Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | El cuarto oscuro de la fotografía

Retrato de familia

Los estudios fotográficos más antiguos de la ciudad guardan un álbum de imágenes lleno de una vida que ya se fue; la costumbre del retrato se ha transformado

Por: EL INFORMADOR

La del recuerdo. Salomé Ávila Corona y Josefina Acosta Martínez se casaron en 1917 en Guadalajara.  /

La del recuerdo. Salomé Ávila Corona y Josefina Acosta Martínez se casaron en 1917 en Guadalajara. /

GUADALAJARA, JALISCO (13/OCT/2012).- Luis Álvaro y Humberto González recuerdan que en 1964, en el local con el número 191 que corre y envejece paralelo a Avenida Alcalde, abrió sus puertas Estudios Lumiere.  A la memoria de estos hermanos de 55 y 51 años, respectivamente, viene cuando los fines de semana —con o sin cita— los novios que acababan de casarse por la iglesia acudían inmediatamente al estudio, acompañados de sus familiares, para tomarse la fotografía que luego colgaría de la pared más querida de la casa. Recuerdan que las quinceañeras de los años setenta eran tan delicadas y gráciles como el botón de un rosal que esperaban a cumplir 18 años para celebrar su fiesta. Recuerdan que llegaban al estudio acompañadas de niñas y cadetes del Colegio del Aire porque era lo que se usaba. Recuerdan que la fotografía de identificación continúa siendo la consentida de los tapatíos. Aseguran que la tecnología sepultó el quehacer de su padre, Luis Humberto González Patiño (1930-2011),  cuya imagen cuelga de una de las paredes que componen el negocio.

De una maltratada bolsa de plástico, Luis Álvaro saca las fotografías más viejas que tiene. Una de ellas, de 1977, muestra a una pareja de recién casados acompañados por sus familiares. Él con la pajarita bien puesta en el cogote y el rostro seco; ella con un tenue velo lloviéndole por la espalda. En la pared del fondo una cortina. La vestimenta para una barda desnuda.

Antes era así: luego de las ocasiones especiales el cliente iba al estudio y se tomaba la foto. Hoy deben ofrecerle, además de la foto de estudio, de caballete, un álbum con la secuencia del evento y el video. En la experiencia de estos hermanos de cabello cano, primero descolló la foto en blanco y negro, siguió en sepia (color rojizo claro), de color aplicado —que no era color natural, la fotografía se pintaba—. Posteriormente, llegó el negativo a color. Humberto explica que la película cambió de placa a rollo, este último para la cámara Mamiya, “la última que hubo para el fotógrafo profesional” con la que se ofrecía mayor calidad para un negativo.

Sin embargo, consideran que la técnica de estudio no pasa de moda porque ellos aprendieron una escuela que van actualizando con la tecnología: “Sigues aplicando la misma técnica, vas buscando la misma iluminación artística, que no quede plana la imagen por medio de la iluminación, vas creando más relieve en el rostro de la persona”, dice Humberto.

Exaltación sentimental

De acuerdo con el libro 160 años de la fotografía en México (Océano, 2004), Estela Treviño, coordinadora de la investigación, destaca que se piensa que la cámara fotográfica llegó a México por el Puerto de Veracruz a finales de 1839, que se reconoce como el año del nacimiento de la fotografía y al francés Louis Jaques Mandé Daguerre como su inventor. Las primeras cámaras fueron importadas por comerciantes franceses que radicaban en el país.

Fue hasta 1860 que los fotógrafos —escuetos y caros— comienzan a hacerse publicidad mediante tarjetas de visita. Destacan los estudios fotográficos, entre los más importantes estaba el de Campa y Valleto, que ocupaba un edificio en la Ciudad de México.

En Guadalajara fue Jacobo Gálvez quien trajo una cámara obscura después de un viaje a Europa en 1853, en la que ya se imprimía en papel.

El primer taller fotográfico formal fue de Justo Ibarra, quien tenía un local en 1864 en el portal de Agostinos. En 1869 abrió un estudio mejor acondicionado Octaviano Mora, de acuerdo con Juan B Iguiniz, en el artículo “Las artes gráficas en Guadalajara”, del libro Lecturas históricas de Jalisco, tomo II, Después de la Independencia.

En ese tiempo sobresale la presencia de cuadros de personas acomodadas. Carlos Monsiváis escribe: “La burguesía del XIX sólo confía en el cuadro para eternizar la presunta o segura majestuosidad de sus rasgos. Las fotos importan como exaltaciones sentimentales o modelos del comportamiento externo, pero no se consideran ni se pueden considerar arte, no poseen el don de transmutar en objeto válido universalmente la grandeza y el calor humano de los retratados”.

En el libro Fuga mexicana. Un recorrido por la fotografía en México, Olivier Debroise, sostiene que el fotógrafo mexicano del siglo XIX pertenece a la clase acomodada, única capaz de adquirir en el extranjero sus sofisticadas herramientas. En los laboratorios trabajan técnicos, laboratoristas, escenógrafos y ayudantes. No existen escuelas de fotografía. El aprendizaje se da en el mismo estudio. El saber se transmite de generación en generación: a los hijos, a la esposa.

“Maestro de obras, el fotógrafo supervisa las manipulaciones. En primer lugar, atiende al cliente, lo asiste y dirige —verdadero director de escena— durante la pose. Charla, aconseja, viste o desviste. Compone un detalle, arregla con sus dedos el cabello...”

El Jefe del Departamento de Artes Visuales del CUAAD, de la Universidad de Guadalajara, Francisco Javier Mercado Muñoz, afirma por su parte que la fotografía llegó a Guadalajara a inicios del siglo XX. Que los precursores de los estudios fotográficos en la ciudad fueron familias como los Vallejo, Gil, Camarena, Arauz, Azpeitia, que contaban con estudios y comenzaron con la venta de productos fotográficos. No eran personas que hubieran estudiado fotografía, aprendieron en la brega.

El académico abunda que el fenómeno de los estudios fotográficos se dio en el Centro Histórico de la ciudad. Del Santuario hasta el Templo de San Francisco había una cantidad considerable de estos negocios que luego se extendieron hacia la zona de Las Nueve Esquinas. Imperaba la fotografía de identificación. Los que en ese entonces podían pagar a un fotógrafo eran personas que tenían fuertes ingresos económicos. Contratar a un fotógrafo era también contratar a un pintor que creaba el fondo y a una persona que ayudaba en la decoración.

La boda de la abuela

Salomé Ávila Corona y Josefina Acosta Martínez se casaron en 1917. Un fotógrafo de apellido Magallanes les tomó la foto del recuerdo. Se casaron en Guadalajara. Sin siquiera rumiarlo, Salomé le compró el vestido a Josefina en El Nuevo París, una tienda que ya no existe, salvo en los recuerdos de los más viejos.

El impecable cuadro del día de la boda de Salomé y Josefina descansa en el estudio fotográfico Hermanos Azpeitia, ubicado en Alcalde 589. Mientras su hermana Marse atiende a un cliente, Patricia Azpeitia cuenta que fue su padre, Javier Azpeitia García, quien inició el negocio en 1940, luego de aprender durante 10 años en un estudio que tenía su hermano mayor.

“Mi papá se inició en 1940. Él era el más chico de tres hermanos, tres varones. Mi tío mayor se estableció en 1930 y el último hermano en el 52”. Marse platica que a su padre —a quien menciona en cada frase— siempre le gustó tomar fotos. Duró 40 años en el portal de Colón No. 17. El negocio le ayudó a Javier Azpeitia a sacar adelante a 14 hijos, cinco de ellos fotógrafos aunque uno ya se retiró y otra falleció.

