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El Día de Muertos está al alza y en plena fusión multicultural con el Halloween

Por: EL INFORMADOR

El Día de la Raza era uno de los principales momentos cívicos del año. NTX / ARCHIVO

El Día de la Raza era uno de los principales momentos cívicos del año. NTX / ARCHIVO

GUADALAJARA JALISCO (06/NOV/2016).- En la bolsa de valores de los prestigios, el llamado Día de la Raza (o De la Hispanidad o Del Encuentro de Dos Mundos o como se les haya ocurrido rebautizarlo esta vez), que se celebra cada 12 de octubre, va de capa muy caída. Dudo que remonte. Creo que ya se extinguieron los festivales escolares en que unos niños eran vestidos de Cristóbal Colón y adláteres (yo nunca he podido olvidarme de los Hermanos Pinzones, marineros que acompañaron al genovés en su travesía, porque en la primaria tuve que disfrazarme de uno de ellos y correr a informarle a mi compañerito disfrazado de Colón que otro niño, vestido como Rodrigo de Triana, había visto tierra firme en el horizonte: tierra, por cierto, elaborada con unas cubetitas de arena y unos rollos de papel de china) y otros de indios caribes (que, como en realidad iban casi en cueros, eran representados como aztecas, cuyo vestuario era mucho más púdico).

Aunque estudié en escuela numerada y mis maestras eran sindicalistas y aborrecían a los españoles (nomás ante mi madre, que era valenciana, lo ocultaban, porque ya le conocían el carácter), el Día de la Raza era uno de los principales momentos cívicos del año, a la altura de los festivales dedicados a la Revolución Mexicana y la Independencia. El mero día, desde luego, era feriado (y aquí aclaro que en mi escuela, laica de las de antes, no se hacía una sola referencia a la llevada de la virgen de Zapopan) y el festival se celebraba el lunes más cercano.

A los niños de estos tiempos ya no les tocó nada por el estilo al respecto de esa fiesta en decadencia. El 12 de octubre lleva años envuelto en un halo de crujir de dientes e irritación. Los partidarios de la causa indígena (al menos quienes toman esa postura, porque muchos de los verdaderos luchadores en el tema están metidos en discusiones más importantes) tomaron por consigna el “No hay nada que festejar” y llaman a conmemorar el Día de la Resistencia Indígena en vez de ninguna clase de “encuentro de mundos”. Y al resto de las personas, me parece, les vale gorro si América no fue descubierta o si, en todo caso, lo fue por obra de los chinos, los vikingos o los tepatitlenses. Fuera del consulado español, que ese día ofrece unos canapés en algún saloncito (al menos lo hizo por años), para la gran mayoría daría lo mismo si fuera Día del Árbol.

El Día de Muertos, en cambio, está al alza y en plena fusión multicultural con el Halloween. Porque no me digan que parte de la tradición ancestral que se supone que se honra es disfrazarse de Frida Kahlo esquelética o de pachuco con rostro de calavera. No, señor. Esos modos los trajeron los mismos que decoran calabazas y piden dulces. Como sea, el hecho es que, cada año, el Día de Muertos gana adeptos y notoriedad. En vez de las aburridísimas notas de mis tiempos de juventud, que consignaban que el 2 de noviembre hubo una multitud de deudos en los panteones con flores y mariachi para recordar a sus difuntos, las redes y los diarios ahora están cuajados de altares posmo, maquillajes siniestros y mensajes de amor hacia “los que se fueron”. El pan de muerto (cuyo sabor, lo siento, siempre me ha recordado el del pavimento) ya se elabora sin gluten o relleno de crema de almendras: los fanáticos del planeta gourmet lo han adoptado y transformado por completo.

¿Veremos caer algún día la Navidad y ascender a su lugar al Día de la Lucha Contra el Cáncer? No me atrevo a descartarlo.

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