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Suplementos | Se cumple un mes de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas

Los errores de Peña Nieto en Ayotzinapa

Se cumple un mes de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas, y el Gobierno Federal ha sido incapaz de contar una historia creíble de lo que sucedió aquél día

Por: EL INFORMADOR

Enrique Peña Nieto ha demostrado lejanía, al evitar dar las malas noticias al ciudadanía, como parte de su estrategia sexenal. EFE / ARCHIVO

Enrique Peña Nieto ha demostrado lejanía, al evitar dar las malas noticias al ciudadanía, como parte de su estrategia sexenal. EFE / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (26/OCT/2014).- El “Saving Mexico” parece de otra época. Las portadas de “The Economist” ya no ponen al presidente Peña Nieto como un estadista capaz de cambiar al país con su pragmatismo y su habilidad política. Los medios internacionales olvidan las reformas estructurales y se enfocan otra vez en el “México bronco”. Si Enrique Peña Nieto había hecho del futuro y de los frutos de las reformas, sus mejores aliados, hoy el presente lo ha atenazado. La apertura energética, el combate al oligopolio comunicativo o incluso la reforma educativa quedan en la sombra cuando la ingobernabilidad, la  violencia y la ineficacia policial toman por asalto la escena política. “No hay futuro vivo con pasado muerto”, decían los manifestantes de la Plaza de Mayo en Argentina ante la necesidad de juzgar los crímenes de la dictadura. Trasladando la misma frase a México, no habrá modernidad, ni crecimiento, ni transformación, mientras casos como el de Atyozinapa sigan siendo una realidad permanente en el país.

El manejo de la crisis derivada de Ayotzinapa puede ser editado y puesto en circulación como el “manual de cómo no se resuelven las crisis”. La intervención del Gobierno Federal -ya que poco se puede esperar de estados y municipios- combinó una serie de errores, omisiones y resbalones que ilustra la poca capacidad que tiene esta administración para salir de situaciones críticas. En términos generales, el sexenio de Enrique Peña Nieto ha sido un script bien delineado, con pasos agendados y con una hoja de ruta inflexible, a diferencia de sexenios como el de Vicente Fox o Felipe Calderón en donde la inestabilidad, las situaciones críticas y los hechos inesperados fueron la regla. Pocas crisis ha tenido que enfrentar la Presidencia: las turbulencias económicas y el magro crecimiento económico; el levantamiento del PAN de la mesa de negociaciones del Pacto por México, previo a la cita electoral de Baja California; el drama del caso Tlatlaya y, el más difícil de todos, la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. En cada una de estas crisis coyunturales, unas más riesgosas que otras, la Presidencia ha cojeado de la misma pata: la eficacia. Ese principio que le sirvió al Partido Revolucionario Institucional (PRI) para volver al poder tras 12 años en la oposición, ha sido el gran ausente en el manejo de crisis del Gobierno Federal. Revisemos el caso Ayotzinapa, en donde la improvisación, los lugares comunes y la ineficacia son los signos distintivos.  

Ausencia presidencial: no dar malas noticias

Es cierto que no todos los presidentes tienen el mismo estilo de gobernar. Ahí tenemos al asesor de comunicación de Néstor Kirchner, ex presidente de Argentina, que le prohibió comparecer en ruedas de prensa ante su manifiesta intolerancia a las preguntas de los reporteros. O lo histriónico que resulta Barack Obama ante las cámaras, pero lo poco eficaz que resulta en las negociaciones políticas. Es decir, no todo presidente cabe en el mismo molde, pero hay un rasgo presidencial que difícilmente es obviable: el mandatario debe dar las malas noticias, no todas, pero sí las más importantes.

La credibilidad de un mandatario no sólo se construye en los resultados, sino también en los fracasos. Un presidente que sólo es capaz de dar buenas noticias, de sonreír a las cámaras y de cortar listones, difícilmente encontrará respuesta de la sociedad. Los ciudadanos quieren a presidentes que sean capaces de decir cuando las cosas no van bien, cuando se ha fracasado o cuando se han cometido errores. Una encuesta que publicó el Pew Research en Estados Unidos demostró que ocho de cada 10 norteamericanos quieren que su presidente les transmita de viva voz cuando la economía no va bien o cuando no se han logrado los resultados de cierta política pública.

En el caso Ayotzinapa, el Presidente siguió su estrategia sexenal: no dar las malas noticias. En materia de seguridad fue la Procuraduría General de la República y, un poco la Secretaría de Gobernación, la que apareció como la entidad encargada de rendir cuentas. Al igual que en materia económica, en donde las malas noticias ya ni siquiera las da Luis Videgaray, sino el subsecretario Fernando Aportela, en seguridad la estrategia para no contaminar la imagen de Peña Nieto ha sido blindarlo frente a los momentos críticos. Este blindaje provoca lejanía  y hasta un cierto aire de incomprensión. Es decir, el Presidente no debe salir a dar la cara de todo –la letanía sería interminable- pero sí debe ser la cara más visible en crisis que afectan la credibilidad de su mandato (como es el caso de Ayotzinapa).

Recordemos la inoperancia de George W. Bush cuando el huracán Katrina impactó las costas de Nuevo Orleans. Bush llegó tarde al punto de la tragedia y no pocos medios lo retrataron atendiendo a reuniones de segundo nivel, ignorando lo que sucedía en el Golfo de México. La lejanía suele costarles mucho a los presidentes, incluso más que la ineficacia (Vicente Fox, cercano pero ineficaz, salió de Los Pinos con una aprobación de más de 60%).

Información esporádica y confusa

La cronología de acontecimientos en Ayotzinapa muestra esa otra cara: gobernar es también informar. Controlar los flujos de información y construir una narrativa creíble sobre los acontecimientos, son elementos clave de gobernar. La Presidencia siempre llegó tarde a los hechos. Desde el 26 de septiembre, ya un mes, el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, ha convocado ruedas de prensas para informar poco: desde el hallazgo de las fosas hasta el avance de las investigaciones. En cada una de las comparecencias públicas, el procurador ha dejado más dudas que respuestas. Los canales de información ágiles parecen no estar en la Presidencia: en organismos internacionales, medios globales o en individuos como el padre Solalinde. Cada movimiento del Gobierno Federal ha generado más dudas: ¿De quiénes son los cuerpos encontrados en las otras fosas? ¿Cómo pudo operar el crimen organizado y la policía infiltrada con tanta impunidad durante tantos años en Iguala? ¿Por qué no se pueden encontrar los cuerpos y dónde está el alcalde prófugo de Iguala?

La voz de la Presidencia se encuentra perdida en un mar de información que se publica en medios nacionales e internacionales. Intencional o no, pero Los Pinos han decidido jugar de actor de reparto. Los medios replican puntos comunes por parte de las autoridades federales o del propio Presidente: “llegaremos hasta el final de la investigación”, “el crimen no quedará impune” o “los gobernadores y los alcaldes deben respetar los derechos humanos”. No hay rumbo ni discurso, solamente estribillos repetidos con cierta frecuencia.

Un mensaje de ineficacia


La Presidencia no ha sido capaz de responder a los organismos internacionales que se amontonan para pedir respuestas. En 30 días, las instancias globales o regionales que se han pronunciado se cuentan por puños: la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Organización de las Naciones Unidas (OEA), la Unión Europea (UE) y más. Ante los señalamientos,  el Gobierno mexicano ha lucido desarmado, confundido y sin respuesta.

En el mismo sentido, la ineficacia no es sólo discursiva, sino también opera en contra de su principal activo político: la habilidad negociadora. Peña Nieto no será el “capitán del micrófono” que otros presidentes han sido, pero lo que sí tiene es mucha capacidad para tejer en lo corto acuerdos políticos. Sin embargo, desde que estalló la crisis el 26 de septiembre, el primer mandatario no fue capaz de lograr un acuerdo político con el PRD para hacer un pronunciamiento firme que derivara en la salida de Ángel Aguirre de la Gubernatura de Guerrero. Por el contrario, ante la insistencia del PAN de desaparecer los poderes y la más que abierta complicidad del PRD con el gobernador, el PRI de Peña Nieto navegó sin acciones contundentes. La salida del gobernador ocurrió hasta casi un mes después de los acontecimientos.

Y como tercer elemento de ineficacia: el poco avance en las investigaciones y la incapacidad de dar respuestas sobre los sucesos. La última comparecencia de Murillo Karam es un hito en este sentido. El procurador se presentó ante los medios de comunicación con muy poca información y repitiendo lo que se conocía hasta el miércoles pasado. No hubo fechas ni líneas de investigación, solamente la recapitulación de los elementos ya consignados por las autoridades federales. Un mensaje de un Gobierno encerrado en un laberinto de dudas.

“La realidad muerde” señaló alguna vez “The Economist” ante los magros resultados en materia económica de México. Frase que aplica perfectamente a la situación que vive la Presidencia actualmente. Peña Nieto colocó a la inseguridad como un tema secundario de su sexenio-por lo menos en la comunicación- y ahora la realidad se le ha plantado de frente. El Presidente se enfrenta a un hecho que resulta icónico para su sexenio. No hay duda, habrá un antes y un después de los sucesos de Iguala. Peña Nieto pone su credibilidad en juego en las investigaciones y el hallazgo de los culpables. La calle y los medios internacionales han sido una olla de presión imposible de colocar debajo del tapete. Así, el cambio de rumbo en el manejo de esta crisis debe de venir de los hechos, pero también de un discurso distinto que coloque al Presidente en la primera línea de batalla y no detrás del batallón. Eficacia y cercanía son dos principios claves de gobernar, notables ausencias presidenciales en la crisis de Ayotzinapa.

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