalupe. Las primeras llamadas a misa se oyeron en 1781: sólo cinco años antes de que abriera sus puertas, un poco al oriente, el Hospital de San Miguel de Belén. Fray Antonio Alcalde no supo lo que hacía cuando puso tan poca distancia entre el templo y el sanatorio. Hoy el sanatorio se llama antiguo Hospital Civil y es el nosocomio de los más pobres entre los pobres. De los que no tienen Seguro Social ni dinero para pagar los cientos de medicinas que no invita el Seguro Popular. Dos siglos y cacho después de que el cura planeó su legado, uno listo entendió que los pobres necesitan medicina barata. Un Afumix de 300 pesos a sólo 50 pesitos. A lo mejor fue un médico y a lo mejor se puso a vender las muestras que tenía arrumbadas. Cuando lo vieron, otros listos le copiaron. Ahora en El Santuario no se comercian sólo muestras médicas. Se vende medicina barata —¿de dónde vendrá?—, en el momento y el lugar donde a millones les da trabajo llegar a la quincena y miles están desempleados. Los primeros acuden a El Santuario. Los segundos ganan comisión por atenderlos. Sin pertenecer ni a unos ni a los otros, los que viven en el barrio se joden. “Ni el jardín del templo nos dejaron para llevar a los nietos. Ya no es un jardín familiar; es un jardín medicinal”, se lamenta Raquel Rosales, una antigua habitante de la calle Guillermo Prieto, que habita la misma casa que ocupó, a principios del siglo XX, su abuela Francisca Nario. Raquel fue de las que imprimió la advertencia: “Aquí no se vende medicina”, y añadió la súplica: “Favor de no fumar”. Y eso que Raquel le tiene cariño a los vendedores de afuera de su casa: “Estos son de respeto”, suspira como quien extraña algo que no volverá. En el jardín del templo hay otros que no se controlan ni por la virgen, insiste Raquel, sin abrir la puerta de su vivienda. El otro día, por ejemplo, ella fue a comprar una jaula para meter a un canario que le regalaron. Cuando regresaba, a pleno mediodía, cruzando el jardín del templo con todo y jaula, un grupo de vendedores jóvenes la acosó con albures, irrepetibles aquí, sobre aves y jaulas. A sus sesentaytantos de vida, Raquel ha resistido la tentación de largarse de una colonia que durante los siglos XIX y XX alojó magníficas viviendas de la clase media, y en la que hoy una de tres casas está abandonada o se vende como terreno o se alquila por dos pesos. La Guillermo Prieto, su calle, luce igual como la periodista Yolanda Monge describe a la ruinosa Detroit, en Estados Unidos. Luce “como la boca de un boxeador viejo [...] que tiene más huecos que dientes (El País Semanal, 6 de febrero de 2011)”. La casa frente a la de Yolanda, la 172, está en venta y la 174 fue abandonada y la 180 está sola y la 229 está siendo devorada por la hierba. Una zona de guerra a sólo una cuadra de la calle Pedro Loza, que esta misma tarde bulle como un mercado turco: por lo menos 100 vendedores intentan ganarle los enfermos a la competencia, entre las cuatro cuadras que hay entre Juan Álvarez y Guillermo Prieto. “Pero la venta de medicina es nomás el tiro de gracia”, reflexiona un hombre que nació y vive en el barrio desde hace 76 años y que, en la calle Juan Álvarez, toma la poca sombra de árboles que hay por el rumbo. “Nos fuimos haciendo viejos. Nuestros hijos se movieron más al Poniente. Nos quedamos solos en estas casonas, sin dinero para mantenerlas. Metimos nuestras cosas en dos cuartos y los otros cuartos se cayeron. Como al gobierno nomás le interesa lo viejo para fregar, nos prohíbe adaptar cocheras: estas casas se hicieron cuando ni coches había, y al mismo tiempo no le mete dinero el barrio”. Hubo una noticia, en octubre de 2011: un funcionario del Ayuntamiento de Guadalajara anunció con fanfarrias que El Santuario tendría una “inyección” de dinero municipal y federal, para que sus habitantes no nomás no se fueran, sino llegaran. Entonces era la tercera colonia más peligrosa de la urbe. Nunca hubo inyección ni de las que venden por aquí. Las pocas veces que el gobierno regresó fue para incautar medicina. “Los vendedores huyeron y a la policía no le importó desbaratar a culatazos las puertas de los pocos que no vendemos”, cuenta el vecino desde hace 76 años. ¿Que quién tiene la culpa del mercado negro?, pregunta y se responde: “La situación del país. Ahora: no todos los comerciantes son malos, pero si quiere hablar mal de ellos asómese a la calle Hospital”. Desde Federalismo hasta Alcalde, Hospital más bien podría llamarse Farmacia al Aire Libre. Aquí están los vendedores más jóvenes, los casi niños, los que serían “nini” y que para no serlo se le avientan a los carros que circulan la calle, los que mientan madres cuando los pasajeros no van por medicina. Seis de ellos juegan baraja, sentados en el tronco de lo que debió ser uno de los últimos árboles de la zona. Otros charlan en bola. Huele a mariguana. Un octogenario tembloroso pide ayuda. Se le perdió la calle Contreras Medellín. Parece un hombre del Poniente: viste una boina fina y un pantalón impecable. Trae el miedo escondido en los zapatos. —¿Luego? ¿Cómo se perdió? —le pregunto mientras lo acompaño a la calle que se movió de lugar. —Andaba buscando mis medicinas —contesta cabizbajo. —¿En el Santuario? —Mi pensión no me alcanza —suspira, humillado. Caminamos en silencio hacia Contreras Medellín. Quizá vamos pensando lo mismo: el mercado negro de drogas legales es la única salvación de los más viejos y de los más jóvenes. Mientras, a El Santuario, al barrio, da la impresión de que no hay remedio que pueda curarlo. SABER MÁS Un poco más de historia > A los alrededores del Santuario fueron construidas y equipadas las famosas “cuadritas” que eran viviendas para familias pobres. > Al jardín del santuario se le llamó Hidalgo, porque frente a la iglesia existió una estatua del Padre de la Patria, figura que tenía una mano hacia arriba y en la otra portaba un estandarte guadalupano; era de barro y al paso del tiempo fue destruida a pedradas. Temas Tapatío Colonias de la ZMG Lee También Lluvia caerá en Guadalajara; ¿afectará tormenta "Raymond"? Viene por la tarde la tormenta a Guadalajara Regresa la LLUVIA a Guadalajara por la tarde ¿Qué día es la Romería 2025 en Guadalajara? Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones