Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | Un BMW ni con mucho es tan cómodo como un Lincoln, pero proporciona una imagen distinta

Motor de arranque: Ser o parecer

Unos juran que se ven hasta más inteligentes en un auto alemán, pero creo que la verdadera inteligencia reside en lo que hacemos para facilitar nuestra vida.

Por: EL INFORMADOR

Sergio Oliveira

Otro día, un buen amigo que durante mucho tiempo fue un colega en este mundo del periodismo automotor, me encontró en el “messenger” para consultarme sobre su futura compra de auto. Me llamó mucho la atención, por que él es uno de los que está plenamente capacitado para dar consejos, por lo que no necesita recibirlos. “Parezco lector”, me dijo. Y nombró a dos SUV medianas, muy bonitas, pero que los que estamos en esto sabemos que hay un par de buenos motivos para no recomendarlas. Claro que le recordé al lado racional del asunto. Aclaré, como si él no lo supiera, cuáles eran las mejores compras en el segmento. Y recordé que, en el probable caso de que el Gobierno mexicano retire el subsidio a las gasolinas, sería una compra mucho más inteligente un subcompacto.

“Ya lo sé”, insistió, “pero quiero una de estas. Están bien bonitas. Y cuando salga de viaje, estaré bien a gusto”. Él sabe mejor que nadie, que su vida es el DF. Pasa y pasará allá, al menos 340 de los 365 días del año, pero dónde más encontrar un pretexto, cuando su corazón lleva ventaja sobre su mente.

Esta forma de pensar, mejor dicho, de actuar, es mucho más común de lo que parece. El coche es un objeto que vende emoción y posición social. La gente los compra, con enorme frecuencia, mucho más para impresionar a los demás, que para disfrutarlo. Por ello, es tan importante el diseño exterior de los vehículos.

El fenómeno viene de nuestra infancia. De niños, jugamos a la “carritos” y en nuestras manos tenemos a los Ferrari o Porsche más rápidos del mundo, que son capaces de volar más que nuestra imaginación, de chocar contra todo sin sufrir daños, o de caer por el inmenso precipicio que va desde el sofá de la sala hasta el tapete, sin un rasguño.

En la adolescencia, tuvimos vochos, chevys o tsurus, cuando nos fue bien, pero siempre quisimos ponerle una rueda de aluminio o magnesio, un volante chiquito y un sonido capaz de despertar a toda la cuadra. Este auto, claro, juramos que nos ayudó a conquistar a las primeras novias, entre las que se incluye, obviamente, la que terminamos por llevar al altar. Ahí, cambian nuestras necesidades. Primero, vamos por un sedancito. Luego, por un sedán y un hatchback. Más tarde, un cupé y una miniván. Hasta que, cuando menos nos damos cuenta, llegamos a la casa sólo para ver que hay una fiesta sorpresa, preparada por hijos y nietos, para nuestro cumpleaños de número 50. Entonces, percibimos que hay que comprar un convertible y restaurar algo de nuestra juventud, perdida sin que lo notáramos.

Lo hacemos sólo para ver la cara de decepción en las jovencitas que voltean a ver el auto, pero se encuentran con un “ruco” al volante. De nuevo, estamos comprando y usando autos para ser vistos, no para disfrutarlos.
Porque así como hay música, películas, restaurantes, vacaciones y casas para jóvenes y adultos, también hay autos. Y no hay nada de malo en esto.

Alguien de 50 años, va a estar absolutamente a gusto en un Lincoln MKS. Pero tal vez no lo compre por que no quiere ser visto como un “ñor”. Casi seguramente tendrá enormes dificultades para agacharse y entrar en un Mazda MX5. Su suspensión le parecerá dura, al igual que el volante. La cajuela le quedará chica y no podrá llevar a la vez la esposa y el nieto a pasear el fin de semana. Pero muchos insisten en tener a un Solstice como medicina para su crisis de la mediana edad.

Tal vez entonces, si madura mentalmente tanto como lo hizo su cuerpo, percibirá que él está hecho para autos como un Nissan Maxima, un Cadillac STS o una Toyota Highlander. La máxima deportividad que se puede permitir, es la ofrecida por un VW Passat. Percibido esto, comenzará, finalmente, a disfrutar el coche que tiene, no a usarlo como tarjeta de presentación.

Esto es válido también para los que usan marcas europeas de lujo, sin realmente sentirse a gusto en ellas. Porque un BMW ni con mucho es tan cómodo como un Lincoln, pero proporciona una imagen distinta, más juvenil. Unos juran que se ven hasta más inteligentes en un auto alemán, pero creo que la verdadera inteligencia reside en lo que hacemos para facilitar nuestra vida, para gozar nuestro efímero paso por ella, no para buscar una mejor evaluación de parte de los demás.

Así que, a mi amigo, si siguiera en su dilema, le insistiría que compre lo que mejor le convenga, no lo que le proyecta imagen de más adinerado, juvenil o poderoso. Como la elección verdaderamente inteligente que hizo mi otro amigo Emilio, por ejemplo, que pudiendo comprar un bello y atlético Serie 3 cupe, se hizo de un más “mundano”, económico, confiable y cómodo Accord cupé.

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