El sello de la casa es una foto menos vieja que la de los abuelos. Se trata de una fotografía de 1940. En ese entonces Laboratorios Julio les pidieron a los fotógrafos profesionales que entregaran material para una exposición referente al 10 de mayo. Javier Azpeitia presentó una foto del rostro de una anciana persignando a un niño. El rostro fruncido en mil arrugas frente al rostro joven. Marse dice que la foto fue “muy bien calificada”. La “viejecita” iba a pedir limosna a los negocios del portal. Subía los tres pisos ayudada por el niño y platicaba con los empleados. La paga era la bendición.

Considera que su fuerte es el retoque. En su silencioso estudio hay fotografías de niños sonrientes sin piquetes de zancudo ni rasguños y mujeres de rostros intachables: “No dejamos a la persona tal cual. Si tiene espinillas, si tiene ojeras marcadas, todas se las retiramos, pero es una cosa que hacemos con mucho cuidado. Mi papá nos enseñó a retocar las placas, desde retocar la negativa con aquellos lápices de puntas muy finitas”.

La nostalgia

Carlos García Gutiérrez, dueño del estudio Foto Gil´s, pertenece a la cuarta generación de fotógrafos de la familia García. Su bisabuelo, Feliciano García García, inició a finales de 1890 en La Piedad, Michoacán. “Era de los de flamazo. Ponía una lona en los portales del pueblo, me platicaba mi papá. Mientras había luz tomaban las fotos”.

Los conocimientos se pasaron de generación en generación. Feliciano García García le enseñó a Enrique García Flores y éste a Carlos García Gil. Carlos García Gutiérrez dice que tal y como su padre lo hizo con él, espera transmitir sus conocimientos a su hija Jennifer García Alvarado, a quien le ve interés por aprender el oficio, ya que de no hacerlo éste se perdería. De sus cinco hermanos, Carlos García es el único fotógrafo.

Desde 1962, el estudio está ubicado en Avenida Alcalde No. 287. Carlos García inició su andar como fotógrafo luego de estudiar diseño gráfico “porque era la única escuela que tenía como un semestre de fotografía”. Recuerda que el estudio era su casa. En lo que ahora es un amplio jardín señala con el dedo lo que era la cocina, el comedor, una recámara, el patio, un hueco en donde estaba un clóset y un baño. Se alzaron muros de adobe. Murió su padre.

Su padre le contaba que lo más moderno que tuvieron a mediados del siglo XX fueron los fanales de los autos, que utilizaban de reflectores.  Antes eran fondos de cortina, alfombras. “A los casados se les entregaban cuatro fotos: una grande para la pareja, una chica de la novia sola y las otras dos de los novios para los papás de cada uno”.

—¿Le da nostalgia?

—Sí.

—¿Qué piensa cuando ve eso?

—Pues que se pierde la magia. Antes era jugar con las luces, ponías tú tus luces tratando de que se vieran bien. Ahorita no. Tun-tun-tun-tun y les quedan bien las fotos. Antes no. Si no sabías enfocar salían borrosas, oscuras o muy blancas. Y la gente venía con uno. Con un teléfono digital ahora la gente saca fotos por lo menos aceptables para ellos.

Carlos dice que cuando ve a los novios nerviosos se acuerda de cuando su padre les ponía música clásica para calmarlos. Pero ellos no se calmaban. Se peleaban en sus primeras horas de matrimonio. La foto tenía que salir bien después de la boda para recordarles los tiempos felices.

“A los casados se les entregaban: una grande para la pareja, una chica de la novia sola y las otras dos de los novios para los papás de cada uno”.


ESTUDIOS DE HOY


Desde princesas hasta piratas

La costumbre de ir a un estudio a hacerse una foto familiar o de los hijos en fechas importantes, o sólo por el gusto, es alimentada ahora por estudios que proponen escenas, disfraces y situaciones producidas ahí mismo. Piratas, siglo XVII, los años veinte, hadas, princesas, payasos, de todo hay para caracterizarse en estos espacios que se pueden encontrar en algunos centros comerciales, algunos son:

Mi foto, ubicado en el Plaza Terranova, y Villa click (www.villaclick.com.mx).

Tapatío

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones